XAVI ALTA

Vanesa. 9

Damián no era atractivo. Era alto, delgado, aunque una breve tripa comenzaba a asomar por encima del cinturón de piel, vestía elegantemente y cuidaba su alimentación. No podía ser de otro modo en un médico dietista, aunque el refrán que reza en casa del herrero, cuchillo de palo es más común de lo que parece. No era su caso. Su vitalista filosofía de vida le aconsejaba vivir bien a través de la salud. El culto al cuerpo no es machacarse en un gimnasio, razonaba, es cuidarlo, darle lo que pide, lo que necesita, sin privarse de nada, pero sin dañarlo.

Vanesa se sentía bien escuchándolo, acompañándolo aquella mañana a comprar verduras al mercado municipal. Ella nunca se había preocupado por cocinar. Tampoco por planchar, fregar, limpiar. Su madre siempre se había encargado de ello y más allá de exigirle poner la mesa o recogerla después de comer y de mantener la casa ordenada, sobre todo la habitación, nunca había obligado a sus hijos a colaborar en casa.

Pero al lado de aquel hombre un año mayor que su padre, la chica había descubierto un mundo cuyo disfrute comenzaba en la elección de la materia prima, continuaba preparándola de variadas maneras y culminaba degustándola acompañada de una botella de vino.

Después de curarla en la consulta, Damián le había ofrecido su ayuda en cualquier necesidad que tuviera, pues lamentaba profundamente que los brutos transportistas la hubieran dañado. Se sintió responsable, pero también colmado ayudando a la hija que nunca tuvo. Cuando dos días después, la espigada joven volvió a la consulta para agradecerle los cuidados, la atención domiciliaria que le había prestado, el hombre sintió una extraña conexión con la chica.

Era mediodía, por lo que lo encontró cocinando.

¿Me ayudas?, porqué no. ¿Te quedas a comer? la invitó más tarde, ya que has colaborado en la preparación. Allí se inició una charla agradable pero poco franca, de la que surgió la invitación a descubrir la ciencia culinaria, que empezaba por visitar el mercado municipal.

El buen yantar, el excelente vino, un Ribera del Duero de 2008 le mostró, la relajaron agradablemente, apartando de su mente las preocupaciones, el amor no correspondido, la agresión sufrida, sumiéndola en una apacible modorra que la transportó a la felicidad que dicen que los bebés no natos sienten flotando en el líquido amniótico del vientre materno. Se habían acomodado en el sofá, duérmete si quieres, la invitó el hombre. No sintió vergüenza por ello. Apoyó la cabeza en el hombro de Damián, cerró los ojos y su mente se rindió.

Por primera vez en su vida, durmió al lado de un hombre, sintiendo su respiración, notando su calor, pero no se acostó con él.

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