TANATOS12

Capítulo 30

Tenía un pálpito extraño, una sensación negativa, pero era el día, se lo iba a pedir, se lo iba a proponer. No podía aguantarme más.

Caminábamos por los jardines del Palacio de Bellas Artes de San Francisco; el sitio que yo había escogido hacía tiempo… y estaba muerto de nervios, pero, lo que era peor y pensaba que no sentiría cuando había comprado el anillo: estaba muerto de miedo.

No habíamos hablado de lo sucedido con aquel hombre desde que había pasado. Varios días obviándolo, escurriendo el bulto, como si nada hubiera pasado, a pesar del enorme elefante en la habitación.

Seguíamos con el paseo y algo dentro de mí me pedía que no lo hiciera, que no era el momento, pero otra parte de mí no podía aguantarlo más. Desde luego no era el contexto soñado ni las sensaciones adecuadas, pero no me veía volviendo con el anillo en la maleta.

Caía la tarde, era la hora exacta, la luz exacta. Era el momento. Pero mis sensaciones seguían sin ser las adecuadas. Todo me parecía un mal presagio. Quizás fuera paranoia, pero cada gesto de María hacia mí, desde lo sucedido la noche en la que había conocido aquel imponente hombre, me parecía querer indicar que no lo hiciera.

Paseaba con ella y hasta a veces no me daba la sensación de que fuera ella la que me acompañaba. La sentía extraña… pero no podía retrasarlo más. Tenía que soltarlo. No podía soportarlo ni un segundo más.

Fue un salto al vacío. Sin red. Tan pronto detuve nuestro paseo y cambié el gesto, algo me subió por el cuerpo, María se extrañó y me pareció que me decía con los ojos: “Sé lo que vas a hacer. No lo hagas.” Pero ya era tarde, había activado los mecanismos, los automatismos ensayados… Y tras una breve y nerviosa introducción… me llevaba la mano al bolsillo del abrigo…

Comencé a extraer de allí lo que ya era obvio cuando María llevó su mano a mi brazo y me detuvo.

De manera terroríficamente gélida me impidió sacar la caja y me dijo:

—Pablo, no.

La miré a la cara. Parecía otra persona. Me acaba de matar. Continuó:

—No me quiero casar contigo… de hecho ni siquiera estoy segura de seguir con esto…

Sentí como si me clavaran un cuchillo en el pecho y algo me hizo erguirme, me levanté. Levanté todo mi tronco de la cama y abrí los ojos súbitamente. Me desperté.

Miré a izquierda y derecha. María yacía a mi lado, dormida. Entraba algo de luz por la ventana. Vi las botas estampadas de María en el suelo. El arnés, la polla de plástico sobre la cama. Seguía mareado. Aquello no había podido ser más real. Nunca había tenido un sueño tan sumamente sentido y vivido. Pero fue un alivio tremendo.

Me dejé caer lentamente otra vez sobre la cama. No quería despertarla. Boca arriba, con los ojos abiertos miraba un punto exacto del zócalo del techo. ¿Había sido un aviso? ¿Mi propio subconsciente me estaba diciendo que no lo hiciera? ¿De verdad le podía proponer aquello, con lo que estábamos viviendo en el aspecto sexual de la relación?

Recordé a la María del sueño. Con los rasgos más marcados, parecía mayor, seria… hasta triste… Se me revolvía algo por dentro al recordarla, como una desazón… algo desgarrador.

Recordé también lo vivido con aquel hombre. Me preguntaba en qué grado de insatisfacción sexual tenía que encontrarse María para besarse con aquel desconocido apenas a los veinte minutos de conocerse. Y no lo había hecho por mí. Había habido un déficit de miradas entre ella y yo durante aquel flirteo y una prácticamente inexistente conexión visual una vez habían comenzado a besarse. Me daba la sensación de que si no se había ido a su hotel a follar con él había sido por un milagro, un casual malentendido. Y es que cuando yo lo hacía con María, fantaseando con Álvaro, y después durante unos días no lo hacíamos, yo consideraba que llevábamos entonces unos días sin follar, pero comencé a plantearme que las cuentas de María pudieran ser diferentes, quizás ella consideraba que llevaba sin hacerlo desde Edu, desde que Edu se la había follado en la boda. Cuatro meses. Que lo que hacía conmigo y con el arnés no pasaba de parche insulso, de pantomima insuficiente.

Busqué dentro de mí lo que había sentido aquella noche. Y era algo diferente a lo de Edu e incluso a lo fantaseado con Álvaro. Intentaba explicarme a mi mismo por qué me había dolido más. Me preguntaba si hubiera querido que María se hubiera ido a su hotel y estaba prácticamente seguro de que sí; me excitaba terriblemente que follaran y después me lo contara. Pero por algún motivo había un extra de dolor. Quizás fuera porque a Edu, en un primer momento, lo había elegido yo, que Álvaro seguramente a María le atraía, pero yo siempre había dado el visto bueno. Pero, con este, había sido demasiado suyo, demasiado elegido por ella. Era terriblemente egoísta por mi parte, pero el hecho de no haber participado yo para nada en lo que había pasado me dolía. Además, la conquista, tan sencilla… sumado a sus sonrisas en la barra… Casi daba gracias de que aquel hombre no viviera en la misma ciudad que nosotros.

Me giré. Intenté dormir. Pero no podía, y es que vino a mi, inmediatamente después, aquello que María había dicho de una polla grande y caliente… y unos huevos golpeándola. Había confesado, se le había escapado, que veía en el sexo con el arnés una frialdad absoluta. ¿Cómo nos podíamos plantear realmente basar todas nuestras relaciones sexuales en una fantasía…? Poco a poco nos habíamos metido en un callejón sin salida. No sabía en qué momento aquello había pasado de fantasía extra a elemento imprescindible, pero había significado seguramente el principio del fin.

De golpe todo me parecía terrible, y, lo que era aun peor: insalvable.

Me quedé dormido, tremendamente afligido. Angustiado. No le deseaba a nadie lo que estaba sintiendo… por lo que estaba pasando… era demasiado doloroso. Lo que no sabía en aquellos momentos, era que María vendría a salvarme.

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