MARCELA VARGAS

En los sucesivos anocheceres, Graciela se adentró en el denso monte para encontrarse con el Isondú. Lo hizo porque decidió escribir una nota periodística sobre el caso de este ser mitológico, y publicarla en un diario local. Es decir, de Posadas, capital de la provincia de Misiones, Argentina. Su objetivo era lograr que la ciudadanía se conmoviera y ayudara a proteger el escaso hábitat que daba vida al “bicho de luz”. Para ello, la joven apeló a sus conocimientos de Periodismo, carrera que abandonó para estudiar Letras.

En una oportunidad, Graciela intentó preguntarle si recordaba a quienes lo habían visto alguna vez. Es que ella consideraba imprescindible obtener buenos testimonios. Fue así que el mágico Isondú le mostró en la mente incontables rostros, motivo por el cual la chica debió reunirse varias veces con este ser de ojos amarillos, hasta que le expusiera caras conocidas. Eso ocurrió una noche, cuando la moza vio las faces de destacadas personalidades zonales: Marta, de unos 60 años y profesión docente, muy querida por los posadeños porque toda su vida dio clases ad honorem en los barrios más carenciados. -Si bien el Isondú solo la recordaba de niña, Graciela supo reconocerla, justamente, porque en los medios se solía difundir fotografías antiguas de la profesora-. Cristian, un oficinista de 35 años, quien además era filántropo y militante de una agrupación política. Fiorella, de la misma edad que Cristian, quien era una multipremiada deportista.

Graciela se quedó entre sorprendida y contenta porque, si obtuviera tales testimonios, lograría el aval del texto para que lo aceptara cualquier medio gráfico; y el reconocimiento de los lectores, dado que se trataba de referentes de la sociedad misionera. Asimismo, no tuvo problemas para contactar a estas personas, quienes jamás se atrevieron a difundir su encuentro con el ser mítico, de modo que se asombraron ante el hecho de que ella también dominara ese dato. Graciela tuvo que mentir y decirles que el trabajo no se publicaría, solamente formaría parte de una tarea universitaria. De esta manera, tuvo acceso a las fuentes.

Marta comentó que cuando era niña, vivía en el interior de la provincia, en un área rural. Un anochecer, mientras jugaba en los campos de sus abuelos, quienes se encontraban guardando los numerosos insecticidas que usaban para proteger sus cultivos, fue atraída por varias luces intermitentes. Se internó en el oscuro monte de los alrededores, donde se mareó y se perdió. Tanto miedo tuvo, que cerró los ojos pero igual vio las luces. Luego, reapareció tras dos días, durante los cuales sus familiares la buscaron con gran desesperación.

Cristian fue uno de los alumnos de Marta, motivo por el cual esta le facilitó la dirección de él a Graciela. El oficinista, un reconocido militante político, se mostró simpático y expresó a la joven su aprecio a la docente, a quien ayudaba en su labor humanitaria de tanto en tanto. Luego de regalarle folletos del espacio político que representaba (próximamente, habría elecciones y él era un candidato), se puso muy serio al momento de evocar su vivencia con el Isondú. Y le advirtió: “Te la voy a narrar, pero esto no puede salir de acá. Será solo para que obtengas el mejor puntaje en tu trabajo académico”.

El relato fue escalofriante. El caballero aseveró que una noche, hace varios años, se hallaba en una plaza de su barrio, que en ese entonces estaba cercado por monte. Fue cautivado por varios bichos de luz, los cuales quiso capturar en un frasco para lograr la admiración de su novia. Para ello, se introdujo en el bosque; pero, de repente, se vio perseguido por un grupo de hombres, quienes al alcanzarlo, lo arrojaron a un pozo y comenzaron a atacarlo hasta la muerte. Despertó confuso y conmocionado en una vereda, convencido de que ello había pasado, aunque no halló ningún daño en la piel.

Decidió así promover la tala de varios montes con la finalidad de hacer desaparecer a ese malvado ser y, de paso, que los terrenos se destinaran a la edificación de viviendas sociales. Tenía influencias para hacerlo, ya que provenía de una familia y un entorno dedicados a la vida política.

A continuación, Graciela se dirigió a la casa de Fiorella, donde fue más que bien recibida puesto que Cristian la conocía y quería ayudar a la joven a conseguir los testimonios. De esta forma, Fiorella habló de su experiencia: hacía un tiempo, ella y su marido Iván  estaban alquilando una casa en una zona de suburbios, ya que él, también deportista, participaba en una competencia en cercanías. Fiorella lo acompañó, pero no formó parte del torneo porque cuidaba a sus hijos mellizos, que en ese entonces eran bebés. Durante un nuboso atardecer, ella estaba reposando en una hamaca en el hall junto a los niños, que dormían en su cochecito doble. De pronto, vio un bicho de luz en un arbusto. Decidió atraparlo y disecarlo para su insectario, que era uno de sus hobbies. Lo encerró en un frasco y lo llevó adentro de la casa. Desde allí, escuchó llantos de bebés y al volver a salir, no los halló. Angustiada, corrió a buscarlos en el monte, y los encontró sobre la copa de un alto árbol.

Los mellizos, actualmente adolescentes, estuvieron presentes durante la entrevista que realizó Graciela, y aseguraron que siempre recordaban haber visto un par de ojos amarillos, a pesar de que ese hecho hubiera ocurrido cuando eran tan solo dos bebés.

Graciela era consciente de que si bien contaba con esta valiosa información, la misma no favorecía la imagen del Isondú. Mas, no desesperó, dado que su plan incluía hablar con Arminda, una vecina del barrio Kennedy, que era una voz no oficial, pero conocía mucho sobre la historia del lugar y sus habitantes. También tenía en gran estima a los personajes de las leyendas locales. En la entrevista, manifestó que le parecía una verdadera lástima que hubiera escasa vegetación; inclusive, el Jardín Botánico se estaba deteriorando. Le dijo que estaba segura de que el Isondú existía y era un ser bondadoso: la única forma que tenía de salvaguardar los montes era espantar. Graciela le repitió los relatos que había recolectado de sus anteriores entrevistados, y Arminda le contestó: “Bien merecido se lo tenían, porque aprisionar o matar a los insectos que cumplen una función en la naturaleza es volver a dar muerte al Isondú, un guaraní asesinado por un grupo de hombres que le tenían envidia. De sus heridas comenzó a emanar luz, y luego, Isondú se transformó en muchos bichos de luz”.

Graciela necesitaba un punto de vista científico, razón por la cual también entrevistó a Martín, de 21 años, un estudiante avanzado de la carrera de Biología y aficionado a los insectos. Este le refirió que los bichos de luz se estaban “apagando” por acción del hombre, quien deforesta y edifica, emplea pesticidas en exceso y genera contaminación lumínica.

Ya para finalizar la investigación, la joven recurrió a datos estadísticos. Y, a posteriori, le quedó la ardua labor de volver a visitar a los primeros entrevistados para convencerlos de publicar el texto. Les mostró la información y no les quedó más alternativa que apoyarla. Aunque Cristian, al principio, se mostró reacio, pues consideró que ello mancharía su reputación. Pero luego, al pensar que podía utilizar esto a su favor en la campaña política, la dejó hacer.

Y así, Graciela envió el texto a un medio de alcance provincial, el cual tuvo una repercusión tal, que los misioneros decidieron movilizarse por la causa y preservar el Jardín Botánico. También, colaborar para que vuelvan a proliferar los bichos de luz.

Primera parte: https://buenosrelatos.com/2019/04/24/un-destello-de-esperanza-para-el-isondu/

Blog: www.relafabula.wordpress.com

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