XAVI ALTA

Paula. 9

“Toma, aquí lo tienes, encuadernadito y todo. Solamente debes leértelo antes de presentarlo” dijo la joven sonriendo ampliamente a su novio. Gracias eres la mejor, respondió Martín besándola suavemente en los labios, rápidamente, pues debía volver al aula, pero la chica no se lo permitió. Tomándolo de la cintura trató de retenerlo, alargando el beso, entregada, ¿no necesitas nada más de mí hoy? preguntó juguetona a la vez que bajaba la mano para palparle la entrepierna.

Decepcionada, Paula vio a Martín marchar hacia el piso inferior con paso decidido. Qué lástima que no hubiera tenido tiempo para ella, le hubiera bastado con cinco minutos para complacerlo, pero él hoy parecía no tener la cabeza para juegos. Llevaba días así, nervioso. Sin duda el apoyo que ella le prestaba en los estudios lo estaba ayudando, pero estaba preocupado por algo que no había querido compartir con ella. Aún les faltaba un poco de confianza, pero pronto cruzarían esa muralla. Así que lo máximo que podía ofrecerle eran sus conocimientos, allí estaba el fruto, el trabajo de Economía Política que ella había hecho con gusto para que el joven tuviera una preocupación menos, y su entrega. Incondicional. Pero hubiera preferido poder mostrársela, activamente, como había hecho dos veces la semana pasada en esos mismos baños en que ahora había quedado abandonada.

Pero a los pocos segundos confirmó que no la había abandonado. Desde el final de la escalera, ya en el piso inferior, Martín la había mirado, sonriente, y le había mandado un beso. Gesto más que suficiente para que su amado le demostrara que entre ellos no podía haber preocupaciones, ni distancias insalvables.

Sonriendo de oreja a oreja, se dirigió hacia la cafetería dónde esperaba encontrarse con Vero, que tampoco tenía clase a aquella hora. Estaba de un humor de perros. Casi ladrando, pues el profesor Ayala la había suspendido. Pero lo peor no había sido eso. Conocía a su amiga casi como si la hubiera parido y sabía que lo que la hacía entrar en combustión no era sacar una mala nota, era no salirse con la suya. Parecía que había encontrado la horma de su zapato con aquel engreído, se lo dijo, vete con cuidado, pero la irascible respuesta de Vero la descolocó.

“Tú también debes irte con cuidado con Martín”. ¿Por qué? preguntó Paula a la única amiga que le había confesado su historia de amor, sorprendida por el cambio de tema. “Porque no me fio de él, además, no me cuadra que…” Indignada, la cortó, levantando la voz más de lo que el escenario aconsejaba, clavando sus bonitos ojos azules en lo diabólicamente oscuros de la chica más guapa del claustro. “No te cuadra que pudiendo estar contigo, esté con el patito feo…” no me refería a eso, “sí te referías a eso. No está a mi nivel. Pues siento decepcionarte, señora Reina de la Belleza, lo mío con Martín va en serio, muy en serio, pues tenemos algo que va más allá del sexo, mucho más allá, pero claro eso es algo que a ti se te escapa, algo que no entiendes”.

De las cuatro amigas, Paula era la única con aplomo suficiente para levantarle la voz a Vero, para cantarle la caña si era necesario, pues lo había hecho otras veces, pero nunca había sentido tal grado de irritación como el que la taladraba esa tarde. ¡Qué coño te has creído! Vero trataba de disculparse, de explicarse sin herir a su amiga, pero no había nada que hacer. Había pinchado hueso.

La discusión acabó cuando Paula salió del local indignada, dejando a su amiga lamentando la mierda de día que llevaba. Sólo le faltaba esto para redondearlo, pelearse también con su mejor amiga.

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