ANSELMO EL LABORADICTO

ESUZA

Eran la 7:00 de la mañana y Anselmo ya se había bañado, desayunado y listo para salir al colegio, le encantaba estudiar. Tenía 15 años y a punto de terminar la secundaria. Además de estudiar, se daba tiempo para hacer mandados y ganarse unos cuantos pesos; el dinero le llamaba mucho la atención, podía darse sus pequeños gustos, no era que su familia lo necesitara.

Una vez terminada la preparatoria, se preparó como contador, y mientras seguía la carrera, se daba su tiempo para trabajar como vendedor en una compañía de herramientas que tenía sucursales en varias partes. Como vendedor empezó a ganar buen dinero, por lo que no quiso dejar las ventas para practicar su carrera; sus padres le decían que tenía que trabajar para lo que había estudiado, pero su respuesta era que en eso no ganaría lo suficiente para poder casarse; ya tenía una novia con la que quería hacerlo, pero antes, tenía que hacer un capital para tener qué ofrecerle; ella se llamaba Amelia y estudiaba idiomas, su familia era acomodada.

El caso fue que, al paso del tiempo, mientras se hacía de un capital, dejó de gustarle Amelia, pero aun siendo así, tuvo que casarse porque ya estaba embarazada. Tuvieron dos hijos, el primero se llamó Pedro y a la niña le pusieron Beatriz. Amelia era una mujer bastante consentida por sus padres, le habían dado todo y lo esperaba todo. Era relativamente bonita, pero escasa de entendederas y caprichosa.

Al principio, Anselmo se sentía relativamente contento, ganaba bien en las ventas y podía mantener decorosamente a su familia.

Los años pasaron, sus hijos ya estaban estudiando una carrera y eran bastante demandantes debido a la educación que Amelia les había dado. Estudiaban en colegios de paga bastante caros, y Anselmo tenía que trabajar muy duro para solventar los gastos. Debido a esto, decidió que tomaría un curso de computación (cuando estudió, no existían las computadoras) y podía aprovechar su carrera dando servicio a clientes que podía conseguir a través de las compañías a las que les vendía. Podría empezar con negocios pequeños llevándoles la contabilidad.

Una vez terminado el curso abrió su pequeño despacho en su domicilio y siguió con las ventas. Al llegar a su casa lo único que hacía era cenar y meterse a la habitación, que había convertido en su despacho, a preparar los informes de ventas y hacer las contabilidades, nada de platicar con Amelia ni preocuparse por el comportamiento de sus hijos, eso se lo dejaba a ella, que tampoco hacía mucho por educarlos correctamente.

En una de esas, ya raras ocasiones, en que Amelia se dirigió a él, dijo:

– Anselmo, Pedrito quiere que le compres un auto, todos sus compañeros tienen uno y él no quiere parecer un pobretón ante ellos viajando en autobús, además, Betty quiere que le regales un viaje a Italia cuando termine su carrera y hay que ir pensando en ello.

Anselmo se quedó pensando muy seriamente en lo que Amelia decía, si no lo hacía, tendría serios problemas con ella, así que solicitó un préstamo al Banco para comprar el auto a Pedrito y posteriormente vería lo del viaje de Betty, esto significaba tener que conseguir más clientes, tanto en ventas como en las contabilidades, no tenía empleados, no quería pagar sueldos. Las 24 horas no le alcanzaban para cumplir con todo, pero seguía y seguía trabajando, le gustaba sí, pero cada día se le veía más cansado.

Amelia le dijo:

– “Estoy muy aburrida, ya casi no salimos a cenar fuera, no hay vacaciones, siempre estás trabajando y no tienes tiempo para mí, ya ni siquiera hacemos el amor, aunque ya no me importa realmente, yo creo que es mejor que tengamos camas separadas”.

Le decía esto mientras se encontraba apoltronada viendo la televisión y comiendo chatarra, por lo que había ganado algunos kilos de más, y a Anselmo, al abrazarla, le parecía estar abrazando una gelatina, a él tampoco le importaba no tener sexo con ella, aceptó lo de las camas separadas.

Un buen día, en el que Anselmo se sentía realmente cansado, le dijo:

– “He estado pensando que los gastos cada día crecen más, ¿por qué no trabajas tú también? No tienes nada que hacer y te serviría mucho hacer algo que ayudaría con los gastos, te pago una empleada doméstica para las labores de la casa, así que el tiempo lo tienes, y además, te serviría de distracción”.

Amelia saltó de inmediato diciéndole: – ¿en qué quieres que trabaje?, no sé hacer nada, -él respondió- – sabes idiomas, podrías dar clases aquí en la casa.

Esto fue motivo de escandaloso pleito y Amelia no aceptó.

Pasaron los años, Pedrito y Betty se casaron y Amelia y Anselmo se quedaron solos, con una soledad en compañía. Anselmo llegaba siempre tarde y se metía a su despacho a trabajar, era lo único que le importaba. Amelia seguía en las mismas, viendo televisión, engordando y pareciendo gelatina.

Finalmente se separaron de común acuerdo, y posteriormente se divorciaron. Amelia, increíblemente, se volvió a casar y Anselmo siguió su soledad teniendo como compañía su trabajo, sólo de vez en cuando tenía alguna aventura.

Llegó el invierno a su vida, ya no era vendedor, había dedicado todo su tiempo a su despacho, pero, de repente, empezó a perder clientes, la situación económica se tornó difícil y tuvo que cerrar. Nunca previó que algún día ya no podría trabajar, y por los trabajos que desarrolló, no tenía pensión alguna.

Sus hijos no lo ayudaban, difícilmente lo visitaban, por lo que la única salida que tenía era rentar los cuartos vacíos que tenía en su casa, con lo cual se ayudaba para sobrevivir; el problema era cuando las personas se iban y tardaba en volver a rentarlos.

No volvió a ver a Amelia ni le importó lo que fuera de su vida, pero le dolía el abandono de sus hijos, sólo de vez en cuando, veía a sus nietos que, en realidad, no le importaban mucho.

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