DAVID SARABIA

La permanente oscuridad abismal era el ambiente eterno de su estrecho hábitat, donde había perdido la noción del tiempo y de la vida. En ocasiones, y sin saber con certeza cuántas veces se hizo la misma pregunta dentro de su perturbada mente, tal cuestión: ¿Cuántos días, meses o quizá años, tenía enterrado vivo?

¡Porque estaba vivo!

Su conciencia respondía a los diminutos estímulos del exterior. A pesar de la densa negrura, podía escuchar las conversaciones a tres metros hacia arriba. Podía oír nítidamente las pisadas y el crujir de las hojas secas ceder ante el más delicado pie. También, cuando lloviznaba, sentía el caer de la gota partir el aire y estrellarse contra el pasto fragmentándose en microscópicas cascadas que caían salvajes deslizándose hasta tocar el suelo y filtrarse entre los granos de tierra compactados.

Esos sonidos del exterior los percibía día con día, ya estaba acostumbrado a ellos. Cuando caía la noche, se daba cuenta por el descenso de la temperatura. Aunque estuviera a tres metros bajo tierra, percibía su alterado sentido el calor y frio del exterior en cualquier estación del año. Fueron tantas las idas y venidas del sofocante y húmedo verano como los glaciares vientos de invierno. Por lo tanto, no sabía en qué año se encontraba. O eso creía.

¿A caso todo esto es producto de una larga y permanente alucinación?  Se preguntaba angustiado con la esperanza de que toda esa longevidad atemporal fuera una ataque a su cerebro, el cual estaba a punto de colapsar al darse cuenta que su humanidad se encontraba dentro del interior de un ataúd y con toneladas de tierra encima. Sabedor a conciencia de la espera de una espantosa muerte, la más atemorizante, era una pesadilla convertida en una aciaga realidad, la cual finalizaría su vida en medio de un tormento inenarrable.

Sin perder todavía la migaja de esperanza que le quedaba, golpeó con la palma de sus manos el interior de la tapa.  Por millonésima vez sintió su dura superficie donde el terciopelo con los holanes de seda estaban rasgados, y en partes, arrancados por unos dedos que alguna vez enterraron sus uñas con la falsa idea de partir en canal a su prisión eterna.

Aunque pateara y gritara nuevamente, su voz era inaudible para los vivos que deambulaban sin sentido en el tránsito de sus vidas llenas de desgracias, inseguridades y miserias.

Solamente otros podían escucharlo.

Y estos, eran los muertos.

 

 

Eran las doce de medio día.  El sol se encontraba en su cenit arrojando su incandescente luz con furia sobre la ciudad del desierto.  En internet y en la televisora local se pronosticaba que ese viernes 13 de Julio, la temperatura alcanzaría los 50 grados centígrados. La canícula estaría sobre su trono, majestuosa, fustigando con furia con su inclemente calor de los mil avernos.

Don Pancho Chanate y su nieto Louis entraban al cementerio sobre una retroexcavadora Case 580-D, un modelo del siglo pasado, pero efectivo debido a los buenos cuidados de mantenimiento. La máquina avanzaba parsimoniosa en medio del suave ronroneo del motor diésel, transitando sin prisa sobre la calzada principal del viejo cementerio municipal.

Don Pancho Chanate iba al volante del armatroste; un hombre de setenta y cinco años, de tez morena oscura, casi quemada. De complexión gruesa como un roble y de enormes manos trabajadoras. A su lado, Louis, de diecisiete años, delgado como un fideo, de grandes orejas, de tez morena clara la cual mostraba sobre su superficie pecas y granos en su rostro. Una tez que todavía no era castigada por los rayos UV de un trabajo que no requería techo. Louis iba en calidad de aprendiz, debido a que había resultado malo para la escuela, y que a unos meses de cumplir la mayoría de edad, deicidio trabajar en la construcción como su abuelo. Ahora, sentado en una diminuta área, a un lado del volante y la palanca de cambios, miraba los enormes arboles de mezquite y eucaliptos que parecían arder bajo el incandescente sol a los costados de la calzada.

Entre el sonido de los enormes neumáticos traseros que levantaban grava y el ronroneo del motor, Louis preguntó a su abuelo con aire enigmático.

— Abuelo, ¿murmuran los muertos?

Don Pancho Chanate, hombre recio, curtido en la obra, quien en su vida había visto u oído nada del otro mundo, respondió.

— Murmuran ni madres mijo, esos ya están fríos y tiesos… y la mayoría de los que están aquí, y más en esta área, ya están hechos polvos. Estamos en el viejo cementerio, donde están enterrados a los fundadores.

El camino de grava se elevaba  por la loma. La excavadora subió sin ninguna dificultad. Al llegar a la cima,  su área era una superficie del tamaño de dos canchas de basquetbol, habían varias hileras de viejas tumbas de piedra ya sea en forma de lapidas o cruces y algunas capillas como si fueran diminutas iglesias particulares para el difunto. Desde allí, al otro extremo, como si estuvieran parados en la orilla de un mirador, se podía ver las casas y comercios de la ciudad.

Don Pancho Chanate metió el freno, después bajó la pala delantera de la máquina y cuando esta se posó sobre la grava, giró la llave del encendido en sentido contrario provocando una sacudida en el motor un segundo antes de apagarse. Aun costado comenzaba el césped y una enorme lapida con la inscripción de:

 

BRUNO MARTELO

 

23 de agosto de 1918 – 13 de Julio de 2018

DIOS BENDITO, QUE AUNQUE YO ESTE EN EL VALLE

DE LAS SOMBRAS, TU ESTAS CONMIGO

 

— ¡Mira mijo, es el cumple años de este esqueleto, hoy son sus cien años!, vamos a empezar aquí para celebrar su centenario… pero primero lo primero, sácate el lonche que ya es la hora del breake y los siguiente sesenta minutos son sagrados, que no nos los pagan.

 

Sí, los muertos.

Él era uno, al parecer, o todavía no lo era. Tal viaje alucinante provocado por el terror de morir sofocado y tragado por la oscuridad del sepulcro, le daba la falsa creencia de tener años en la misma posición; acostado, semi tieso – porque podía moverse, pero eran movimientos esporádicos, leves, y en ocasiones violentos cuando reaccionaba para golpear inútilmente la tapa – podía ver sus manos y el terciopelo guinda rasgado  a pesar de la densa tiniebla que lo engullía como si estuviera dentro de las fauces de un gigantesco monstruo.  Llegó a concluir que tendría apenas unas horas de haber despertado. Lo último que recuerda con toda claridad era haber estado discutiendo en su despacho con su hermano Vincent Martelo; ¡a su hermano!… ¡ese hombre que era la vergüenza de la familia!

Vincent, a pesar de ser el hermano mayor, quien se supondría era el miembro que por naturaleza divina tendría que ser el cabeza de familia, no lo era. Su padre lo desheredo cuando éste dejo de trabajar en la administración de la construcción del tren para irse de viaje a una Isla Prohibida por la Iglesia. Bruno, en su suspendida y eterna ensoñación, cavilaba mientras respiraba la humedad de su entorno: Vincent siempre había tenido una inclinación hacia las ciencias ocultas… ¡por Dios!, ellos que se había criado bajo el cuidado de unos padres amorosos y católicos, quienes les habían inculcado el temor a Dios y los habían mandado a escuelas religiosas y a la más prestigiosa universidad para estudiar las nuevas ciencias… ¿Cómo fue posible que su hermano cayera ante el hechizo de la superchería digna de la creencia de la gente ignorante que había nacido para servir? ¡A pesar de estar en el nuevo siglo donde la máquina de vapor unía a los pueblos y a los continentes! ¡Donde la producción en masa era una realidad! ¡Una Era donde la modernidad de la luz de la bombilla eléctrica desterraba a la oscuridad de los siglos pasados llenos de superstición, atraso social y espiritual! Y todo por obtener el conocimiento de la alquimia y de la vida eterna…

… la vida eterna… ¡que blasfemia!… ¡esa sólo se obtiene mediante nuestro señor Jesucristo!  Y terminaba gritando dentro de sus atribulados pensamientos.

Su mente iba y venía golpeando de un lado a otro como un péndulo en una secuencia increíblemente lenta y en ocasiones aterradoramente veloz.

Los muertos… ellos hasta podían oír sus pensamientos…

“Tu hermano Vincent tiene algo que ver con esto que nos está pasando” le dijo una conocida voz. Era la de Martha, una amiga de Vincent, con quien al parecer había tenido un amorío prohibido, debido a que Martha estaba casada con un acaballero respetable. “si él es, desde que vino de Haití”  la voz se filtraba como ondas magnéticas a través de la tierra para llegar al receptor del ataúd de Bruno. “Desde que llegó de esa tierra maldita, nuestros encuentros comenzaron a ser exclusivamente en la furtividad de la noche. Al parecer tu hermano vino de allá convertido en una criatura nocturna”

Después, otras voces. En lagunas ocasiones mezcladas con cantos y también con rezos; escuchar el rosario bajo la voz solemne de una mujer entrada en años de la cual no conocía su nombre, le provocaba escalofríos, ya que sentía que rezaba por él, por su eterno descanso, y eso le impulsaba a golpear y patear el interior del ataúd a sabiendas del desgaste de energía con un mismo resultado inútil.

 

— Abuelo — dijo en seco y mirando sin mover su rostro. Moviendo sus pupilas de un lado a otro como queriendo detectar el movimiento insonoro de algún intruso agazapado — ¿Los muertos platican entre ellos?

Don Pancho Chanate soltó una risotada. Su nieto Louis era un raro con poderes psíquicos, o eso decían, ya que él, en lo personal, nunca había visto o escuchado algo que pudiera ser de naturaleza paranormal. Ni en la más lóbrega noche cuando fue velador en unos bodegones situados en medio de la nada en un siniestro desierto, donde se decía por vox populi que los sicarios de los carteles asesinaban y enterraban a sus rivales.

— Pues, a lo mejor —, fue lo único que atinó a decir mientras se sentaba junto a su nieto. Ambos descansaban sobre una lápida rodeada de césped  y arbustos. Don Pancho Chanate usó la superficie de la tumba como mesa de comedor, colocando en medio de ambos el envoltorio de papel aluminio, el cual en su interior contenía ocho tacos con frijoles; cuatro eran de tortilla de harina y cuatro de maíz. Abrió el envoltorio y agarró uno de harina y comenzó a comérselo. Louis tomó uno de maíz, se lo llevó a la boca, arranco un tercio  y mientras utilizaba sus mandíbulas, balbuceo:

— Aquí en la colina abuelo, aquí es donde los muertos hablan.

— ¿Y en las otras secciones? — preguntó siguiéndole la corriente don Pancho mientras se atragantaba con su taco.

— Están muertos, no hay nada. Sólo hueso y olvido.

 

Las voces de Louis y su abuelo descendieron como plumas de nieve, lentas, seguras e inminentes hasta traspasar el suelo abriéndose paso entre la húmeda tierra y envolviendo con su sonido de la dimensión exterior a Bruno Martelo quien dormia despierto el sueño de los muertos.

¿Cuántas voces había escuchado? ¡Muchas! La lista era interminable, y en ese momento, o minuto suspendido dentro de la burbuja negra de la conciencia, Bruno Martelo imaginaba cientos  o miles de historias que se entrelazaban en medio de un huracán cósmico donde la vida y la muerte negociaban durante minutos que parecían siglos, decidiendo su suerte que en realidad ya estaba echada.

Esas voces que venían de arriba, divagaban en especulaciones sobre si los muertos conversaban. Eran las voces de un joven y de un hombre anciano. En otras ocasiones, habían sido de amantes ocultos, hombre y mujer, y también de hombre con hombre; de seres extraños envueltos en la noche para fumar yerba mezclada con sustancias prohibidas. Y a veces, eran de jóvenes que decían que andaban de turistas, y esas eran las más interesantes debido a que con ellas escuchó historias sobre el fin de la Revolución, de guerras mundiales, de progreso, y de crisis económicas. También se enteró de una dictadura perfecta, de cambios, de aciertos y desaciertos sociales, de nuevas tecnologías y cosas impensables; mujeres que se convertían en hombres y hombres que se transformaban en mujeres. Del comienzo de un nuevo siglo y de una actual guerra sangrienta entre bandidos o algo parecido, como cuando los revolucionarios saqueaban haciendas y mataban a mansalva aprovechando una lucha armada para perpetrar crímenes y salir impunes ¡Que alucinación dios mío! Pensaba estoy divagando y viajando al futuro, sino se apuran a rescatarme, voy a morir, asfixiado y en medio de esta locura!… ¡maldito seas Vincent!

     SI, FUE VINCENT… sentenciaban las voces de los muertos. De algunos conocidos, como don Heraclio, dueño de la hacienda Las Palmas, quien había sido el terrateniente de inconmensurables hectáreas de Algodón y propietario de la Pulpería Las Comadres; don Heraclio, un hombre recio, de palabra y de carácter explosivo cuando se trataba de reprender a sus empleados-esclavos, le dijo enviando su voz atravesando los bloques de tierra y tumbas.

— FUE VINCENT…. Lo último que yo recuerdo es estar discutiendo con él, de negocios, de malos negocios. Fue en mi despacho. El muy bellaco creyó que no me iba a dar cuenta de los documentos que falsificó para poder hacerse mi socio. Discutimos en medio de unas copas y próxima ya la media noche. Al saberse descubierto, sólo recuerdo una especie de golpe y unos ojos amarillos y después despierto aquí…. Sé que estoy muerto, y ya no saldré de aquí, estoy consciente que han transcurridos años. Que esto no es una pesadilla, que mis seres queridos ya han muerto, pero a diferencia mía, ellos si están en la gloria disfrutando el paraíso con el Señor. En cambio, nosotros estamos aquí,  condenados a un purgatorio, ya que no es ni el cielo ni el infierno. Estamos en medio de un puente que une de una orilla a otra a la vida y la muerte… ¿y sabes por qué? ¿Por lo avaros que fuimos? … acaso Bruno no recuerdas cuando ibas a misa, el pasaje del evangelio cuando el hombre rico que se jactaba de haber trabajado gran parte de su vida creyendo que tenía comprado el resto de sus años por venir, sin saber que iba a morir esa misma noche… eso nos pasó… o peor… pero sé que Vincent fue parte de un instrumento.

Entre tantas historias como esa, la cabeza de Bruno giraba como torbellino analizando y fantaseando con cientos de hipótesis sin respuesta. Por momentos golpeaba la parte de atrás de su cabeza alzando su rostro para dejar caer el cráneo y después repetir el movimiento como si se tratase del golpeteo de un telégrafo.

Hacia un recuento de las docenas de voces, y hasta parecía que eran cientos, que cantaban acusatoriamente el nombre de su hermano. Las voces de los muertos lo abrazaban atormentándolo en esa dantesca pesadilla, en la cual estaba sumido en un pánico que se había apoderado de su ser cuando abrió sus ojos para darse cuenta plena de su situación. Nuevamente, pateo el interior del ataúd lanzando unos débiles arañazos; sus brazos cedían ya sin fuerzas, quizá por la falta de oxígeno. Debilitado, se aferró a una débil luz de esperanza que se desintegraba junto con la oscuridad.

¡El oxígeno! Pensó alarmado ¿Cuánto le quedaba? Su cabeza cavilaba concluyendo que quizá un par de horas más, si tenía suerte. La tierra seguramente estaba porosa debido a la excavación. Eso le daba un poco de ventaja: ¿de qué? ¿Quién lo escucharía a tres metros bajo tierra? ¿O quizá a cinco? ¡El muy desgraciado de Vincent, la oveja negra de la familia, era capaza de haberlo enterrarlo a diez metros para asegurarse de no salir al llamado de Dios en el día de la Resurrección!

     ¡Y todo por los negocios, por la maldita herencia! ¡Él, quien había desperdiciado su tiempo en las ciencias ocultas y en sus viajes anti espirituales! ¡Reclamaba sin derecho alguno lo que por naturaleza había perdido!

     Bruno Martelo, en medio de su angustia, terror y rabia; llegaba a la conclusión de que había sido víctima de algún veneno exótico. Tal acto infame perpetrado por su siniestro hermano, quien había utilizado una sustancia producto de la alquimia o un encantamiento importado de aquella isla donde la pobreza, la superstición, la ignorancia y los muertos vivientes pululaban sin conciencia  bajo el hechizo de los brujos.

Una sustancia suministrada en su bebida sin que se percatara del movimiento rápido y criminal de su hermano, con reacción retardada para no levantar sospecha en el acto. Algo que le daba tiempo al cobarde de platicar, beber, discutir o en su caso, llegar a un acuerdo y así, con una perfecta coartada, la victima podría irse a dormir en la seguridad de su cuarto. Ya dormido, el veneno comenzaba a trabajar con lentitud paralizando  las funciones motoras, hasta bajar el pulso a un nivel imperceptible que podía errar el dictamen del médico más prestigiado quien se basaría en una respiración inexistente y quizá por la aparición de la  rigidez cadavérica y un color marmoleo en la tez. Eran indiscutiblemente el conjunto de síntomas que preceden al fallecimiento. La muerte estaba presente y sólo un cuerpo de carne y hueso, y sin alma, se encontraba postrado e inerte.

Yo creo lo mismo que tú le decía la voz de Anacleto Montes, un capitán asignado a la guarnición del pueblo: yo comencé a investigar las extrañas muertes por órdenes de mi General Arteaga. Y veme aquí, postrado dentro de un nicho tragado por las tinieblas, escuchando tu voz, tus pensamientos y mirando hasta tus sueños.

    Y los muertos cantaron en coro en una voz convertida en una masa de voces transformada en una legión de almas atormentadas que maldecían su infortunio de no poder dormir eternamente.

Desesperado y ha como pudo dentro de aquel estrecho ataúd alzó su codos, los cuales pegaron en los extremos de la caja y tapó con las palmas de sus manos sus oídos tratando de impedir aquel mar de voces que lo estaban enloqueciendo en medio de su agonía. Volvió a pensar en el oxígeno, el cual se agotaba inminentemente predestinando su fatal desenlace. Con los oídos tapados con una presión suficiente para reventar su cerebro, respiró hondo. Cerró sus ojos y puso atención. Volvió a respirar y al hacerlo se percató que no sentía el aire entrar por sus fosas nasales, descender y entrar a sus pulmones llenándolos con un aire contaminado por la humedad y el encierro de la tumba.

También percibió  la ausencia absoluta de los latidos de su corazón, y fue cuando el pánico se apoderó completamente de su desolada humanidad: AUXILIOOOO! Gritó dentro de su mente porque ya no le quedaba nada de aire y supo que su hora había llegado. Temblando y envuelto en escalofríos, deslizó su mano por encima de su rostro para después colocarla sobre el lado izquierdo de su pecho. Y en efecto, el corazón ya no tocaba rítmicamente el interior de sus costillas, estaba ausente, sin vida. Al darse cuenta de lo inverosímil de su situación, comenzó por millonésima vez a patear y arañar con impotencia a sabiendas de sus esfuerzos inútiles. Después, desalentado, quedó totalmente abatido, física y espiritualmente.

Pensaba desesperadamente en el desmayo fulminante, pero este no llegaba. Parecía que alguna fuerza oscura pretendía mantenerlo despierto y aterrorizado hasta su último aliento. Quiso llorar, y con pesadumbre concluyó que no podía, que sus lágrimas se habían evaporado de aquel cuerpo ya muerto pero consciente. Y en medio de la vastedad de su tormentoso delirio, Bruno Martelo cerraba sus ojos.

 

… transcurrió un espacio de tiempo incalculable, denso y oscuro…

 

Después, la tierra vibró a la par de un potente sonido proveniente del exterior.

Bruno Martelo abrió repentinamente los ojos.

¿Qué está sucediendo? Se preguntaba desconcertado.

 

Un prodigioso sonido mecánico retumbaba estremeciendo el interior del ataúd y a la vez, a su muerto corazón que sentía pero que no latía. Era como si estuviera encima una gigantesca locomotora, encendida y sin avanzar, moviendo ferozmente sus pistones accionados por la energía del vapor.

Bruno Martelo se encontraba en un estado de estremecimiento, mezclado por la incertidumbre de algo desconocido y a la vez, emoción por imaginar que quizá aquello era una vaga creencia del fin de su cordura, o el fin de su agonía.

Su agudo oído percibía con claridad el movimiento de piezas mecánicas accionadas por una caja de acero que en su interior giraban engranajes bañados en un líquido viscoso que entraba y salía por una especie de túneles y tubos. También como ese líquido empujaba a una especie de pistones que articulaban a otras piezas de metal. Toda esa coyuntura extraña de tecnología desconocida, lo perturbaba pero a la vez le regalaba un atisbo de esperanza.  No era una locomotora, era algo parecido a un monstruo mecánico de proporciones inimaginables para su mente.

De pronto, el monstruo mecánico rugía furioso, y comenzaba a moverse dentro de la tierra, e iba en pos de él.

Escuchó y sintió con claridad como una enorme mano de metal se hundía enterrando sus garras en la tierra, y como ésta  recogía en su interior una porción para extraerla. ¡Estaba cavando!

Bruno Martelo mantenía sus ojos desorbitados, junto con sus sentidos alterados a un nivel mayor para esperar y encontrarse con su verdadero destino; la situación era totalmente diferente: maravillosa y aterrorizante a la vez; no eran las voces de los muertos, las víctimas de su ambicioso y criminal hermano,  ni la voces de los vivos que  merodeaban el cementerio con fines personales distintos. Ni sueños ni pesadillas entremezcladas donde no se podía discernir qué era realidad y fantasía, ensoñación o visión.

La tierra se estremeció y ésta era arrancada como si se tratase de un árbol extraído con sus raíces por las manos de un colosal gigante.

El sonido de motor de maquina indefinida retumbaba como el de cientos de cañonazos que destruían ciudades enteras. El ataúd se movió, la pared de tierra de su costado se desmoronaba como castillo de arena. El ambiente temblaba en medio del cataclismo. Unos amplios dedos de acero arañaron sutilmente la superficie de la tapa.

Bruno Martelo, en medio del caos, supo, que sea lo que estuviera escarbando, lo iba a liberar.

De repente, la tapa fue arrancada de cuajo y un torrente de aire fresco entraba limpiando sus pulmones como si se tratase del indómito cause de un río de agua cristalina, que barría con su pureza el moho y la podredumbre de la tumba.

El sonido mecánico era ensordecedor y sintió el calor de los rayos solares que en el primer instante fueron cálidos, placenteros. ¡Estaba vivo! ¡Lo habían rescatado! ¿Qué clase de tecnología estaban usando sus héroes para arrebatarlo de los brazos de la muerte?… un segundo después, la euforia se desvanecía abruptamente. El cálido sol, se transformaba en un baño de luz cegadora e infernal, era como sentir sobre su piel las mismas brazas del infierno. Su piel comenzó a arder desde el interior y después las llamabas asomaron como puntas de cuchillo por sus poros convirtiéndolo en una antorcha humana.

Dándose cuenta de su nueva aterradora situación, Bruno Martelo escuchó un grito de espanto y horror proveniente de una especie de cabina del monstruo mecánico. Miró a un hombre mayor, quien detrás de unas palancas lo  observaba atónito con un rostro lleno de pánico, y  también a un joven que estaba a su lado, quien al parecer se encontraba en una especie de transe hipnótico.

Se incorporó de un salto fuera del ataúd, y en cuatro patas comenzó a avanzar con desesperación sobre el alud de tierra. Después, la oscuridad total lo encerraba tragándoselo de nuevo, pero ahora, con una sensación de paz. Antes de su último aliento, dio gracias a Dios.

 

Lo último que miró don Pancho Chanate antes de que su corazón se infartara de miedo, fueron los ojos amarillos e intensos del cadáver viviente, a la par de su boca abierta que mostraba un par de largos colmillos, brillosos y puntiagudos como cuchillos.  También, alcanzó a ver cuando éste se incorporaba  desesperado aferrándose a la vida, convertido en una momia resucitada en llamas.  Y lo último que escuchó fue a su nieto gritar de horror para después quedarse mudo y sumergido en un estado catatónico. Al final, don Pancho Chanate colapsó y la realidad desapareció para siempre.

Cuando la calma regresó al cementerio, las aves cantaron, celebrando el fin de la agonía de Bruno Martelo.  De casualidad, una pareja de visitantes estaban llevando flores a un fiel difunto bajo la loma, cuando escucharon el grito que les heló la sangre, llamaron al 911. Cuando la policía llegó y subió, sólo se encontraron a dos cadáveres. – un cuerpo calcinado y el del operador de la máquina –  Y un sobreviviente, un joven que había perdido la cordura perdiéndose en el mundo de los espíritus. Y después,  cuando la policía terminó su trabajo y la carroza se llevó los restos. Los muertos, quienes dormían despiertos dentro de sus ataúdes, comenzaron a murmurar  y a platicar sobre lo acontecido.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s