TANATOS12

Capítulo 29

Yo sufría. Literalmente agonizaba. Ellos ahora no se besaban y bebían y hablaban otra vez. María no me buscaba con la mirada. Y no me parecía mal. De hecho llegaba a disfrutar de que no lo hiciera.

Mi soledad me hacía sentir más si cabe todo. En mi cabeza seguían rebotando las imágenes de la boca invadida por la lengua de aquel hombre. La imagen de los ojos cerrados y entregados de María, sus manos posadas en su cintura, con cuidado, sorprendida, vulnerable… no hacían si no aumentar mis celos… mi humillación, y también mi excitación.

Volví a mirarles y él le dijo algo al oído y ella rió, y aquella sonrisa que le mostró me mató más que un beso. Sentí que, de celos, me podría desmayar allí mismo. No sé si fui yo, con mi mente, quien dio la orden, o fue mi propio cuerpo, como si tuviera un mecanismo de supervivencia, un botón que pulsar de forma automática en el momento justo antes de entrar en colapso. Cuando me quise dar cuenta caminaba erráticamente hacia la barra y me colocaba a la espalda de María. En aquel momento el hombre volvió a colar las manos por dentro de la americana de ella, sujetándola por la cintura, sobre la seda de su top negro, mientras introducía su lengua otra vez en su boca. Aquello era sadismo. Sadismo puro. Sadismo de él. Y sadismo el mío.

María no era consciente de que yo estaba a su espalda. De que podía sentir a través de ella como disfrutaba de nuevo de otro beso… Mi novia, indudablemente caliente, se dejaba besar una y otra y otra vez por aquel hombre que de nuevo cortaba los besos cuando quería y tras hacerlo la miraba, a la cara, y yo no me podía creer que su mirada no fuera a su escote de vez en cuando. Ella se cerraba la chaqueta con frecuencia, pero, entre beso y beso, irremediablemente aquello se abría, y yo podía imaginar la visión de los pechos de María que tendría aquel hombre. Sus pezones seguramente erectos. Su escote descarado… sus tetas bajo la tela pidiendo a gritos ser descubiertas. Si la tenía así de encendida por unos besos, si la acariciase en otras zonas se podría iniciar algo que a mi me mataría… que yo pensaba que aquel osado no se merecía… y que a mi novia quizás acabara por encenderla.

Pero no lo hacía. No entendía cómo era capaz, pero parecía no querer cruzar aquella línea.

De nuevo la hizo reír y eso produjo que la cara de María se girara hacia la barra y pudiera percibirme de reojo. Algo dentro de mí aprovechó aquello y decidió que no podía más, y pronunció su nombre:

—María. María, me voy al hotel.

Ella se quedó en silencio. El hombre bebía de su copa, sin interrumpir, sin ponerse nervioso en absoluto. María se giró del todo, me miró y no me dijo nada. Y yo proseguí:

—Tú quédate.

—¿Estás seguro? —dijo.

—Sí, llámame con cualquier cosa.

—¿Seguro? —repitió. Pero el deseo estaba allí, se sabía, todos sabíamos que aquellos ojos irradiaban un deseo que impresionaba… Su pregunta era casi retórica, no me pidió realmente que me quedara, no me dijo que no se fiaba de aquel desconocido y que no quería que la dejara sola… No. Y aquello me dolió, lo suficiente como para irme sin decir nada más.

Es indescriptible la sensación, los sentimientos, el agobio, la asfixia, que sentía en el taxi, en la recepción del hotel, en el ascensor, en el pasillo, en la habitación…

Desesperación. Mareos. El silencio más absoluto en nuestra habitación de hotel me mataba. Ahora los nervios por esperar un mensaje de Álvaro me parecían surrealistas. Nervios, morbo… En mi mente se cruzaban imágenes de ellos dos… salteadas… dispersas… aleatorias… Era alucinante la seguridad con la que la había abordado aquel hombre. E impactante la mirada de rendición, tan inusual y casi antes de empezar, de María.

Me dolía todo el cuerpo a la vez que mi mente no dejaba de imaginar, de suponer, de adivinar lo que podrían estar haciendo. Mi imaginación volaba a una velocidad que mi mente no era capaz de digerir y mi polla no era capaz de tolerar.

Me desnudé. Temblando. Miraba el móvil constantemente a pesar de tenerlo con el sonido activado. Completamente desnudo me senté al borde de la cama y me llevé las manos a la cara. Con la polla parcialmente erecta y todos mis músculos palpitando, con escalofríos, tiritando. No sabía si tenía calor o frío. No sabía si podría dormir, caer rendido por la tensión o sería totalmente imposible… Solo quería saber, saber lo que estaba pasando.

Me preguntaba cómo aquel hombre había adivinado que tenía vía libre para intentarlo con ella, que su novio lo toleraría, que extraña imagen podríamos dar para que lo pudiera adivinar. Llegué a plantearme que pudiera ser que María le hubiera echado algún tipo de mirada, pero me parecía extraño… Quizás simplemente había sido suerte… No tenía la cabeza para llegar a ninguna conclusión, y lo cierto era que no me importaba. Solo me importaba saber. Saber qué estaba haciendo María. Por mi cabeza se seguían cruzando las escenas más dolorosas y morbosas a partes iguales que mi cuerpo podía tolerar.

Estuve casi media hora en aquella postura. Como si fuera un drogadicto intentando superar la abstinencia. Temblando en espasmos involuntarios. Cuando escuché el ascensor abrirse en mi planta. Mis manos se apartaron de mi cara y mi cabeza se irguió. Escuché unos tacones y una voz femenina, hablando con alguien. No era ella.

Dejé caer mi torso hacia atrás. Mi polla caía rendida, sin entender nada e impregnando todo lo que rozaba con aquel líquido transparente que solo conocía de la parte morbosa de lo que estaba pasando. No conocía de mi desasosiego, de mi humillación, de mis celos…

Miré el móvil. Hacía una hora que los había dejado solos. Me moría allí. En aquel castigo voluntario. Encerrado entre aquellas cuatro paredes que parecían reírse de mí, de mi locura, de mi tensión, de mi masoquismo.

Cuando había pasado lo de Edu no había llegado a sentir eso. Cuando estaba en la habitación de Paula no había sentido esa desazón. Quizás porque entonces lo sabía. Sabía que Edu se la estaba follando, pero ahora no, ahora no podía estar seguro, y esa intriga me tenía permanentemente al borde de un síncope fatal.

Había pasado una hora y media. Aquel local no cerraría tan tarde. Si María no había vuelto era porque pasaría la noche en el hotel de él. Estaba claro. Mi mente, al pasar aquella hora y media, vio clarísimo que María, mientras yo me compungía, temblando masoquista en aquella cama, estaba disfrutando, entregándose a aquel hombre, que ya la estaría penetrando en todas las posturas posibles. Deleitándose con el cuerpo de María, follándola sin entender, pero sin importarle, cómo yo podría ser tan idiota de entregarle semejante mujer. Me imaginaba a María completamente desnuda, sudando, cabalgando la polla dura de aquel hombre, gritando entregada hasta perturbar a los vecinos de habitación de aquel hotel. Me imaginaba a aquel hombre yendo a besar y a morder aquellas tetas preciosas y excelsas sin entender y sin importarle cómo yo se las había entregado. María, muerta de placer degustaría la polla de aquel hombre con su boca, cada vez, al cambiar de postura, se la comería y le miraría a la cara… y ella no pensaría en mí, solo tendría ojos para aquel hombre, como había demostrado durante casi toda la noche.

En esas ensoñaciones, que me parecían absolutas certezas, me encontraba, cuando escuché de nuevo la puerta del ascensor. Miré el móvil. Habían pasado casi dos horas.

Escuché pasos. Pasos de tacones. Hacía mi lado del pasillo. No hablaba con nadie. Y parecían solo pasos de una persona. Lo cierto era que deseaba que fuera ella, que viniera, que hubiera hecho lo que hubiera deseado, pero que viniera a salvarme. Unos nudillos golpearon mi puerta. Y me alegré. Sentí un alivio tremendo que me permitió ponerme en pie con por lo menos algo de entereza.

No sé por qué abrí un poco la puerta y me retiré y me planté de pie, desnudo, con la polla semi erecta…. en el medio de la habitación.

María entró. Visiblemente ebria. Colorada. Con la melena revuelta y desordenada. Y me miró y avanzó, tocada, pero decidida. Dejó caer el bolso sobre la cama. Y se me acercó. Frente a frente no llegó a mirarme a la cara y me dijo al oído:

—Fóllame…

—Qué ha pasado… —pregunté inmediatamente y en su mismo tono.

—Fóllame… por favor… —suplicó en un suspiro, con los ojos cerrados, rendida.

—Pero qué pasó… —volví a insistir, mientras me atreví a acariciar su cara con una mano infartada.

Los dos con los ojos cerrados nos tocábamos aleatoriamente. En la cara, en la cintura, en el torso. Yo le repetía una y otra vez que me contara qué había pasado…

Su americana cayó al suelo y mi polla lagrimeante impregnaba, sin control, sus shorts y su camiseta… y ella mantenía sus ojos cerrados, implorándome, seguramente como nunca, que la follara.

Besé su cuello y su escote… y comencé a descender. Si ella me pedía por favor que la calmase yo le pedía por favor que me contase qué había hecho con él… qué había hecho él con ella…

Seguí reptando hacia abajo… Solté un tirante de su top negro lencero, lo dejé caer por uno de sus brazos y salió a la luz un pecho enorme e hinchado. Lo toqué, estaba durísimo y más erguido que nunca. El pezón parecía querer salir de su cuerpo y la areola me pareció colosalmente extensa… Con aquella teta al descubierto María gimió… y susurró:

—… No pasó… nada…

—Cuéntamelo… María… —Yo no la podía creer.

Llegué a descender hasta arrodillarme delante de ella. Y llevé mi cara a sus shorts. Posé allí mi nariz sobre la seda de aquel pantalón corto y María subida a aquellas botas y con aquel pecho al descubierto llevó sus manos a mi pelo, enredó allí sus dedos y gimió en un suspiro… repitiéndome:

—No pasó… nada…

Levanté la mirada. Y ella me miró. Allí abajo. Sumiso y abandonado a ella. Desesperado por su confesión.

—Solo… lo que viste… nos besamos… —dijo con la mirada ida de deseo.

Tiré de sus shorts hacia abajo y los conseguí sacar por sus botas gracias a que su cintura era bastante elástica, y quise oler sus bragas sin quitárselas. María flexionó un poco las rodillas, facilitando que yo pudiera incrustar mi nariz en su entrepierna y embriagarme de forma tremenda de unas bragas que olían a sexo de una manera infartante. Le hice saber que sus bragas olían a coño. Le hice saber que sus bragas estaban mojadas… Ella, al escucharme, enredaba con más fuerza sus dedos en mi pelo… Le excitaba la confirmación de su humedad… aunque sin duda ya lo sabía.

Llevé mis manos a sus bragas y las bajé un poco. Me quedé boquiabierto, allí arrodillado, al descubrir que un hilillo transparente y espeso que emanaba de su coño no quería abandonar aquellas bragas… y un circulo más oscuro sobre la seda negra delataba una excitación extrema. No parecían las bragas de la chica elegante que había salido horas antes de aquella habitación, parecían las bragas de una hembra en celo, tremendamente cachonda.

Con sus bragas en mis manos hundí literalmente mi nariz en su coño, casi pude sentir sus labios tiernos y dados de sí acariciar mi cara… y olí de nuevo aquel olor a mujer… aquel olor a coño excitado y abierto por otro hombre.

—Cómo te huele, María… —resoplé extasiado…

—¿Sí… ? —preguntó en un suspiro mientras echaba su cabeza hacia atrás…

—Sí… —respondí y saqué mi lengua y noté un sabor salado y maravilloso, como si estuviera bebiendo literalmente de su coño… —Joder… cómo te huele… —susurré, casi para mi mismo… mientras ella flexionaba más las piernas para que mi lengua pudiera llegar más lejos…

Le estuve un rato comiendo el coño, allí, arrodillado, casi a cuatro patas, con mis manos yendo a su culo desnudo para sostenerme, mientras ella, con aquellas botas enormes y aquella teta colosal, que le daba una imagen tremendamente sexual e impactante, se acariciaba aquella teta, gustándose, mientras me sujetaba la cabeza con la otra mano para que la comiera más adentro. Ella susurraba unos “cómemelo…” totalmente desvergonzados y hasta me llegaba a marcar el ritmo de la comida de su coño con su mano… Yo seguía absorbiendo de aquel coño que parecía querer salirse de su cuerpo y cada vez que me apartaba un poco lo observaba con los labios más separados… enterraba mi nariz en su vello púbico, que era todo él un charco espeso y volvía a sacar mi lengua para alcanzar las partes más húmedas de su interior.

Me aparté. La miré. Ella con los ojos entrecerrados, no dejaba de acariciar su teta, pero no liberaba la otra, dando una imagen de guarra increíble. De nuevo ella parecía vanagloriarse de aquella exhibición, de aquel erotismo brutal que sabía que irradiaba. Allí, arrodillado, mirándonos, alargué mi mano para buscar introducirlo en su interior, en su coño, dicho dedo entró de una forma bestial, sin resistencia alguna. Y usé otro dedo… de forma similar… como si nada, absolutamente como si nada…

—Estás abiertísima… —susurré y ella me volvió a repetir en una súplica:

—Fóllame… fóllame, Pablo, fóllame por lo que más quieras.

Me puse de pie, frente a ella, y mis labios fueron a su mejilla, y fueron besando su cara lentamente hasta encontrarse con unos labios cálidos, que venían de besar innumerables veces a otro hombre, y que se fundieron con los míos, impregnándose entonces de lo que yo traía de su interior. Y los dos nos fundimos en un beso tremendamente guarro, que sabía a nuestras bocas, pero a la vez sabía a su coño, y ella no rehusó el beso, si no que saboreó a través de mi, su coño empapado, su coño empapado por otro, su coño empapado por un culpable, que no era yo.

Le insistí. Allí de pie. Cara con cara. Mientras soltaba su otro tirante y su top se iba bajando lentamente hasta enrollarse en su cintura. Acariciaba sus tetas tibias con las yemas de mis dedos, le soplaba en el oído mientras la besaba, y le suplicaba que me contase qué había pasado.

Ella, por fin… llevó sus manos a mi miembro, demostrándome que cuando estaba excitadísima sí lo tocaba, y comenzó a acariciarlo de forma tremendamente sutil, mientras me contaba que habían estado hablando y besándose en la barra hasta que el local había cerrado.

—¿Y allí no te tocó más?

—No…

—¿No te acarició las tetas…? ¿Cómo yo ahora…?

—No… No… No nos tocábamos más de lo que tú viste… Y… —me susurró en el oído mientras echaba la piel de mi polla hacia atrás con una delicadeza imposible— y… salimos fuera y me preguntó si quería que me dejara en mi hotel… o si quería ir al suyo…

Mis manos seguían acariciando sus tetas con dulzura y cuanto más sutil era más me parecía que se endurecían sus pezones… Sentía unos nervios casi insoportables por su narración a la vez que, al sentir sus manos acariciando mi polla, me aliviaba y me reconfortaba.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté.

—Le dije que me iba en taxi a mi hotel…

—¿Y por qué…? ¿Por qué le dijiste eso…? —pregunté sin saber qué quería escuchar.

—No lo sé… —respondió, con los ojos cerrados, con su cara en mi cara…

—¿Por qué? —insistí y ella no respondió— ¿No querías… que te follara…? —pregunté en su oído, gimiendo por la paja que comenzaba a hacerme y temblando de nervios por saberlo todo ya.

—No lo sé…

—¿No sabías si querías que te follara…?

—No…

—¿Y qué pasó después?

—Pues… insistió en traerme él.

—Y aceptaste…

—Sí…

—¿Vinisteis en su coche?

—Sí…

—¿Y qué pasó…?

—Me trajo hasta aquí… y ya…

—¿Ya…?

—Sí… nos despedimos fuera del coche.

—¿No os tocasteis en el coche?

—No…

—¿Ni al parar el coche?

—No…

—Y os besasteis al final

—Sí…

—¿Y no te tocó…? ¿Ni al final…?

—No… —dijo en un tono diferente, algo despechado, apretándome la polla con un poco más de fuerza.

—¿Y querrías que te hubiera tocado…?

—Sí… joder, sí… Dios, Pablo, fóllame ya…

—¿Y cómo llegaste así… tan cachonda? Estabas abiertísima…

—Ya…

—¿Lo sabías…?

—Sí… joder… me… me toqué en el ascensor…

—¿Qué? —pregunté extasiado e incrédulo.

—Ahora… al subir… joder… me toqué un momento… y aluciné… Pablo, dios, fóllame de una vez —volvió a implorarme en el oído.

Me imaginé a María en el ascensor, apoyada en el lado opuesto del espejo, viéndose en él, despeinada acalorada, excitada, y colando una mano bajo sus bragas y sus shorts… mirándose… muerta de deseo… jodida por no haber sido siquiera tocada… flexionando las rodillas para comprobarse mejor… mirándose, orgullosa de su cuerpo, pero decepcionada por no no haber sido usada… con sus tetas enormes queriendo escapar de aquel top y sin entender nada… sin entender cómo no había querido tocarlas… lamerlas… y su coño sin entender por qué aquellos dedos conocidos la palpaban en aquel ascensor, en lugar de estar siendo invadido y destrozado por la polla de aquel hombre.

María no aguantó más e hizo porque ambos cayéramos sobre la cama.

—Me pongo eso —dije yendo a por el arnés.

—No, no te pongas nada… métemela, métemela ya. —dijo sorprendiéndome, tumbada boca arriba, con los tacones de las botas clavadas en las sábanas, pareciendo más grandes y bastas en aquel contexto.

Me tumbé sobre ella y ella inmediatamente me la cogió para dirigirla, para penetrarse. No tardó ni dos segundos en apuntar correctamente y tiró de mi para que la invadiese. Necesitada. Hambrienta. Quería meterse aquello y me usaba, tirando de mí. Comencé a deslizarme entonces por su interior, hasta el final… y senté un calor y una humedad inmensas… cerré los ojos al fundirme con ella… la besé en la cara, en el cuello… y ella jadeó levemente… en un suspiro insuficiente. Esperaba un alivio y no encontró casi ni consuelo. Comencé a ir hacia adelante y atrás, con cuidado de no salirme, pero no le llegaba, estaba claro que no le llegaba, e intentó ser paciente, pero acabó por pedirme que le diera más fuerte. Aceleré el ritmo, intentado buscar así más rozamiento, pero apenas sentía nada… su coño, otra vez tremendamente abierto, era demasiado que colmar para mi miembro… y ella apenas suspiraba y estaba muy lejos de gemir.

Seguía moviendo mi cadera adelante y atrás, ya con frenesí. Sus manos fueron a mi culo para ayudarme en aquel ritmo y mis codos se apoyaban a ambos lados de su cuerpo para sostenerme. La cadencia no podía ser más alta, pero ella seguía apenas sin jadear… Tuve que parar el ritmo… hasta casi parar del todo, pues no podía más y ella me pidió entonces que me pusiera el arnés.

Implícitamente me estaba diciendo que no sentía nada. Que su coño, tan abierto porque otro hombre la había puesto terriblemente cachonda… era demasiado para mi exigua polla… Otra vez aquella sensación de que María sexualmente estaba a otro nivel con respecto a mí… y que llevaba años conformándose cuando sabía que podría conseguir cuando quisiera el amante que, no solo quisiera, si no que seguramente se merecía.

Me retiré, de nuevo tocado en mi orgullo, inseguro… Buscando en aquella polla ficticia una seguridad que me hiciera complacerla. Mientras me la ajustaba veía como María, sin quitarse las botas, se daba la vuelta y se ponía a cuatro patas, esperándome, mirando hacia el cabecero de la cama, sin más ropa que el top enredado en su cintura y aquellas botas que clavaban la punta en las sábanas. Su imagen era brutal, tremenda, y casi grotesca, con aquellas botas hasta las rodillas y aquel coño abiertísimo, esperándome… pero esperándole a él, a aquel hombre del que yo no sabía ni su nombre, pero a buen seguro María iba a pensar en él cuando la penetrase. A buen seguro iba a imaginar que era aquel atractivo maduro quién la estaba follando… y quién sabe si no se estaría arrepintiendo de tener que usar la imaginación y aquella polla impostada… cuando podría haber tenido al original, montándola y destrozándola, en su habitación de hotel, durante toda la noche.

Me coloqué tras ella y ella levantó su cabeza, hacia adelante. Queriendo saborear, ahora sí, una buena polla abriéndose paso en su interior. Yo, con aquello puesto, más seguro, marqué más los tiempos, apoyé una mano en su cadera y apunté con la otra mano… Intenté penetrarla, pero no encontraba el punto exacto. Llevé entonces mi mano a sus nalgas… para separarlas y abrir así mejor su coño y apunté de nuevo… María se desesperaba, inquieta, no aguantaba más sin ser invadida. Movía su cabeza y echaba su pelo a un lado, para que cayera toda su melena por el lado izquierdo de su cuello. Conseguí embocar la punta y pude sentir su suspiro y cómo cerraba los ojos. Solo la punta de aquello tenía una anchura que duplicaba, o más, mi miembro, y ella lo agradeció infinitamente.

Me deslicé hasta la mitad por su interior y ella ronroneaba complacida… Soltó un “dios… qué gusto…” y yo me seguí enterrando en su interior, centímetro a centímetro, con aquella polla que no tenía final, con aquel coño que no tenía fin… Hasta que la empalé por completo y ella, como otras veces, movió su cadera en un círculo para sentirse plena.

Comencé a penetrarla lentamente… para después acelerar más. Ella al principio jadeaba, pero después gemía… y cuando la sentí excitada, a la vez que complacida, sí me atreví a susurrarle:

—Querrías que te hubiera follado…

Ella no respondía y echaba su cuerpo hacia atrás con violencia, para metérsela más y más, hasta el fondo.

La sujeté por la cadera, para que no se moviera, y la volví a penetrar lentamente, para que pudiera escucharme:

—No entiendes por qué no ha insistido… Si te lo hubiera propuesto solo una vez más ahora te estaría follando… —le dije mientras la sujetaba y ella apoyaba sus codos en la cama y enterraba su cara cerca de la almohada.

—Dame… joder… ¡dame más fuerte…! —me pedía ella, entregada y molesta porque hubiera aminorado el ritmo.

—Te tendría que estar follando ahora… ¿Te imaginas?

—Mmm… dame, ¡Dame, joder…! —volvía a protestar porque no aceleraba.

—Joder ,María… lo querías… lo queríamos todos… y él también quería follarte….

—Mmmm sii… joder… dame… no seas cabrón…

Entonces sí aceleré el ritmo. Sin previo aviso. Frenéticamente. Comencé a follarla salvajemente. Con tanta violencia que tenía que agarrar un poco la cinta del arnés con una mano para que no se descolocara… María comenzó a gemir, a gritar, produciendo un auténtico escándalo que tenía que estar escuchándose prácticamente en toda la planta del hotel. Ella se levantó un poco, para apoyarse no con sus codos si no con las palmas de sus manos y yo la embestía tan fuerte que sus tetas rebotaban entre sí por la violencia con la que la empujaba. Sus ¡!Ahhh! ¡dioos! se hicieron cada vez más sonoros y cada vez más frecuentes, pero ella erguía la cabeza, orgullosa.. y se imaginaba seguro que era aquel hombre quién la follaba, aquel hombre corpulento, la destrozaba en su hotel y la follaba como a una puta, como a una guarra cualquiera que acababa de conocer… y ella se retorcía del gusto imaginándolo… y yo la sentía cerca del orgasmo y le llegué a insistir una vez más que me confesase que había estado a una sola frase de él de haber acabado en su hotel. Y se la metí hasta el fondo y me quedé dentro de ella, quieto, para que fuera ella la que se moviese adelante y atrás y así buscase su orgasmo… pero no lo hizo. Se quedó quieta un instante. Pensé que estaría recuperando fuerzas para comenzar a moverse, para comenzar a penetrarse y buscar su orgasmo, pero no, se salió, lentamente, hacia adelante, sin culminar su orgasmo, y dejando un reguero brutal y viscoso que embadurnaba aquel cilindro color carne. Se salió y yo pude ver el agujero de su coño, tremendo… Una oquedad alucinante…

Y ella dijo sin voltearse:

—Métemela tú… méteme tu polla en el culo.

—¿Cómo? ¿Qué? Pregunté sin entender nada.

—Dios, Pablo… necesito una polla… una polla caliente… Méteme la tuya en el culo, necesito sentir algo caliente dentro. Necesito… una polla caliente… y unos huevos golpeándome… No puedo más con esto… —no era una petición, era una súplica. Y lo decía sin mirarme… sin querer ser juzgada…

Comencé a quitarme el arnés. Alucinado. Incrédulo. Lo dejé sobre la cama y me puse de rodillas tras ella. Mi polla bastante erecta y enrojecida recibió a mi mano que intentaba ponerla completamente a punto, intentaba ponerla completamente dura para darle por el culo a María.

Me masturbaba tras ella, pero ella no tenía más paciencia:

—Méteme un dedo —pidió, siempre sin girarse, avergonzada, mientras yo me pajeaba.

Introduje con cuidado, poco a poco, en su interior, en su ano, un dedo que entró con relativa facilidad. Ella bajaba la cabeza y erguía sus nalgas para que la penetración fuera más fácil.

Intenté un segundo dedo y comenzó a quejarse. Se quejaba pero no me pedía que parase. Llegué a meter casi el segundo dedo en su interior, pero se quejó otra vez, y un “Auu… para… para..” salió de su boca.

Decidí intentarlo. Me incorporé un poco más, poniendo las plantas de mis pies sobre la cama, y me puse como de cuclillas, dirigiendo mi miembro a la entrada de su ano. María no levantaba la cabeza y erguía la cadera para facilitarme la entrada. Llevé la punta a su culo y empujé con cuidado. Nunca lo había hecho. Ni María, según me había dicho. La intenté penetrar… me moría de morbo a la vez que sentía unos nervios terribles por no estar a la altura y desaprovechar aquella oportunidad, a la vez que decepcionarla. Lo intenté con más fuerza pero no conseguía abrirme camino y mi miembro perdió dureza, hasta el punto de doblarse un poco al empujar. Me salí y di un par de golpes con mi polla en sus nalgas para endurecerla. Me salió automático y me vi raro y me puse más nervioso. Cuando ella susurró:

—Métemela… Pablo… métemela en el culo… dios… como puedas… —me suplicó María, casi llorosa, y aquello no hizo si no meterme más presión… Lo volví a intentar, sin tenerla completamente dura y se volvió a doblar. Y María resopló. Desesperada. Y aquel resoplido me mató.

Y lo que vino después me mató aun más. Se dio la vuelta y cogió la polla de plástico que yo había dejado sobre la cama. Me pidió que apagara la luz y se tumbó, boca arriba, en un lado de la cama. Yo no la veía bien, pero podía sentirla. Me tumbé a su lado y sentía como boca arriba, con las piernas abiertas y con las botas clavadas en la cama, se introducía aquella polla en su interior, y buscaba un orgasmo, pensando en aquel hombre, que al menos la calmara un poco.

Comencé a escucharla jadear. Yo inmóvil. A su lado. Escuchaba su respiración agitada y rebotaba en mi cabeza aquella frase suya, aquella súplica en la que pedía una polla caliente en su interior, una buena polla dura y caliente, y unos huevos golpeándola… No mi miembro mínimo y nuestro gélido consolador…

Era una humillación tremenda sentir como comenzaba gemir, a mi lado, clavándose aquello, ensartándose ella misma aquella polla mientras pensaba en aquel hombre. Arrepintiéndose, seguro, de haberle dicho que no, arrepintiéndose de que aquel hombre no le hubiera insistido, una vez más, solo una vez más.

María gimoteó un “Ahhh…. Ahhmmm” contenido, discreto, pero a la vez claramente audible, sin importarle que yo la escuchara claramente, y la cama comenzó a temblar con ella… durante unos segundos aquellos temblores delataban un orgasmo, ansiado, pero insuficiente, una triste sombra de lo que podría haber vivido, y de lo que seguro estaba imaginando, mientras se maltrataba con aquella goma inerte.

Mi novia acabó de correrse, y suspiró, al menos algo calmada. Y yo me preguntaba si se arrepentía… si tras aquel penoso orgasmo que había tenido con aquel frio cilindro se arrepentía de no haber pasado la noche con aquel hombre al cual había besado y había mirado con indisimulable deseo…

Noté como se quitaba las botas, que caían, pesadas, sobre suelo. Y María se giró, dándome la espalda, dejando en mí un vacío y un silencio asfixiante. Cerré los ojos y no sabía ni qué sentir después de todo lo que había vivido aquella noche.

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