ANNABEL VÁZQUEZ

Me miro al espejo y me entran ganas de romperlo. Tengo la tez atezada, siempre me pasa lo mismo cuando salgo a pasear al aire libre. Mis ojos son negro azabache, remarcados por unas largas pestañas también negras y los labios… los muerdo con decisión. Demasiado gruesos. Me miro y me veo oscura, tengo la sensación de que mi apariencia exterior no es más que un reflejo de mi alma; también oscura.

Me peino el cabello y ahogo un gemido. Lo tengo tan enmarañado por haberme acostado sin secármelo que no tiene arreglo. Lo encrespo ligeramente cuando paso el peine por los rizos rebeldes que se han formado mientras dormía. Suspiro. Tiro el cepillo con brusquedad dentro de la pica y alzo las manos para atarme el pelo en una gruesa cola.

Tiro hacia abajo mi sudadera ancha para disimular las partes más odiosas de mi cuerpo, y salgo a toda prisa en dirección al bar.

—Buenos días, Ingrid. ¿Cómo te encuentras?

—Buenos días, María. Bien —digo sin mucho entusiasmo, aunque no es verdad, hace días que estoy de mal humor y sé que ella lo nota.

—¿Qué tal tu día libre, cariño?

—He salido a explorar los alrededores.

—¿Has bajado al pueblo?

—No, he ido de excursión por el bosque que hay detrás de mi casa. He encontrado un pequeño riachuelo podrido.

Me mira con expresión desencajada y luego cierra los ojos, como intentando comprenderme, cuando los vuelve a abrir, su semblante es más tranquilo.

—¿Y qué tal?

—Ha sido una experiencia interesante –me encojo de hombros.

—De todas formas no deberías deambular por esos parajes tú sola, pueden ser peligrosos, están muy retirados y podría haber alguien que quisiera hacerte daño.

—No se preocupe por mí, ya soy adulta. Sabré defenderme yo solita de los indeseables.

Pero lo cierto es que no. Las personas más indeseables para mí son las que ellos veneran y estoy convencida de que tras mi última ofensa, no tardarán en aplicar las consecuencias; en cierto modo, las espero.

Poco después del incidente con Marcello, me negué a pagar el impuesto de bienestar que me exigían. Desde entonces he estado en un sin vivir, esperando a que vinieran a exigírmelo. Pero lo curioso es que por el momento, nadie ha vuelto a reclamármelo. Sé que esta tregua no durará mucho, pero no pienso dejarme pisotear. Se acabó.

María abre la boca para decirme algo pero su intento de discurso se ve interrumpido por la llegada de Iván.

—Buenos días a las dos –dice y da un beso en la mejilla a su tía— Tita, Ingrid… —a mí me guiña un ojo.

—Últimamente vienes mucho por aquí –observa María entrecerrando los ojos—. ¿Va bien el negocio?

—¡De maravilla! Estoy muy contento.

—Me alegra mucho oír eso.

—Y no sabes lo mejor, esta noche han alquilado una de las salas para una fiesta de cumpleaños.

Iván mira atentamente a su tía. Esa mirada aún no la tengo catalogada, no sé a qué viene.

—Mi personal no empieza a trabajar hasta las diez de la noche, es justo la hora a la que vendrá el grupo.

—¿Qué quieres cariño? –María le sonríe con picardía, ahora sí entiendo a qué se debe la mirada de Iván, quiere pedirle un favor y ella lo sabe.

—Me preguntaba si podría robarte a Ingrid un par de horas para que viniera a ayudarme a decorar la sala. Así, de paso, ve el bar a plena luz, que vale la pena.

Mis pupilas se dilatan unos segundos. Tengo los ojos como platos y me quedo embobada mirando a Iván. Él ni siquiera se ha molestado en ver mi reacción, sus ojos azules están centrados en su tía.

—Vaya, cariño… no sé qué decir, ¿No puedes hacer eso tú solo?

—Luego tengo que ir al banco y hacer varias gestiones en el ayuntamiento que me ocuparan gran parte del día. He pensado que si lo hacemos entre dos, acabaré mucho antes. Tita… solo serán un par de horas como mucho, te prometo devolvértela sana y salva.

María suspira y ladea la cabeza en mi dirección.

—¿Y bien, Ingrid? ¿Tú qué quieres hacer?

Yo los miro a los dos con el rostro desencajado y me encojo de hombros. No me corresponde a mí tomar esa decisión.

—¡Genial! –Exclama Iván y me coge con cuidado de la manga del jersey— ¡Volvemos enseguida!

No me da tiempo a despedirme de María. Iván me arrastra por la sala hasta el exterior a toda prisa, posiblemente para que su tía no pueda cambiar de idea. En cuanto estamos lo suficientemente lejos, me detengo en seco obligando a que me suelte.

—¿Qué demonios te ha pasado ahí dentro? –Digo confusa.

—Tenía ganas de retenerte un rato. Siempre estás tan ocupada…

Me cruzo de brazos y le contemplo alzando las cejas. Él me mira con repentina tristeza en sus ojos azules, esos ojos que parecen los de un niño travieso.

—Se te va la olla, ¿sabes? –Le digo suavizando mi genio; no puedo enfadarme con él, es un maestro de la manipulación.

Entro en su coche y cierro la puerta del copiloto. Él también entra y lo pone en marcha.

—He estado pensando… ¿Cuándo es tu próximo día libre?

—El jueves –espeto en tono seco.

—Podría enseñarte Nápoles, si quieres. Hay unos cuantos rincones de ensueño.

Sonrío desganada.

—Para investigar Nápoles no necesito a nadie. Soy autosuficiente.

—¡Y no lo dudo! –Exclama divertido— Pero me gustaría ir contigo.

Mis señales de alerta se activan y me previenen; esta conversación está tomando un rumbo que no deseo.

—Mejor que no.

—¿Por qué? –Me pregunta sorprendido.

—No se me da bien estar con la gente mucho rato. Supongo que ya te habrás dado cuenta.

Él me mira y asiente.

—No te gusta que te toquen. ¿Por qué? –Me pregunta mientras se ladea para mirarme.

Me encojo de hombros. Ya sabía que esa pregunta tenía que salir tarde o temprano.

—Porque no me gusta.

A Iván se le escapa una sonora carcajada y devuelve la vista al frente.

—Pues has ido al peor lugar de la tierra. Los Italianos tenemos fama de sobones, lo hacemos sin mala intención, pero es una realidad que no podemos mantener las manos quietas.

Sonrío y niego lentamente con la cabeza.

—Pues de momento me estoy librando bastante bien de los sobones –le digo en tono de mofa.

Llegamos a la entrada del pub. Subimos los cuatro escalones que nos separan de la acera. Él me hace un gesto con la mano para que pase primero y así lo hago. A plena luz todo es mucho más grande. Observo los detalles dorados, una decoración barroca pero a la vez moderna. Además huele a limpio, inspiro profundamente y sonrío a Iván; me encanta este sitio.

Vamos a una de las salas reservadas. Iván abre una caja y empieza a sacar un montón de banderillas de colores, bolsas de confeti, cintas… Le sonrío mientras abro las bolsas. Con mucha organización empezamos a repartir las guirnaldas negras y doradas, escogidas con mucho gusto, por la habitación. Luego cogemos las banderillas multicolor, las anudamos en unos ganchos que salen del techo, dejando algo de holgura para que cuelguen hacia abajo.

Mientras tanto Iván me habla de las ideas que tiene para abrir un segundo pub si este le sale rentable. Hombres… siempre corren demasiado.

Seguidamente me muestra unos paquetitos negros. Abre uno y me enseña su contenido, son unas bolsas de cotillón, con antifaz, gafas de plástico a la última moda y una diadema luminosa de color rosa que brilla en la oscuridad. Me fijo en el confeti plateado con el número treinta y me centro en Iván; para ser un hombre ha pensado en todo.

Él se prueba una de las diademas y el antifaz delante de mí y me hace reír. Pone acento refinado y empieza a bailar enfatizando los gestos femeninos.

¡Jo! qué local más distinguido han abierto.

—¡Oh sí! ¿Y te has fijado en ese supercañón de la barra? Creo que se llama Iván.

—Pues sí. Me está poniendo cachonda, ¡vamos a hablar con él y le proponemos un trío.

—Siiii ese super bombón solo para las dos.

Luego se gira y abrazándose la espalda con los brazos hace ver que se está besando con alguna de esas chicas imaginarias.

La risa sale sola. Me lo estoy pasando bien con sus ocurrencias. ¿Quién lo diría? Pero eso no queda ahí. Iván prosigue en su fantasía y mis carcajadas resuenan en el local.

—¿Oh, chicas, pero qué hacéis? —Habla la voz masculina de Iván— Si yo solo tengo ojos para Ingrid.

Vuelvo a reír y le propino un cariñoso empujón mientras exclamo:

—¡No seas bobo! ¡A por ellas!

—Está bien, Ingrid. Pero solo porque tú me lo pides y no quieres disfrutar de este cuerpazo…

Se pasa la mano por el torso. Pero su diadema con antenitas y su antifaz vuelven a desatar mi risa.

—Realmente eres tonto –constato y vuelvo a reír.

—La ocasión bien lo merece. Además, me gusta tu sonrisa.

Le sonrío nuevamente con cariño. No sé por qué Iván me inspira cierta ternura. No recuerdo que me haya pasado nunca algo así y menos con un chico. Pero estar cerca de él es tan fácil como respirar. Nada de lo que hace o dice me molesta porque sé que me respeta.

 

Iván me deja frente a la puerta del bar. Me despido y acelero el paso para llegar cuanto antes. Los clientes, como de costumbre, vienen todos a la vez y María está desbordada.

En cuanto la miro, bajo su acalorada expresión de no dar a basto, aprecio una chispa de preocupación en sus ojos grises .

—¡María! Deje que la ayude –cojo la bandeja que sostiene y ella suspira.

—¡Oh cielo! ¿Ha ido bien? –me pregunta al verme aparecer tan predispuesta.

Asiento y me dirijo rápidamente hacia la mesa que espera su desayuno.

Atiendo todas los pedidos. Recojo los platos. Los lavo. Tacho los servicios que ya se han hecho… cuando todo empieza a recobrar la calma, María sigue contemplándome desde uno de los taburetes de la barra. Sé que está descansando y entonces el corazón me da un vuelco de lástima por haberla dejado sola.

—¿Ocurre algo, María? –le pregunto con tiento.

—Ven aquí, cariño.

Mi expresión se tensa. ¿Qué ha pasado? Aparto el taburete que está a su lado y me siento en él.

—A partir de ahora no puedes abandonar tu puesto de trabajo a menos que haya una excusa de fuerza mayor…

—Pero yo no me hubiera ido de no ser…

—¡Ya lo sé cariño! –Me interrumpe— No ha sido culpa tuya. De hecho a mí tampoco me pareció mal que te ausentaras, despejarte un poco también te viene bien…

—¿Entonces? –Le pregunto confusa.

—Hoy he recibido una advertencia desagradable. Dejémoslo ahí.

Mi rostro refleja la más amarga de las expresiones.

—¿Qué ha pasado, María? Creo que tengo derecho a saberlo.

Suspira y desvía la vista hacia sus dedos arrugados.

—Ha venido Marcello. Al no verte aquí se ha puesto muy nervioso. En cuanto le he dicho dónde habías ido… bueno, ha insistido en que no debes ausentarte del trabajo si no es por una buena excusa o él se encargará de denunciar a Iván por explotar al personal o algo así… no sé realmente lo que me ha dicho. Solo sé que a partir de ahora debemos andar con más cuidado. Me quedan dos telediarios en este negocio y no querría tener problemas con ningún miembro de la familia Lucci.

—Entiendo… —consigo decir. Pero la ira recorre mis venas a una velocidad vertiginosa, consciente de que si ahora me encuentro con él no sé lo que sería capaz de hacer.

«¿Quién se ha creído que es ese engreído para intentar manipularme de este modo? Claro, como es él quien me consiguió este trabajo ahora se cree con derecho a hacer lo que le venga en gana. ¡Es que lo sabía! Sabía que no debía fiarme de él. Lo peor de todo es que mi orgullo me dice que me despida y busque otra cosa, pero la idea de dejar a María y Antonio… ¡Mierda! Si es que soy muy débil. Maldita sea… no quiero estar en deuda con ese canalla. Ojalá pudiera…. ¡Uf! Me hierve la sangre cada vez que pienso en lo que ha hecho».

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