ALBERTO MORENO

 

  • ¡Se van a enterar estos bastardos aldeanos! ¡Van a sentir en sus propias carnes el viento y el fuego eterno!

Así mascullaba el Obispo mientras subía los peldaños de la escalera del Palacio Episcopal.

Se retiraba a descansar a sus aposentos privados del piso superior.

No conseguía conciliar el sueño. Su mente perturbada seguía maquinando su demoniaco plan.

  • ¡No quedará piedra sobre piedra!

Rememoraba en su lecho las lapidarias y esperpénticas palabras de San Marcos, Antiguo Testamento, versículo 13,33-37.

Magondo, próspero y laborioso villorrio de su jurisdicción eclesiástica se negaba a pagarle sistemáticamente los diezmos y primicias de sus cosechas, alegando cada año que era culpa de El Gallego. Siempre se escudaban en aquella palabra.

  • ¡El Gallego, monseñor nos ha impedido cumplir con vos!

El Obispo madrugó. En las primeras horas diurnas busco en los cajones de su escritorio su mugrienta libreta de hule donde guardaba sus inquinos y oscuros contubernios.

Hizo llamar a dos forasteros de otra provincia, parientes lejanos de Dimas y Gestas, los ladrones crucificados con Jesús de Nazaret en el monte de los olivos. Les recibió en la cocina para no mancillar la mácula y la nobleza del palacio.

Allí dio las instrucciones.

  • ¡Primero prendéis fuego al castillo, luego a las casas, luego los sembrados y después los regáis con sal! Esperáis que cambie el tiempo. Las llamas deben ser álgidas. ¡Así culparan al “Gallego”!

Magondo fue jibarizado, reducido a la mínima expresión.

Sin embargo, sus moradores lo hicieron renacer de sus cenizas como al Ave Fénix.

Muchos años después, algunos lustros, aquel Viajero recaló en Magondo, era verano, el pueblo mostraba el magnífico aspecto del estío.

El Viajero era geólogo y su empresa, The Northern Trust Company le había encargado un inventario cartográfico de la zona.

Se alojó en la única posada del villorrio y permaneció una semana. Recorrió sus calles armoniosas, visitó su esbelta iglesia, hizo acopio de alguna minucia en la tienda-bazar de la plaza, la que proveía a sus visitantes de alimentos, aperos de labranza y cuantos artilugios y ungüentos fuesen menester. Departió con los vecinos en el bar y convino consigo mismo, al terminar el trabajo, que volvería a Magondo, tan pronto tuviese hueco en su agenda de trabajo.

Transcurrieron los meses. Llego el invierno, en los últimos días de diciembre, a bordo de su Lancia Fulvia cupe, enfiló camino de Magondo. Primero bordeo por una carretera comarcal la capital de la región y pudo visionar de pasada el palacio episcopal, continuo su viaje y pocos minutos después, entraba en la plaza de Magondo.

Al día gris nublado le castigaba un viento criminal, que arrastraba girones de niebla helada.

Pasó la fachada de la Iglesia, la tienda-bazar y aparcó delante de la posada.

No debían de ser mas de las tres de la tarde. El cielo apenas enviaba luz a Magondo. El pueblo envuelto en la niebla pugnaba por sobrevivir.

El viajero después de dejar su maleta y sus pertenencias en la posada, se encamino a la tienda-bazar. Quería pertrecharse de su cena y alguna bebida.

Al penetrar en la tienda, dos señoras y el tendero, de forma acalorada discutían sin darse turnos ni cuartel.

– ¡Es el Gallego, el que tiene la culpa!

– ¡Hasta ayudo al Obispo Macías la noche del incendio!

El Viajero, de pie, escuchaba las diatribas y sin pedir audiencia, medio en la trifulca:

  • ¡¿Pero quién es El Gallego?, llevo oyendo el nombre de este personaje y nadie me aclara su identidad!

Las mujeres y el tendero enmudecieron, miraron al viajero fijamente, los segundos se eternizaron, vieron su rostro de forastero, percibieron su ingenua ignorancia y los tres, las dos mujeres y el tendero al unísono le gritaron:

  • ¡El Gallego, es el viento!, ¡Señor, el que viene del mar, el que sopla a destiempo, sin avisar, traicionero, el que trae en sus alas los gemidos de todos los ahogados del Finisterre!.

El Viajero, enmudeció, perplejo, empaqueto su pan y sus viandas en la bolsa de plástico, salió a la intemperie, se subió como pudo las solapas de su chaqueta y raudo busco refugio en la posada.

“El Gallego” soplaba aquella tarde como nunca.

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