TANATOS12

Capítulo 28

No pude ni reaccionar. Ni María tampoco. Antes de que se diera cuenta, se veía obligada a bajar de su taburete, pues aquel hombre, educadamente, casi solemnemente, le pedía disculpas por no haberse presentado. Miraba de reojo como se estrechaban la mano mientras yo era abordado por sus dos colegas que hacían lo propio conmigo. Viéndome obligado también a bajarme de mi asiento y estrecharles la mano.

A un lado de la mesa sus amigos invadían mi espacio, y al otro, aquel hombre le hablaba distendidamente, mientras María, ocultaba con su americana sus pechos de forma que pretendía ser disimulada, pero más bien conseguía lo contrario.

Todo había ocurrido en medio minuto. Cuando me pude dar cuenta mis nuevos amigos tenían sus cocktails posados en nuestra mesa y me preguntaban de qué parte de Europa era.

Aquel asalto, aunque con un poso cortés, había sido ciertamente violento, y yo intentaba escucharles a la vez que tenía puesto el oído en la conversación de María con el otro hombre. Llegué a girar la cabeza un momento mientras fingía interés por lo que me contaban, y me pude fijar mejor en aquel hombre que le hablaba a María con voz seria y madura, pero limpia. Tendría unos cincuenta y pocos años, o incluso algo más. Con el pelo íntegramente canoso y barba también blanca y recortada meticulosamente. Tenía mucha planta, mucho porte. Era grande pero proporcionado, fornido, no desgarbado. Su traje no tenía pinta de ser barato y su chaqueta parecía, cuando me daba un poco la espalda, una manta enorme.

Recibía las frases de aquellos hombres por lo que, al tener que prestarles atención, me impedían obtener el tiempo necesario para fijarme también en María. Me contaban que eran de una ciudad cercana, cercana para las distancias de allí, lo cual a mí me parecía lo contrario, y estaban allí por negocios. No me dijeron el motivo de su intromisión, pero parecía claro. Le estaban haciendo la cobertura a su colega de forma descarada. Y yo no alcanzaba a entender cómo estando conmigo, incluso habiéndola besado en la mejilla en su presencia en algún momento, habían tenido el descaro de abordarnos.

Yo estaba nervioso. Suponía que en cualquier momento escucharía un “vámonos” de María, pero no se producía. Antes de que me pudiera dar cuenta, mientras uno me entretenía, su amigo había ido a la barra y había vuelto con los cocktails exactos que María y yo habíamos estado tomando.

Intenté mirar a María cuando uno de ellos levantó la voz, captando mi atención, haciéndome una pregunta que me vi obligado a responder. Cuando me pude dar cuenta hablaban, y yo escuchaba e intentaba participar, para disimular, de California y de Europa, de diferencias culturales y de forma de vida. Me llamaba la atención de que no hablaban de España y Estados Unidos, si no que la comparación la enfocaban de aquella manera.

Tuvieron que pasar más de cinco minutos hasta que yo pudiera colocarme, alrededor de aquella mesa, de forma que pudiera escuchar algo de la conversación de María con aquel hombre. Escuchaba frases sueltas. De él. La estaba adulando.

Yo seguía sometido a mi marcaje, pero no daba la impresión de que el cortejador de María tuviese con ella una actitud tan invasiva, si no todo lo contrario, le daba su espacio y por lo que podía ver de reojo del lenguaje corporal de María, ella estaba más relajada. Sorbía de su copa que posaba de nuevo en la mesa, sonreía nerviosa cuando él hablaba de ella y asentía serena cuando hablaban de otra cosa. Se dejaba cortejar con entereza. Sin prisa por cortarle. Tampoco él parecía apresurado, si no todo lo contrario.

Parecía una especie de intento de conquista a la antigua. Pero no se desprendía que fuera impostado. Y escuché otro halago por su parte y conseguí mirarla, mirarle a la cara, y lo que vi me disparó las pulsaciones, su expresión facial, sobre todos sus ojos… Aquel hombre la atraía.

Fue chocante. Me sorprendí a mi mismo, tan seguro de mi cábala, solo por aquella mirada. Pero es que… era muy inequívoca. Cuando su lenguaje gestual aun parecía seguro, pero sus ojos enfocaban con semejante intensidad… Es que no tenía ninguna duda. El paso de creer que pasaría de él inmediatamente a ver aquella mirada me sorprendió y me impactó, por insospechado, y por relevante.

Mis manos comenzaron a temblar. Aquello lo cambiaba todo. Todo estaba pasando demasiado rápido. Otra vez aquella sensación de descontrol. En teoría aquel viaje iba a ser un oasis en medio de tanta tensión emocional como consecuencia de nuestro juego. Y, de golpe, me veía en medio de aquello, sin haber planeado nada, sin verlo venir, y, sin saber cómo reaccionar. Otra vez aquellos nervios… y aquel hormigueo, por ver a María siendo el objetivo claro de otro hombre. Pero, sobre todo, era su semblante, su mirada de que sí, de que aquel hombre le atraía, era lo que más me mataba.

Apenas conseguía articular ninguna palabra coherente, para colmo en otro idioma, mientras buscaba a María con la mirada, mirada que no encontraba. Aquel hombre seguía adulándola, pero sin hacerla sentir incómoda del todo. Pero yo la conocía, y notaba en sus gestos que, a pesar de estar a gusto, se sentía un poco intimidada. Tenía aquella mirada mansa, de no sentirse con el poder, con el control del cortejo. Acostumbrada como estaba a dominar hasta el maltrato a Álvaro, lo vivido con aquel otro niño en la casa rural, que de niño que era no habíamos vuelto a hablar de él, como si fuera un tabú implícito, y de golpe se veía atacada, educada y sutilmente, por un hombre veinte años mayor, con aquel temple, en otro país… con aquella percha, aquella planta imponente, que parecía embelesarla.

Fueron pasando los minutos hasta que conseguí por fin conectar mis ojos con los de María. Su mirada no la entendí. Mostraba tranquilidad, eso sí. Pero no estaba seguro de si me estaba pidiendo permiso para hacer algo. Suponía que no, sobre todo porque a aquellas alturas era obvio que yo siempre iba a querer que pasase algo… pero me pilló por sorpresa, porque empecé a pensar precisamente en eso, en si realmente podría pasar algo.

Dudé en excusarme para ir al cuarto de baño y así a la vuelta poder colocarme otra vez de tal forma que pudiera escucharles. Sopesaba eso mientras seguía mi conversación banal con mis captores e intentaba volver a mirar a los ojos de María, la cual, con los ojos grandes y achispados bebía de aquel cocktail, con la mirada profunda, clavada en él, sin perder ni un detalle de lo que le decía, con una atención y una intensidad que a cualquiera le abrumaría. Allí plantada, con las botas ancladas al suelo y aquella americana algo abierta… lo suficiente para que se le vieran los shorts y el canalillo, pero no lo insuficiente como para que se le viera la silueta de las tetas y los pezones maltratando la seda negra… que era lo que no solo yo sabía, si no todos sabíamos, como consecuencia de su exhibicionismo previo. María, allí, era una auténtica bomba, contenida, por detonar, que a mí me estaba matando, pues no me decía nada y yo hacía tiempo que empezaba a necesitar saber qué quería.

Finalmente pude recolocarme casi al lado de ella, con la pequeña mesa en medio, pero, en paralelo, les alcanzaba a escuchar. Ella sonreía y sorbía de su pajita y aquel hombre no cambiaba el semblante. Era como un martillo, constante y sin duda perspicaz para captar así la atención de María. Cuanto más me fijaba, quizás por las complexiones y por el lenguaje corporal, más vulnerable me parecía ella y más imponente me parecía él; y quise observarle bien, con imparcialidad, y apartando las reticencias por la edad, acabé por rendirme: era un hombre maduro ciertamente atractivo.

Otra vez uno de mis asaltantes solapó las voces de ellos de tal manera que no podía captar tres frases seguidas que me iluminasen sobre el contenido real de la conversación de María con aquel hombre, y yo maldije que no pudieran ser como una radio a la que apagar. Su bloqueo era exhaustivo y yo no alcanzaba a entender cómo, por mucho que le cubriesen, podían plantearse aquel tipo de asalto a una mujer, estando su novio al lado.

María posó su copa por última vez. Yo hacía tiempo que había terminado la mía y le preguntaba al que nos había invitado cuanto le debía. El hombre me decía que no le debía nada y cambiaba de tema, mientras yo ya esperaba que María me dijera que se quería ir, cuando pude por fin escuchar sus frases con él de manera más continuada.

Quizás al ver nuestras copas finiquitadas aquel hombre quiso intentar un cambio de ritmo, pues llegué a escuchar perfectamente cómo le decía que era la chica más guapa que había visto en mucho tiempo. Me quedé sorprendido. Quieto por un momento. Como si por quedarme así pudiera escuchar mejor.

María no le respondió a aquello y no pude ver si le había respondido de gesto, así que me giré para verlos, aprovechando que, por una vez, ninguno de los otros dos hombres me hablaba.

Cuando, entonces, aquel hombre le puso la mano en la mejilla a María, que se sonrojó, y yo me quedé helado. Su mano, que en otra persona parecería forzada, en él no. Todos los gestos que hacía podrían ser peculiares pero se veían auténticos. Su mano allí daba una impresión de sobre protección, pero también de dominio. Le dijo algo al oído que no escuché. Al ver sus caras tan cerca me infarté. María no me buscaba con la mirada y aquel hombre retiró su cara de su oído y su mano de su mejilla, y le dijo en voz baja, aunque lo pude escuchar:

—¿Seguro que es tu novio?

A mí me subió algo tremendo por el cuerpo, aun más. Y no tuve tiempo a sentir más hasta que María respondió:

—Si.

—¿Y por qué no lo parece?

El hombre hablaba claro y seguro. Con una dicción y con una elocuencia que seducía.

—¿Cómo que no lo parece? —respondió ella, incómoda, sin saber ni dónde poner las manos.

—No sé, llevaba un rato observándoos. Hay algo raro.

—No hay nada raro. —replicó ella, más incómoda, llegando a llevar una de sus manos a apartar un pelo que no molestaba, de forma automática y precipitada.

—Hay algo raro y mandas tú. —dijo aquel hombre categóricamente.

—¿Yo? Yo no no mando nada —sonrió María, intentando quitar tensión, fuera como fuera.

Se hizo un silencio terrible. La mano de aquel hombre fue hasta acariciar con el dorso la mejilla y cuello de María. Mano que ella no apartaba. Y finalmente él dijo:

—Sí que mandas. Las mujeres guapas siempre mandan. Mandas en él. Mandas en mi. Mandas en todo este sitio…

Yo estaba siendo testigo de aquel cortejo extraño, inusual, y estaba bloqueado, como bloqueada parecía estar María, que solo respondía con silencios. Silencios que aun calentaban más el ambiente y asfixiaban más que las propias frases de aquel hombre, el cual parecía querer llegar hasta el final.

—¿Si no es tu novio porque parece que ahora podría besarte? —preguntó, y aquella pregunta cayó como un proyectil en mi cuerpo, en el de María, y alrededor de toda la mesa.

Se hizo otro silencio irrespirable. Pensé que ella me miraría, pero no lo hacia, no reaccionaba. Y los otros dos hombres hablaban entre ellos y María seguía con su semblante que había pasado de nervioso a sobre pasado, pero intentó fingir arrogancia:

—No puedes —susurró

—¿Seguro?

—No, no puedes —repitió en un susurro más tenue.

El hombre se acercó lentamente, posó su otra mano en el otro lado de la cara de María, acercó su cara a la suya, llevó sus labios a los suyos y ella cerró los ojos lentamente, en una caída de ojos eterna y cuando me pude dar cuenta sus labios se juntaron, los brazos de María caían muertos y rectos hasta que la lengua de aquel hombre invadió su boca y sus manos fueron a la cintura de aquel hombre. Que besaba a un metro de mí, allí de pie, a María, delante de mi y de sus dos colegas, le metía la lengua a María y disfrutaba de su lengua y de su boca, y ella se dejaba humedecer los labios, se dejaba invadir… se dejaba besar y mantenía sus manos con sutileza en la cintura de él y no hacía por parar aquel beso eterno que me partía el alma a la vez que me mataba del morbo, por la humillación que entrañaba aquel acto, aquella desfachatez de conquistarla paso a paso en mi presencia, hasta besarla, hasta fundirse con ella en su boca. Así. Tan fácil. Se comía la boca de María y yo infartado y bloqueado quería morirme, de celos y de morbo. Y le odiaba a él por su osadía, le envidiaba por su seguridad y… amaba a María como solo la amaba en aquellos momentos…

Acabó por separarse de ella y abrieron los ojos. Mantenían las manos en sus respectivos sitios y yo esperaba la mirada de María, la mirada hacia mí, creo que todos la esperábamos. Y se produjo:

Giró la cabeza hacia mí, pero no le dio tiempo a mostrarme nada con sus ojos, pues su mejilla fue atacada frontalmente por un beso, suficiente para que entrecerrara los ojos. Las manos de aquel hombre abandonaron la cara y el cuello de ella para postrarse en la cintura de María, por dentro de la americana. Completamente pegados, su boca fue de su mejilla a su cuello y ahí ella cerró los ojos completamente.

No fui capaz de seguir mirando. Pero aun apartando la mirada seguía viendo la imagen de María entre cerrando los ojos acosada por aquel beso en su cuello. Tan vulnerable, de repente, ante aquel hombre. Y yo no podía ni resoplar para quitarme aquella tensión. Mi cuerpo decidía cuando respirar y cuando no. Sin querer mi mirada acabó topando con la mirada de los otros dos hombres que inexpresivos parecía que habían cumplido su misión y ya no se veían en la necesidad de hablarme.

Volví a mirar a María y de nuevo se dejaba besar. Unos besos que empezaban y acababan cuando él decidía. Pero lo que más me mataba no era cuando su lengua la invadía, ni cuando la caída de ojos de María mostraba placer y además clemencia, si no que cuando él cortaba el beso, María parecía recriminarle con la mirada que no siguiera matándola con su lengua…

Sus colegas apartados, ellos besándose, él besándola con aquella suma lentitud y delicadeza y yo, en el medio, sentía un sentimiento de humillación tremendo… me sentía tan cornudo, pero a la vez tan excitado, que me parecía imposible llegar a sentir algo con semejante intensidad.

María seguía sin mover las manos de la cintura de su exitoso conquistador. Y las de él la acariciaban, siempre con sosiego y ternura y siempre en zonas accesibles y no prohibidas. Haciendo gala de no tener prisa y de no querer forzar a María, la cual recibía aquellas caricias y aquellos besos con entrega contenida, dejándose hacer, como llevaba toda la noche haciendo. Dejándose conquistar, dejándose besar… dejándose acariciar en una actitud dócil y hasta sumisa, que yo no veía desde el día de la boda.

Hubo un beso en el que sus lenguas se fundieron ligeramente fuera de la boca de María, y sentí un golpe en el pecho. Y tras ese beso ella llevó una de sus manos a su melena y la colocó, presumida, sin llegar a abrir los ojos, para besarse otra vez. La vi guapísima, radiante, elegante… El premio que se llevaba aquel hombre no tenía precio… Y él tras aquel beso le dijo algo al oído y ella asintió. A los pocos segundos María cogía su bolso y se iba con él a la barra. La sensación de que se la llevaba, de que me la arrancaba, me destrozaba, a la vez que me excitaba. La conducía con la mano por su espalda, a la altura de la cintura, pero parecía que hasta sin tocarla… Y yo me quedé solo en la mesa. Destrozado, pero a la vez con un sentimiento agradable tremendamente extraño.

Los observaba en la distancia. María, acodada en la barra, con aquellas botas, con la americana que parecía que no llevaba nada debajo… Cualquiera que los viera pensaría: “vaya preciosidad de chica se ha ligado este maduro” o en una versión más grosera: “vaya pedazo de hembra se va a follar esta noche este viejo”.

Y la palabra follar cayó como un rayo sobre mi cuerpo. ¿Y si era posible? Había visto el deseo en sus ojos, y aquel hombre sabía lo que hacía, y estaba claro que no iba a parar.

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