SEBASTIÁN FELGUERAS

VI. Los designios de la marca
Muerto Juan Toledo, en el suceso de Barranca Yaco, Juan Cirilo Ovejero fue perdiendo injerencia sobre el círculo encumbrado que lo había llevado a su etapa más trascendente de su vida. Ya para finales de 1838 se encontraba enfermo y padeciendo secuelas de aquellas heridas sufridas en la frustrada defensa de La Habana, una década antes. Sus días se apagaron una mañana, y su cuerpo fue encontrado por Rosenda, su compañera, al regresar de La Tordilla, una paraje del norte de Córdoba donde vivía su hija mayor.
Lawrence Cavanagh, el otro sobreviviente de la invasión de Lucifer a la isla caribeña, desarrolló exitosamente su emprendimiento de cría de lanares en la zona de la Villa del Luján, facilitó el desarrollo del ámbito rural de la zona, y generó condiciones favorables para que sus compatriotas irlandeses encontraran, Luján afuera, una nueva tierra para que prosperen sus sueños. Murió cerca de su querencia alcanzado por una lanza durante el ataque de uno de los últimos malones ranqueles que acechó la zona, antes de cumplirse la primera mitad del siglo XIX.
Ya en 1853, luego de la Batalla de Caseros, Buenos Aires comenzó a tomar otra forma y la organización del país fue amoldando voluntades y muchas costumbres que parecían habituales se fueron reciclando. Algunas historias de entonces se olvidaron, otras se transformaron en leyendas.
Al comienzo de 1860 Juan Facundo Tejo Ovejero, nacido en el ´33, un 6 de junio, era un hombre al cual no se le conocía pago propio ni querencia, mucho menos compañera. Hacía unos meses, y luego de acompañar como peón un arreo de hacienda del norte de la provincia hasta la zona del Salado, para invernarla, se había quedado trabajando en la zona de Lezama, en un taller de carruajes o de todo aquello que pudiera ser arreglado y continuara siendo una herramienta en el campo. Don Julio le había dado trabajo de aprendiz en el taller. En los primeros tiempos desarmaba, limpiaba piezas, iba por los mandados, hasta que fue haciéndose al oficio y con la tutoría de su jefe comenzó a usar la fragua, armar engranajes y demás trabajos que eran necesarios en el taller. Don Julio
era un apasionado de la ciencia del mecanismo, y su infinita voluntad de conocer y hacer era similar a sus ganas de trasladar ese conocimiento a otras personas, en este caso lo hizo con Juan Facundo. También lo recomendó con Doña Risolía, una maestra que vivía retirada del poblado pero que tenía una habitación extra donde el nacido el 6 de junio del ´33 pasabas sus noches. A cambio, los sábados por la tarde cuando el taller de Don Julio no trabajaba, cortaba el pasto y hacía cualquier arreglo que la maestra le encargara en la propiedad. Los domingos quedaban para las ruedas de jineteada, asados, juegos de tabas y payadas. Algunas eran por Lezama, aunque Juan Facundo gustaba mucho encarar para los pagos de Madariaga. Allí había hecho sonar las bordonas un tal Santos Vega, el Payador Invencible, y eso atraía de sobremanera a Ovejero. Le había contado que ese payador memorable había sido derrotado por el Diablo, un atardecer de tantos, por allí, por los pagos de Madariaga. En su interior su deseo era toparse con el vencedor de Santos Vega para retarlo a la revancha, en honor al legendario gaucho y al suyo propio.
Carlos Salvador Aristegui, quién había supervisado el asesinato de aquel caudillo al que llamaban “El tigre de los llanos”, allá por el ´35, se había constituido en hombre de confianza del vencedor de Caseros. Recayó en sus manos las decisiones sobre las estancias que a otrora le habían pertenecido a “El Restaurador”. En pocas palabras tomó la función que su víctima, Juan Toledo, tenía en tiempos del caudillo federal Don Juan Manuel, reemplazado ahora por otro, Justo José.
Según dicen los que saben, nunca se olvida el pago de donde es uno. Así fue como el primer día del año 1866, Juan Facundo Tejo Ovejero regresó a Loma Verde, su pago. Algo en su interior lo había persuadido a volver. Vuelta al rancho de su madre, Rosenda Céspedes, consiguió trabajo en el Haras “El Nocturno”, propiedad de la familia política del jefe de Carlos Salvador Aristegui. Y fue allí donde conoció al único amor de su vida, y donde empezó el desenlace de su historia, o el inicio de su designio.
En Loma Verde se comentaba que Juan Facundo había regresado, que era el ´66, el año que los viejos recordaban que se cumpliría la profecía de aquel nacimiento el 6 de junio de 1833.
A los ojos de Aristegui el amor de Juan Facundo por aquella mujer era imprudente. Mandó a recomendarle que se aleje de ella. Lo hizo por intermedio de Abelardo Céspedes, un oficial de la milicia de la zona, y hermanastro del peón enamorado.
Juan Facundo y su enamorada solían verse en las caballerizas sin uso que había en “El Nocturno”, y allí quedaron verse luego de la celebración religiosa del Viernes Santos a la cual ella asistiría junto a su familia. Pero, antes de ello, Abelardo Céspedes se llegó al encuentro de Ovejero, portando el mensaje de Aristegui, quien se encontraba de visita en lo de Don Pelayo, dueño del Haras “Los Cerros” y distante a una legua de “El Nocturno”. La charla amena entre hermanastros se convirtió en pelea, y ninguno de los dos era de portar facón por adorno. En el mismo pasillo de las caballerizas se trenzaron al relucir de los metales que buscaban herir el cuero. Céspedes acierta primero provocando un tajo en el hombro derecho de Ovejero. Segundos después sobre el otro hombro. No brotaba sangre de las heridas, por el contrario, Ovejero tomaba más bravura en sus embates. Facón contra facón quedan cara a cara, Abelardo le dice que morirá. Sin mediar respuesta, una maniobra deja a Céspedes de rodilla y el afilado cuchillo de Ovejero presiona su garganta mientras su mano lo toma de la cabellera.
-Juan Facundo, hijo de Juan Cirilo, adulador de un tal Juan Toledo al que, para mi regocijo, vi ahogarse en su propia sangre, allá en Barranca Yaco.
Sin desmontar, y desde unos veinte metros, apuntando hacia los contrincantes con un pistolón del 12, Aristegui y sus palabras entran en escena e impiden el degollamiento del oficial.
Ovejero suelta a su hermanastro. Agitado por el trajín de la pelea, con la ropa desarreglada camina lentamente al jinete. Facón en mano. De sus heridas no brotaba sangre.
-No se arrime tanto mi amigo, que le faltan años de vida para verme de cerca. Le doy hasta el domingo para que se mande a mudar de aquí; y olvídese de “su amada”, la señorita es para andar de buena monta y no en un matungo como usted.
Del lado de su espalda Ovejero oye el grito de su amor. Ella no había terminado de gritar su nombre con voz temblorosa cuando el facón iba en vuelo mortal. Ni el más experto miliciano hubiera lanzado la daga con tal precisión. Primero cayó el pistolón abandonado por la mano que lo sostenía, luego de espaldas el jinete. Entre ceja y ceja había ingresado el hierro que tenía grabada una marca extraña, y que Juan Toledo había obsequiado a su padre y, años después, su madre le había dado a su cuidado cuando partió hacia el Salado. El caballo permaneció en su lugar. El sol se oscureció de manera repentina. La temperatura descendió. Era Viernes Santo, de 1866.
Abelardo Céspedes tomó el control de los negocios que manejaba Aristegui, y desde Buenos Aires lo designaron Comisario. Acusado de asesinato, Juan Facundo simuló haberse alejado de la zona. Algunos decía que había regresado a Lezama o a Madariaga. Otros que lo vieron con rumbo norte. Pero estaban quienes comentaban que Doña Minga le había dado refugio.
Cada noche Céspedes lo esperaba en un viejo puente que cruzaba un arroyo, pues una premonición le había confiado que bajo ese puente se encontraba con su pretendida, quién también había simulado abandonarlo luego que matara a Aristegui ante sus ojos.
Las noches pasaron. Llegó la que todos esperaban. La del cumpleaños treinta y tres de Juan Facundo Tejo Ovejero. En el crepúsculo del día anterior no había parroquiano que no comentara con quién se cruzara que, pasada la medianoche, era el día que durante tres décadas muchos habían esperado.
La oscuridad puso fin al día que dio lugar a la noche. Parecía que todos dormían, nadie lo hacía. Cada cristiano estaba atento a cualquier sonido, pero no había sonido alguno. Alguna lechuza de tanto en tanto rompía el sonido sepulcral. De pronto los perros ladran desesperados, los gallineros de cada casa se alborotan, un aullido estremecedor invade la noche, pero sin delatar la procedencia. En el mismo instante, cada una de las almas que se asomó por puerta o ventana vio la misma imagen, un perro negro, de ojos blancos, mirando a los ojos de quién lo mirara. Se escuchaban gritos de una batalla, cañonazos, golpes de pezuñas de vacas al galope. Las mujeres más jóvenes cubrían los oídos de los niños de la casa y protegían sus cuerpos con sus propios cuerpos. Los viejos se escabullían en alguna posición que los proteja pero que no los prive de observar lo que ocurría. Al mirar a la calle ahí seguía el perro, mirando al interior, buscando cruzar miradas. Sea la cuadra que fuera, la misma situación, el mismo perro, los mismos sonidos ensordecedores.
El comisario Abelardo Céspedes estaba en el puente. Vio acercarse una fantasmagórica figura por el camino que, desde el oeste, avanzaba hacia su posición por el centro del camino. Empuñó su arma y esperó. Escuchaba el ladrido de una jauría, pero no divisaba más que una figura difusa. Un minuto después, el silencio total se adueñó de su alrededor. Se asomó desde abajo del puente para visualizar el acercamiento de la misteriosa imagen. Ya no veía acercarse a nadie. Trepó el bordo y se paró en el camino mirando al oeste. A su espalda un relincho perforó sus oídos acompañado de una ráfaga de viento helado.
Volteó y vio un tordillo blanco parado de manos a punto de caerle encima. En su pecho una marca de fuego que no podía distinguir. Apuntó con su arma y disparó. El tordillo volvió sobre sus cuatro patas y fue cuando visualizó a Doña Minga montada sobre el lomo de su caballo. Aquella que de chico veía pasar cada tarde. La Vieja señaló con el índice de la mano izquierda, como indicando a espaldas de quién portaba el arma. Sin dejar de apuntar a su frente, y con desconfianza, giró su cabeza. Un perro negro parado detrás suyo lo observaba, su lengua afuera, agitado. Volvió su cabeza a Doña Minga, sus ojos negros, más oscuros que la oscuridad, ahora eran de fuego. El tordillo volvió a pararse de manos, relinchó, se abalanzó sobre Céspedes quién por reflejó natural disparó para evitar el aplastamiento. Doña Minga se esfumó en la nada misma. El policía estaba aturdido. Se arrodilló sin fuerza, pero recordó el perro negro a su espalda. Se puso de pie lentamente, reacomodó su mano en la empuñadura del arma y dio vuelta. Juan Facundo Tejo Ovejero, su hermanastro, lo miraba fijamente. Los ojos eran de fuego.
Un tal Diaz, que vivía en un rancho a media cuadra, encontró el cuerpo sin vida de Abelardo Céspedes sobre el puente. El arma no había sido disparada. Tenía una enorme herida en el cuello, a simple vista parecía ser la mordedura de un animal. El torso estaba descubierto y el pecho tenía grabado con fuego una marca que no supo descifrar. Amanecía el 6 de junio de 1866. En la declaración policial tomada a Díaz el agente encabezó: Loma Verde, 6/6/66.-
Dicen los criollos del suelo, que a Juan Facundo Tejo Ovejero lo volvieron a ver, años después, muchos años después, un 20 de septiembre del 2020.

Fin.

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