TANATOS12

Capítulo 27

Intentaba ordenar toda aquella información simultáneamente a intentar descifrar si aquel enfado de María era real o todo aquello obedecía a una sobre actuación para que dejara de preguntarle.

Era lógico y normal que le pareciese mal que Víctor lo supiera. Entendía la humillación que tenía que suponer tener de jefe a alguien como Edu, para el cual María no parecía ser más que una medalla más que colgarse, y, para colmo tener que encontrarse de vez en cuando con Víctor. Dentro de esa parte yo no sabía si María era conocedora de que Víctor seguramente supiera que yo había estado delante, consintiendo los cuernos. Seguramente no.

Y digo que no sabía si María no exageraba un poco el enfado, porque era bastante de esperar que Edu se lo contase por lo menos a una o dos personas. Creo que tanto mi novia como yo habríamos firmado que Edu se lo hubiera dicho, dentro del despacho, solo a Víctor. Y si quién le dijo que Víctor lo sabía, seguramente Paula, no sabía de nadie más que lo supiera, ni ella había notado cosas raras de nadie más, en el fondo hasta se podría decir que eran buenas noticias.

Si es complicado reconciliarse tras un enfado, más lo es tras algo que no sabes si ha sido un enfado realmente, pues creo que ambos fingíamos estar enfadados, ella para acabar con el tercer grado y yo para esconder mi verdadero sentimiento que era el de desconcierto.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Hasta que un movimiento de gente, en busca de la puerta de embarque, nos hizo volver al mundo real.

Ya sentados en el avión yo miraba por la ventanilla cómo nos alejábamos de tierra firme, mientras luchaba internamente por creer a María. Ella, al omitir que hubiera tanteado a Edu, venía a decirme tácitamente que Víctor me había mentido. Pero era claro que algo había pasado la primera semana de diciembre, aquella semana tras nuestra escapada a la casa rural, en la que había decidido esperar a ver si ella proponía volver a follar con el arnés y finalmente lo hizo, cinco días más tarde, eligiendo a Álvaro para nuestro juego, para que yo fuera él. Dos días después de eso le había propuesto fantasear con Edu y ella había montado en cólera, es decir, unos nueve o diez días después de que ella me hubiera confesado como Edu la había follado…

Era ciertamente extraño que tras aquella descripción minuciosa, tras aquel polvo tremendo recordándolo todo, diez días más tarde, solo por hablarle de él se enfadase de aquella manera. Algo tenía que faltar en medio.

Seguía y seguía dándole vueltas a la cabeza, intentando buscar posibilidades, verdades a medias de Víctor y de María, y llegué a pensar que quizás en esa semana nombraran a Edu jefe de María, ella al ver que tendrían mucho más trato le habría propuesto hablar con él para zanjar el tema y dejar las cosas claras y él, siendo un creído como era, lo hubiera interpretado como un tanteo. Era uno de los pocos supuestos que se me ocurrían en los que ella salía bien parada.

No hubo un momento concreto en el que volvimos a ser nosotros. Que ella se quedase dormida sobre mi hombro, que yo me riera de su jersey, pues con él parecía más un peluche que una persona… que su compañero de fila ocupase asiento y medio y yo aceptase intercambiar el sitio con ella para que pudiera estar más cómoda…. Fueron elementos que, sumados a la ilusión del viaje, acabaron por minar poco a poco nuestra distancia.

Una vez en nuestro destino alquilamos un coche y casi no parábamos de movernos. En cierto modo nos llegamos a arrepentir de haber montado el viaje de aquella forma tan estresante. Apenas en algún hotel estuvimos más de una noche… Y, casi siempre llegábamos rendidos a la cama… Pasaban los días y seguíamos de un lado para otro, alimentándonos de comida rápida, y creo que a los dos nos hubiera gustado alguna cena más tranquila y sobre todo elegante, y a mi, en particular, algo que diera pie a aquel incipiente exhibicionismo de María.

Había que entender que no estábamos en un contexto sexual como el de la mayoría de las parejas. El sexo no surgía de abrazarse por la noche o en la cama por la mañana. Si no que requería de mensajes de Álvaro, que aun no llegaban, o elementos morbosos exhibicionistas, que nos impulsasen a que yo me pusiera aquel arnés. Nuestros polvos eran salvajes pero no con una periodicidad muy alta, pues requerían de muchos elementos.

Esa mini abstinencia sexual sumado a mi estrés porque había programado la pedida para casi el final del viaje a veces me tenía un poco tenso. Hasta dudé en adelantar mi propuesta para un momento más inmediato, pero, día a día, conseguía mantener mi plan.

No tuvimos noticias de Álvaro, el cual obviamente no sabía nada del viaje de María, hasta que un día, atardeciendo, mi novia recibió un par de párrafos enormes de los suyos. Por la diferencia horaria él lo habría escrito de madrugada, volviendo de salir de noche, pero nosotros aun no estábamos en el contexto para leerlo detenidamente, así que decidimos dejarlo para cuando llegásemos tarde al hotel.

Tantos días sin sexo y la promesa de aquel texto nos tenía inquietos, pero cuando lo leímos nos sentimos un poco decepcionados. Yo ya me había puesto aquella polla de plástico y aquella noche estábamos bastante descansados, por lo que tuvimos una buena sesión de sexo a su costa, pero nos acabamos basando más en sus fotos y textos anteriores que a lo escrito aquel día. Tras aquel polvo de más de una hora, María, cansada, y quizás con ánimo de provocar para que la próxima vez estuviera más ocurrente, le escribió si es que nunca conseguía ligar con nadie para llegar así de cachondo de madrugada. El chico, que parecía no dormir nunca, le escribió que es que tenía el listón muy alto, que si quisiera una cualquiera lo tendría fácil. María le dijo que no se creía esas fanfarronadas y él le acabó respondiendo: “Igual cuando te escribí acababa de follarme a una, no sería la primera vez”. Y no le acabamos de creer, pero tampoco tenía, cien por cien, porque ser mentira.

Al día siguiente era sábado, por lo que en el fondo María y yo esperábamos otro de aquellos mensajes de Álvaro. Pero éste no llegó. Pasaban los días y no escribía nada. Lo cierto era que habían pasado aproximadamente dos meses desde la única vez que se habían visto en persona, y alguna vez el chico se tendría que cansar. Además, María no le daba apenas ni una frase que pudiera recargar sus pilas.

Habíamos intentado que cuadrara “Nuestra Nochevieja” para el día 31 de enero y así hacerla exactamente un mes después de lo que tocaba, pero ese día estaríamos de ruta, así que lo adelantamos al viernes anterior. Además, era de las pocas veces que pasábamos varias noches en el mismo sitio y estábamos más centrados y descansados. Esa noche decidimos cenar en el hotel, ya que en la planta baja tenía un gran restaurante, muy diáfano, al que iba a cenar bastante gente aunque no estuviera hospedada.

Por fin pudimos ducharnos con calma, arreglarnos un poco y crear un poco de ambiente que aumentara nuestra excitación. Yo había metido una americana en la maleta, para, por lo menos, cenar vestido de forma algo elegante esa noche, pero no esperaba lo que me encontré al ver a María.

Salí de la ducha, me sequé con calma y me vestí dentro del propio cuarto de baño. Cuando salí y la vi sencillamente aluciné. Llevaba puesta una americana larga de color verde agua, que le llegaba hasta la mitad del muslo, lo suficientemente abajo como para que no se viera la mini falda que, supuse, llevaría debajo. Tampoco se veía nada que llevara en la parte de arriba, seguramente alguna camiseta o algún top, pero no se veía. Además vestía unas botas altas, hasta la rodilla, con un estampado como de serpiente, que al parecer estaban de moda y María me había enseñado en la víspera del viaje y, sin hacerle mucho caso, me habían parecido una horterada, pero así puestas encajaban perfectamente y tampoco eran tan llamativas. Lo que era llamativo, hasta dejar sin aire, era que parecía que solo llevaba la americana y las botas.

Mi cara debió de ser un poema pues no me preguntó qué tal. De hecho llegó a ruborizarse un poco y me dijo que si bajábamos ya.

Otra vez en la cena aquella mágica sensación de ver el deseo en los ojos de todos los hombres que la avistaban. Era un hormigueo constante y maravilloso. Y cada vez era más obvio que ella era consciente de aquel poder, que llegaba a disfrutar de aquellas miradas de los casados y de los comentarios en voz baja, y en cualquier idioma, de los solteros. Además era una provocación sutil, apenas se le marcaban las curvas que tenía, no era vulgar, todo lo contrario, con su americana remangada lo justo y alguna pulsera discreta.

A veces me parecía que cuanto más sobria vestía, incluso algo masculina, como esa noche con aquella americana recta, más feminidad irradiaba.

Y me volvía loco cada vez que algún camarero se acercaba, y más cuando se levantó para ir al baño, y más cuando el champagne fue bajando… Hasta el punto que llegó un momento en el que no pude evitar susurrarle:

—Te miran todos…

Su respuesta ya no fue como habría sido meses atrás. Ya no había rastro de aquellos: “estás loco”, “la gente está a lo suyo”, ni aquellos “tú crees que todos quieren… conmigo”. No. Su respuesta fue: “Pues que miren”, dicho con una seguridad y una auto conciencia imponente.

Salimos de la cena con la intención de tomar una copa por allí cerca. Fuimos hacia recepción a preguntar por algún sitio y yo caminaba al lado de María, y se me hacía raro verla en botas altas, pero las llevaba como si las vistiera a diario. El chico de recepción nos dijo que al ser viernes y zona de negocios no habría mucho ambiente, pero nos indicó un local no muy lejano, pero al que había que ir en taxi. Nos inclinamos por esa opción, tampoco teníamos otra. Además, así no tendríamos que abrigarnos, al ir de puerta a puerta. Y pronto íbamos en el coche y parecía un poco una ciudad fantasma, noche cerrada, pero, afortunadamente, cuando llegamos al sitio indicado descubrimos que al menos allí, para tomar una copa o dos estaríamos bien. El local estaba casi completamente ocupado por hombres y mujeres de negocios que trabajarían en oficinas cercanas y tenía pinta de que no cerraría demasiado tarde. Yo, de nuevo, volví a disfrutar de las miradas furtivas y de los cuellos torcidos… pero nos faltaba algo. Algo más.

Tras hablar un poco del viaje, de programar lo siguiente y ordenar un poco lo que nos quedaba, cambié bruscamente de tema:

—Sabes que puede parecer que no llevas nada debajo, ¿no? —le susurré, los dos sentados en unos taburetes junto a una mínima y bastante alta mesa redonda.

—Es un vestido americana, se lleva así.

—Bueno, eso no cambia que pueda parecer que no lleves nada debajo…

—Pues te puedo asegurar que algo llevo —rió, y la noté más tocada por el champagne y el vino de lo esperado.

Me quedé mirándola. Le brillaban los ojos. Se le humedecían los labios cada vez que sorbía del cocktail. Hablamos de que había merecido la pena postergar nuestra Nochevieja. Y el viaje, en el fondo, estaba yendo genial, como lo esperado o incluso mejor. Recordamos varias anécdotas que habíamos tenido conduciendo, ambos hablábamos bastante bien inglés, pero eso no había evitado que nos hubiéramos perdido varias veces… enfadándonos… De esos mini enfados de quince segundos que ahora nos hacían reír.

Tras un breve silencio me dijo:

—¿Sabes qué?

—Qué.

—Que llevo debajo cosas… pero no todas…

Me quedé extrañado. Gratamente extrañado. Desde luego no era muy dada a esas sorpresas.

Le indiqué con la mirada que era todo oídos, o todo ojos, y ella desabrochó el único botón que mantenía su americana larga cerrada. Ante mí apareció un top lencero sedoso, negro… satinado… que deslumbraba a pesar de su oscuridad… Y no había que ser muy avispado, más bien no había que estar a menos de diez metros, para saber que bajo aquel top no había nada más que dos tetas imponentes y dos pezones tremendos que maltrataban la seda sin ningún complejo. Alucinaba como mantenía aquellas tetas erguidas a pesar de su tamaño… era un escándalo, y pensé que había tenido que disimular a propósito, todo aquel tiempo, para que no se notase que iba sin sujetador, a pesar de la americana tapándola; quizás había planeado desde el principio no mostrarme aquel secreto hasta aquel momento.

—Joder, María… —dije y ella cerró un poco la americana.

—Qué… —dijo intranquila, mirando disimuladamente a izquierda y derecha.

—¿Y eso…? ¿Y… bragas…? —pregunté mirando hacia abajo, viendo que lo que llevaba debajo no era una mini falda si no unos shorts también negros y de textura similar al top, y que parecían finísimos; más parecían un pantalón corto de pijama.

—Bragas sí… ¿No te llega? —preguntó tonteando.

—Claro que sí… Ábretela otra vez.

—¿No es… un poco desmadre…? —preguntó, pero daba la sensación de que en el fondo deseaba obedecer.

—No nos conoce nadie.

María se abrió de nuevo la americana y las tetas bajo la tela aun me parecieron más tremendas, el relieve que formaban era escandaloso y cómo se le marcaban los pezones un abuso. Y no solo era eso, el escote dejaba sin aire, se veía no solo el nacimiento de sus pechos, si no bastante mas… y un canalillo ancho… La libertad de sus pechos era casi total…

Bebíamos en silencio… Yo la devoraba con la mirada. Pero aun faltaba algo. Los dos lo sabíamos. Era tan obvio que, tras un par de minutos, ella, sin cerrarse la americana, dijo:

—¿Qué hora es allí? ¿Le escribo?

Me subió un cosquilleo por el cuerpo. Aquella pregunta llevaba implícita una necesidad de jugar. Inevitable. Me acerqué a ella… Llevé mi cara cerca de la suya… Me embriagué del olor de su melena espesa que me envolvió de arriba abajo, estuve tentado de acariciar su pecho, pero me contuve, y le respondí:

—Allí serán… como los 5 o 6 de la madrugada.

Abrió su bolso, cogió su móvil y entró en los chats. Entró en la conversación con él. No hacia mucho que se había conectado. María me miró como pidiéndome ideas. Hacía una semana que no escribía. Yo no sabía qué decir. Ni sabía si estaría despierto, ni si volvería a picar otra vez. Besé su mejilla y rocé disimuladamente su pecho, con el dorso de la mano, roce que se me hizo insuficiente, así que opté por palpar su teta más cercana a mí, recogerla con mi mano sobre la tela, levantarla un poco, sentir su pezón en el medio de la palma, y dejar caer su teta otra vez.

—Shhh… para… —dijo encantadora, en un susurro, apartándome disimuladamente la mano. Para llevar entonces ambas manos a su móvil y teclear.

Besaba lentamente su cara y su cuello. Y ella se dejaba y escribía. Acabé por girar mi cara y leer en la pantalla algo que desde luego no esperaba. Quizás María temiera tanto como yo que ya no iba a ser posible que el chico cayera más en la trampa. O quizás fuera el alcohol, o que al estar de viaje le diera todo más igual. Leí:

—Si esta noche eres original te mando foto.

—¿Qué te parece? —me preguntó antes de que pudiera digerir lo que acababa de leer.

—¿Foto de qué? —alcancé a preguntar.

—No sé. Ya veremos. A ver como se porta.

La excitación. La tensión. La intriga… sumado a ver a María marcando tetas de aquella manera, me estaba volviendo loco. No suficiente con eso, me daba la sensación de que unos tres o cuatro señores, que pasaban de los cincuenta, que estaban en una mesa cercana a la nuestra, eran conscientes de lo que María no llevaba.

Álvaro no solo no respondía, si no que no se conectaba. La espera era insoportable. Las copas fueron bajando y nos empezábamos a desesperar. Realmente lo necesitábamos, necesitábamos aquello. Y me daba la sensación de que ella aún lo necesitaba más que yo.

Estábamos a punto de desistir, a punto de irnos. A pesar de mi calentón por el exhibicionismo de María, quizás la cosa se enfriase de camino al hotel y ni llegásemos a follar. Podríamos releer los párrafos de Álvaro, pero por algún motivo no era igual si la interactuación no era prácticamente simultánea.

María posó su copa. Acabada. Y ya nos íbamos, hasta que, en ese preciso momento, uno de aquellos hombres de la mesa de al lado pasó por nuestro lado, por el lado de María, y le dijo algo.

Al principio pensé que era un comentario, quizás desagradable por cómo llevaba una hora marcando tetas a escasos metros de ellos. En un primer impulso pensé que sería algo así y que pasaría de largo. Pero no. María le dijo que no le había entendido. Y él se lo repitió. Y María lo entendió, y yo lo escuché.

Le dijo, en inglés, que por qué no se unía a su mesa. Al usar la palabra “you”, yo no sabía si la propuesta era solo para ella o también para mí. Pero era obvio que la querían a ella.

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