SEBASTIÁN FELGUERAS

V. Doña Minga

Doña Minga no tenía edad. Cada tarde arriaba sus vacas de un campo a otro, donde pasaban la noche. Montada en un tordillo blanco, que de verlo no más se sabía que tenía mas años que la miseria, la Vieja cabalgaba cada día por el mismo camino. Al acercarse a algún caserío los perros comenzaban con los ladridos cuando aún la tropa estaba a una legua de pasar al galope por la cuadra donde los lugareños, por costumbre ya y entre el ladrido de los perros y las corridas de las gallinas escapando, murmuraban “Doña Minga”. De botas polvorientas, bombachas claras, pero de limpias nada, pecho y espalda nutridos capaz de arrastrar un carro, y una especie de capa estropeada a la espalda, haga frío o calor, coronada por un sombrero negro de ala ancha que ocultaba la mitad de su cabeza, aunque dejaba una blanca cabellera al viento. Montada en su tordillo blanco galopaba al centro del camino, detrás de medio centenar de vacas sin raza ni marca de dueño alguno, y detrás del corcel con la extraña dama a las riendas, le seguía una jauría de todo tipo de perros, de distintos tamaño, pelaje y religión, por así decirlo. Cuentan en el pago que alguna vez alguien pudo contar los perros que seguían a la Vieja, que eran sesenta y seis, pero nadie sabe quién lo dijo y cuando, vaya a saber si será cierto. Eso sí, nadie supo nunca cuantas vacas arriaba Doña Minga. Pero algo más curioso, nadie nunca nadie la vio de a pie, siempre se la conoció montada, en el mismo tordillo blanco, siempre al galope, siempre en la misma dirección. Nadie supo jamás de donde venía cada tarde al pasar por el camino, ni nadie la ha visto en dirección contraria, para luego si, poder pasar de regreso. Si se conocía el campo donde la hacienda en cuestión arribaba y pasaba la noche. Frente al ingreso de “El prado de Belén”, con lo de los Aguirre y lo de Tiscornia de un lado, y del otro la casa “del inglés” y otra que en su tranquera decía “Doble A”. No era muy grande el potrero, unas tantas hectáreas, una manzana completa de las de zona rural; tampoco había ninguna construcción, tan solo una vieja aguada cementada y pintada por el verdín de los años. A todo chico se le decía que por nada del mundo se le ocurriera ingresar al campo, pues justo al centro estaba la aguada abandonada y era peligroso. Pero, a decir verdad, entre los adultos se comentaba que la aguada no tenía piso, que era una “cueva del Diablo”, un socavón donde Doña Minga habitaba y celebraba los aquelarres y pactos con los demonios.
La creencia fue tomando cada vez más asidero a medida que los chicos, que veían a la Vieja pasar cada tarde, fueron crecieron y comenzaron a alimentar los dichos entre el pueblerío. Entre tantas supuestas certezas estaba el tema de que nadie conocía el rostro de la Vieja, que jamás giraba su cuello, aunque a su paso se la saludara levantando el brazo o con alguno de esos sonidos propios cuando se quiere captar la atención de alguien al pasar. Con el tiempo se empezó a saber que, vaya a saber por qué, alguien le había visto la cara que escondía bajo su sombrero negro de ala ancha. Dicen que no tenía ojos, que en los esféricos huecos se veía una oscuridad inmensa, cien veces más oscura que la noche más oscura en el corazón del monte.
También se afirmaba que aquel que fijara sus ojos tratando de distinguir la marca que el tordillo blanco tenía grabada a fuego sobre su anca izquierda, no conseguiría pareja por seis años.
Otros decían que Doña Minga era madre de Doña Rosenda, quien se había juntado con Juan Cirilo Ovejero por algún manejo del destino cocinado entre aquelarres, aprovechando la posición que Juan Cirilo había tomado entre los administradores, estancieros y políticos encumbrados. Al parecer era así, pero no del todo. El interés no era Juan Cirilo y su llegada a ilustres personajes. Pero, si fuera como el decir popular indica, que la Vieja era madre de Rosenda Céspedes, pues entonces es abuela de Juan Facundo Tejo Ovejero, algo que sí estaba escrito en el libro del destino del socavón de la Doña Minga.
Más allá de los acontecimientos venideros, nadie vio morir a la Vieja Minga, simplemente algún día de alguna vez dejó de pasar. Nadie supo de sus perros y de sus vacas. Jamás se supo de su centenario tordillo blanco. Pero como todo por estos pagos, alguien dice, que cierto día, de ciertos meses, a determinada hora entre la medianoche y el amanecer, se escuchan ladridos de perros que no se ven, pezuñas de vacas golpeando el camino al galope sin levantar polvareda alguna; que un tordillo blanco lleva a una mujer que, de vez en cuando, mira a la cara a alguno que se le cruce. A ninguno se le ha podido preguntar por los ojos de quién galopa ese caballo, pues nadie ha sobrevivido para contarlo.

Un comentario sobre “Juan Facundo Tejo Ovejero (5)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s