MANGER

-I-

Cada mañana, con el alba, somnoliento y estirando los brazos todo lo que da de sí su enorme corpachón, Mason se incorpora lentamente en el catre y suelta un ruidoso bostezo. Un camisón roído por los agujeros, el tiempo y la suciedad, deja entrever de su pecho unos pelos largos y rizados, negros como el tizón. No tiene mucho que hacer a esa hora tan temprana, salvo rascarse compulsivamente el trasero después de tres ventosidades y olerse con fruición los dedos durante un buen rato. Le encanta su propio hedor, le resulta un pasatiempo muy agradable. Se pregunta a sí mismo si hizo lo mismo ayer o anteayer, pues ese mal olor que ahora impregna su mano, gorda y roñosa, le es muy antiguo y familiar. Su mente lo traiciona, no sabe por qué tiene importancia saberlo. Pero le da igual, le gusta hacerlo y para él cualquier día es igual al anterior, y el siguiente, o el siguiente, siguiente y siguiente, y se jura que seguirá haciéndolo.

Nada le va a impedir hacer lo que él quiera hacer… Ya no… Jamás.

El camastro lo tiene pegado a la ventana y la luz del sol le obliga a entrecerrar los ojos. Maldice al sol por cegarle y se los restriega con fuerza hasta que un firmamento de estrellas se le proyecta en su interior y nota que disfruta de ese espectáculo de múltiples lucecitas coloreadas. Es bonito, le gusta su movimiento danzarín y por eso repite la acción cinco, seis, diez veces más, hasta que sus párpados le transmiten un escozor insoportable y le gritan ¡basta!

Por fin, se levanta para dirigirse al baño dispuesto a vaciar su vejiga e intestinos. Se toma su tiempo; con mucha tranquilidad evacua el contenido y disfruta de ese olor tan personal salido de sus tripas que tanto lo embriaga. Después, se acerca hasta el espejo para cerciorarse de que en él sigue “ése” tipo raro que desde hace muchos años le observa desde dentro. Nunca ha salido de allí –se dice─… Siempre está escondido tras aquella pared, como si tuviera vergüenza darse a conocer, pero sin embargo todas las mañanas se asoma para mirarle fijamente; a veces se pregunta si algún día saldrá de su interior y aprovechará la oscuridad de la noche para hacerle daño… Entonces tendría que enfrentársele… Eso le tortura, le pone muy nervioso, por eso siempre duerme con la mente alerta en todos los ruidos de la choza.  Otras veces recapacita y acaba convenciéndose de que no corre ningún peligro… La verdad –se dice─ es que sólo se deja ver cuando él se mete en el baño y jamás le ha visto salir de ese endiablado marco de cristal. Ya se ha acostumbrado a sus apariciones, y juraría que sólo se asoma para observarle.

-II-

Mason es un niño-hombre solitario, pero feliz. El lugar donde vive es un chamizo de madera al que se accede a través de un estrecho camino forestal, distante a una media milla de la estatal 401. Antes era muy utilizado por los cazadores para distanciarse desde la carretera hasta los puestos y organizar desde allí sus batidas. El padre de Mason se dedicó durante muchos años a servir a aquéllos hombres que llegaban a casa envueltos en surtidas cananas, provistos de rifles nuevos y relucientes.

Pero aquello pasó hace mucho tiempo; lo recuerda remotamente…

A veces piensa que lo ha soñado.

Hoy no tiene muy claro si todo aquello fue ficción o realidad. Allí transcurre muy despacio el tiempo y él lo acompaña sin prisas, bebiendo minuto a minuto el murmullo de la brisa que acaricia la foresta que siempre le rodea. El timbal de las chicharras –metálico e insistente─ le produce algo de relax, pero al cabo de un rato se torna en tristeza y también lo irrita; hay momentos en que su repetitivo ritmo no le atrae, le acrecienta sus temores. Sí se anima cuando escucha a las avecillas que se acercan a trinar cerca del porche. Cuando se sienta a contemplar el exterior, ya ahíto de carne después del almuerzo, se enorgullece al pensar que aquel lugar es sólo suyo, que no existe peligro alguno de que se lo arrebaten.

-III-

Mason no sabe leer, pero entiende lo que dicen los libros de ilustraciones que dejaron sus padres olvidados en la alacena. Aún recuerda el tono de sus voces al leérselos. Eran mágicos, llenos de cuentos increíbles, de historias en las que los enanos bailaban alrededor de un fuego y unos corceles de trenzadas crines aparecían enjaezados con elegantes adornos tejidos con hilo de oro, brillantes y perlas, tirando sin esfuerzo de hermosos carruajes de un cristal azulado y transparente.

Cada día, cuando lo poco o nada que hacer está hecho, se sienta en el porche y disfruta de las ilustraciones; le hacen soñar, siente que lo mantienen aferrado a aquel mundo infantil que aún no ha superado, y por eso es feliz. Se recuerda vagamente con pantalón corto y se sorprende de no llevarlo puesto ahora. El de su padre, raído y sucio, se le ha quedado pequeño, y eso que él también era muy grande y corpulento. Pasa una y otra vez las hojas de aquellos viejos libritos procurando no ensuciarlas con la inmundicia de sus dedos; después, cuando nota que el sueño lo embarga por la gran comilona –el hígado asado le había sabido exquisito─, los guarda con respeto de nuevo en su alacena y, sentado en la mecedora de su padre, disfruta de la siesta al silencio amable del atardecer.

La vida de Mason transcurre tranquila entre el reflejo de un rayo de luna y la primera llamarada del siguiente amanecer. Hace veinticinco años que sus padres no están y apenas recuerda sus caras. Tan sólo el olor del último asado de hígado que comió de ellos. Desde entonces, nadie lo ha cuidado, nadie se acuerda de él; sin ellos se acabó aquello de tener su alimento dispuesto y sin esfuerzo alguno. Su mentalidad es débil, aunque ni lo sabe ni lo entiende.

Tampoco le importa, sólo el hambre le preocupa.

-IV-

Ahora siente de nuevo el tronar en su estómago y se despereza chasqueando los dedos para servirse otro almuerzo. Está contento; comer le hace muy feliz, babea al pensarlo y lo disfruta plenamente. En la cocina toma el cuchillo que había afilado la tarde anterior y también el plato de aluminio que viene usando desde niño.

Bajando al sótano, se da cuenta de su presencia y evita mirar lo que cuelga sobre la pared del fondo; le da miedo, la teme, su filo le trae unos recuerdos que en su mente infantil asocia con su soledad y hace que su mano tiemble. No obstante se sobrepone y, con verdadera pericia de cirujano, consigue cortar un tajo bien grande de la pieza. Cazada veinte días antes, ahora luce colgada al frescor del almacén, desangrada, eviscerada y lista…

Pero algo ya seca, y casi consumida.

También nota que empieza a oler a un rancio muy rancio; ese hedor le gusta ─se dice─, pero es consciente de que los huesos tan sólo blanquean el músculo y no matan el hambre.

Es hora de hacerse con otra. Mañana no habrá desayuno.

El hacha le da miedo, mucho miedo. Le trae extraños recuerdos de niño… Pero no hay más remedio.

T’á güeno… Vale… No hay más, se acabó… –se contesta a sí mismo en voz alta y gangosa, plegándose a ello─. Saldrá nuevamente de caza, buscará y llenará la despensa con otra suculenta pieza para otros veinte días más. La caza no le preocupa; es fácil, él sabe muy bien dónde encontrar su alimento. Así ha sido durante muchos años desde que acabó con las dos primeras piezas…

Hay mucha comida ahí fuera –planea en su mente─… En la carretera…

Las que otros no quieren pararse a cazar…

Solitarias…

Haciendo autostop.

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