SEBASTIÁN FELGUERAS

IV. La muerte de Juan Toledo
Luego de “Mayo de 1810”, llegó “Julio de 1816”, y con ello, para consolidar el sueño patriota, la “Gesta de los Andes”. Pero nada es como parece, dicen los criollos del suelo. Y vinieron años de desencuentros, de sangre hermana derramada.
Corría el ’34 del siglo que gestó, por así decirlo, una nueva nación. Las provincias del norte vivían de revuelta en revuelta. Facundo fue enviado para mediar entre sus pares caudillos. “El Restaurador” le encomendó a Juan Toledo que lo acompañe, dado que el caudillo riojano era de sangre que no tardaba mucho en hervir, y siempre era bueno que tuviera a su lado alguna mente fría que le hiciera rever el paisaje, antes que ordenara arrasarlo.
No faltó la ocasión, entre posta y posta, para que Juan Toledo recordase a Facundo la admiración que sobre su persona había entre el gauchaje de las estancias, sea en las que él administraba en la afueras de Buenos Aires y cualquier otra. En toda romería en los boliches de campo se destacaba la figura de Facundo. Así el caso de Juan Facundo Tejo
Ovejero, que llevaba su nombre para honrar su coraje y su convicción de dar hasta su sangre, si así el destino lo pidiera, defendiendo sus ideales y el sentido colectivo de una parte de la razón, el federalismo. Del otro lado de la zanja, los unitarios, con sus razones, opuestas a los de rojo punzó, pero razones al fin.
Carlos Salvador Aristegui, al regresar de su formación académica en España, había simpatizado con la causa Unitaria. Así fue, en tertulias partidarias, que conoció a Raulina Caballero, hermanastra de quien fuera el fundador del partido Unitario. El amorío le permitió ascender rápidamente entre los líderes de la causa y durante la guerra civil contra los Federales había sido uno de los ideólogos en las sombras, como se dice.
La derrota de los Unitarios de manos de los caudillos encabezados por “El Restaurador” no truncó sus deseos de poder. Acostumbrado a las operaciones políticas sombrías, Carlos Salvador Aristegui entendió que el primer golpe debía ser certero.
En febrero de 1835, Facundo y Juan Toledo se encontraban de regreso de su misión norteña. Ambos rumbo a continuar con sus quehaceres, que más allá de la política, radicaba en el manejo de sus estancias en la Provincia de Buenos Aires. Se detuvieron en la posta de Los Talas. Cabrito a la estaca y un buen vino, alguna guitarra que renombraba viejas historias y, entre payada y payada, la noche dejó ver el alba que indicaba continuar la marcha.
La galera tendría nueva caballada, hasta córdoba no se detendrían. Yunta de tordillos, hasta ahí nada fuera de lo común. Con el último mate del encargado de la posta, y antes de entrarse en el carruaje, Juan Toledo observó una marca en el pelaje del caballo del lado izquierdo. Por un instante quedó quieto; ya había visto esa marca en algún lado, o en alguien. El caudillo y su llamado rompieron el intento de recordar donde había visto esa extraña marca. Si bien el viaje alternaba entre somnolencias y conversaciones, el mediador entre la “civilización y la barbarie” no dejaba de pensar en la marca del pelaje del caballo.
Barranca Yaco, Córdoba, atardecer del 16 de febrero de 1835. Una partida ataca el carruaje. Facundo se asoma y sin mediar razón es herido de muerte. Su cuerpo, cae sobre Juan Toledo que no mostraba reacción ante la situación. La puerta de la galera se abre. Un desconocida mano porta un pistolón apunta a quien sostenía a Facundo moribundo. Antes del estruendo final Juan Toledo posa su mirada en el arma. La misma marca que había distinguido en el tordillo del lado izquierdo al partir de Los Talas, pero abajo estaba grabada una palabra. No llegó a leerla. El disparo certero destrozó su pecho.
La partida volvió sobre los pastizales y huyó. Montado, desde una loma cercana, el ideólogo del ataque artero observaba la concreción de su plan. Esperó un rato. Se acercó a los cuerpos sin vida. Taloneó su moro pampa y se adentró en el crepúsculo que anunciaba la noche, sin luna.
Facundo “El tigre de los llanos” comenzaba a transitar la leyenda. Juan Toledo, estaba muerto.

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