SEBASTIÁN FELGUERAS

III. El nacimiento de Juan Facundo
“El Restaurador” había generado su poder económico en base a la producción ganadera. De sólidos contactos con factorías europeas, comercializaba carne y cueros con las potencias industrializadas. En el ámbito local, cultivaba vínculos políticos y predicaba un cambio profundo que permitiera el desarrollo de un país que no encontraba su rumbo. No eran pocos aquellos que compartían sus ideas. Entre ellos se encontraba “Facundo, el tigre de los llanos”; riojano, caudillo federal, de pocas palabras, carácter parco y amigo de solucionar cualquier diferencia a la suerte de las lanzas, como quién dice.
Juan Toledo negociaba de manera frecuente con “El Restaurador”, que veía con buenos ojos los negocios que Toledo le facilitaba, sobre todo por ese nexo que el ilustre Juan Alejandro tenía con empresarios franceses e ingleses. Y los buenos negocios llevan a acrecentar el afecto y la amistad, a compartir vida de ocio y comentar asuntos familiares.
Lawrence Cavanagh se acercó a un viejo cura de origen irlandés, de llegada a los hombres encumbrados en el poder porteño y, entre charla y charla, le recomendó contactarse, recomendación mediante, con Juan Toledo para que se incorpore a los quehaceres rurales en la afueras de Buenos Aires.
Ya iniciados los años de 1830, aquellos sobrevivientes de la masacre de La Habana, Lawrence Cavanagh y Juan Cirilo Ovejero, eran capataces en distintas estancias que
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administraba Toledo, algunas de capitales de “El Restaurador”, ya convertido en Gobernador, y otras de empresarios europeos.
Cavanagh se asentó en la estancia “La Hostería”, a dos leguas de la Villa de Luján, e inició la cría de ovinos junto a otros irlandeses que, ante la creciente demanda de lana por parte de la Europa industrializada, vieron con buenos ojos expandir la producción de lanares por estas pampas, propias de la cría de vacunos, pero no por eso vedadas a las nuevas oportunidades de un mundo que comenzaba a expandir sus fronteras en la demanda de materia prima de origen agropecuario.
Juan Cirilo Ovejero, en tanto, se aquerenció en la estancia “El prado de Belén”, Río Luján abajo, en las afueras de Belén de Escobar, en un paraje conocido como Loma Verde. Era capataz de la hacienda de la estancia y de buen trato con la peonada, querido por todos. Allí conoció y se enamoró de Rosenda Céspedes, y juntos dieron calor a un rancho que el administrador de la estancia les facilitó para que formen una familia. Ovejero era muy buen capataz, y buena persona, y se ganaba con méritos el favor de sus superiores.
Con el abrigo del rancho propio y de las noches de luna, y de las sin luna también, Rosenda quedó embarazada, y comenzó a desandar la “dulce espera”.
Fue por ese tiempo, en fecha patria, que le pidieron a Juan Cirilo que de una mano en los festejos que, río arriba y pasando Los Cardales, Juan Toledo brindaría al Gobernador, en una de sus propias estancias. Asado con cuero, carreras cuadreras, pialadas, jineteadas, guitarreadas y cualquier otra ocurrencia y costumbre criolla para la ocasión, se dieron para celebrar a la “Santa Federación”. Fue en esa ocasión que Juan Cirilo Ovejero conoció a Facundo, “El tigre de los llanos”, y a Don Juan Manuel, “El Restaurador”. Un guitarrero cantor, allegado a los personajes en cuestión, lo recomendó como buen asador, fiel ladero y con antecedentes de guerrero, si la coyuntura así lo demandaba. Desde ese día, se lo conocería como Sargento Mayor Cirilo, al mando del Segundo Escuadrón de Caballería del regimiento bautizado como “Los Colorados del Monte”, punta de lanza para la defensa de los ideales confederados.
La medianoche se estremeció por las descargas de una tormenta inesperada. Unas horas antes, aprovechando el franco del quehacer militar, Juan Cirilo y su mujer Rosenda habían disfrutado de una carne a la estaca, bajo el Tilo que coronaba la entrada del rancho en Loma Verde. Con algunos dolores propios del embarazo, casi llegando a su fin, se
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acostaron en el catre. Ambos sentían que el parto no se demoraría más allá de algunas horas.
Un rayo en medio de la tormenta dio la señal de que Rosenda estaba comenzando con su trabajo de parto. Juan Cirilo corrió unos pocos metros hasta la casa vecina para pedir asistencia a la comadre de Rosenda. El llanto del recién nacido se confundía con el tronar del cielo, pero Rosenda se relajó al ver a su hijo llorar en buen estado. El dolor y agotamiento del parto no le impidieron ver una extraña marca en su cuello, pero le restó importancia y agradeció, elevando su vista, la salud del niño. En ese instante desconocía que “allá arriba” lamentaban el nacimiento.
Nació varón, pasadas las tres de la mañana. Ya no había tormenta, y por el oeste comenzaba a verse una singular luna llena.
Juan, en honor a quién le había facilitado una nueva oportunidad luego de escapar de aquella sangrienta isla caribeña; Facundo, por la admiración que le tenía a aquel caudillo federal; Tejo, en memoria de su padre; Ovejero, por su sangre. Juan Facundo Tejo Ovejero sería su nombre, nacido el 6 de junio de 1833, aunque algunos por el pago lo apuntaron de otro modo; nació el 6/6/33, y será viernes su cumpleaños treinta y tres.

Un comentario sobre “Juan Facundo Tejo Ovejero (3)

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