SEBASTIÁN FELGUERAS

 

II. La llegada
Juan Alejandro Toledo había participado activamente entre los encumbrados de la sociedad porteña que alentaron la gesta revolucionaria de 1810. De sangre castellana, sus ancestros habían integrado la corte imperial de Carlos I, los Toledo eran una familia de renombre en la región de Castilla-La Mancha. Por razones comerciales el padre de Juan Alejandro se había establecido en Francia, y adoptó a la Ciudad de la Luz como su segunda patria. Ávido de oportunidades direccionó sus negocios hacia el Rio de la Plata, transformándose en un incipiente estanciero y ubicando a sus hijos entre las filas de la alta alcurnia colonial.
En la segunda mitad del siglo XVIII el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, envió partidas y comendadores a distintas partes del territorio que, habiéndose desprendido de la administración de Lima, dieron cuerpo al Virreinato del Río de la Plata. Entre los comendadores del virrey se encontraba un militar español de apellido Aristegui, que tuvo la misión de generar nuevas intendencias en la región del Tucumán, organización que creo las intendencias de Salta del Tucumán y Córdoba del Tucumán. Aristegui conoció a una dama rioplatense que trabajaba para el regente de la Real Audiencia de Buenos Aires y, fruto de su corto pero apasionado amorío, nació Carlos Salvador Aristegui.
4
Transcurrida la Revolución de Mayo y las acciones formales de soberanía de la Provincias Unidas del Río de la Plata, en 1816, la década de los años veinte siguientes transitaron inmersos en profundas diferencias internas que alejaron cualquier intento certero de consolidación nacional. Juan Alejandro Toledo creció en el negocio ganadero, en las zonas rurales que rodeaban al puerto de Buenos Aires. Sin descuidar los negocios familiares radicados en Francia, mantuvo nexos con familias poderosas rioplatenses y se fue transformando en el hombre de confianza del mayor terrateniente local, caudillo a quien por sus improntas políticas llamaban “El Restaurador”; ideas que lo llevarían, años después, a tener en sus manos la suma del poder público de la naciente Confederación Argentina hasta mediados del siglo XIX.
En tanto, Juan Salvador Aristegui estudió leyes y letras en España, y regresó al Río de la Plata en 1823, en busca de negocios que lo vincularan al poder de turno. Su ambición y atracción por el poder navegaban por su torrente sanguíneo, y la naciente nación al sur del sur, además de su tierra natal, era una ocasión propicia para sus anhelos.
La fragata española “Asturias” había amarrado en un inhóspito puerto de la península de la Florida, donde aún habitaban españoles que se habían establecido previo a la invasión estadounidense comandada por Andrew Jackson, y eran mano de obra ocasional para reparaciones y mantenimientos de las embarcaciones que navegaban el Atlántico. Se disponía a zarpar, rumbo a Montevideo, los primeros días del mes de marzo de 1827 según se culminaran los trabajos que acondicionaran la nave.
Por esos días, improvisadas barcazas, con malheridos soldados a bordo, habían atravesado las poco más de cien millas que separan La Habana de más cercanos cayos de la Florida, huyendo de la pena capital que el pirata Lucifer ordenó a los defensores del puerto colonial que días antes, a sangre y fuego, había arrebatado a las fuerzas reales.
Lawrence Cavanagh y Juan Cirilo Ovejero, casi en estado de inconsciencia este último, estaban entre los afortunados que otros camaradas habían logrado rescatar del avance mortal de los piratas invasores sobre La Habana. Los sobrevivientes, heridos incluidos, lograron embarcarse en la “Asturias”, pactando comida y traslado a cambio de tareas generales en el navío.
San Salvador de Bahía de todos los Santos, fue el primer puerto de reabastecimiento en el itinerario rumbo a Montevideo. Luego de siete días de amarre el viaje siguió en busca de su destino. Dos semanas después, y luego de un fuerte temporal, la “Asturias” se vio
5
obligada a amarrar por nuevas reparaciones, consecuencias de la inusual tormenta en alta mar, en una isla al sur de Brasil llamada Nuestra Señora del Destierro. La falta de recursos y mano de obra le impidieron zarpar por largos meses, pero finalmente pudo hacerlo y llegar a Montevideo a fines de octubre de 1827.
Días después, los primeros destellos del 04 de noviembre vieron poner pie en tierras de Buenos Aires a Lawrence Cavanagh y Juan Cirilo Ovejero, con cicatrizadas heridas de guerra, pero sin mutilaciones que le impidieran soñar con una nueva oportunidad en la tierra que ya habían defendido veinte años antes y que, esta vez, sería su último destino.
La marca en el cuello de Juan Cirilo Ovejero, aunque para cualquiera que la descubriera era una cicatriz de guerra, tendría otras consecuencias, que el tiempo se encargaría de revelar.

Un comentario sobre “Juan Facundo Tejo Ovejero (2)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s