ANNABEL VÁZQUEZ

Stephano mira a Monic y se sienta a su lado en el sofá de cuero blanco.

—¿Sabías que hace un par de semanas tu hijo llevó una moto al mecánico?

Pese a que tiene cuatro hijos, Stephano sabe perfectamente a cuál de ellos se refiere su esposa.

—Se le habrá estropeado.

Monic ríe para sí y mira atentamente a su marido.

—No, he preguntado a los chicos, su moto está perfectamente.

—¿Entonces? ¿Qué hacía en el taller?

—Estaba reparando la moto de esa chica.

Stephano arruga el entrecejo sin saber a qué chica se refiere.

—Ya sabes —continua ella—, la chica de las afueras.

—¿La misma del hospital?

Monic asiente.

—¿No te parece extraño?

Stephano sonríe.

—Ya sabes cómo es. Se siente en deuda con ella después de lo que pasó. Solo intenta compensarla.

Monic vuelve a reír y pone los ojos en blanco.

—¡Oh, vamos Stephano! No puedes estar tan ciego…

—¿A qué te refieres?

—Conozco perfectamente a tu hijo, no únicamente se siente en deuda con esa chica.

—¿Qué insinúas?

Monic desvía la mirada y la deja fija en la pared.

—Todavía no lo sé…

Stephano suspira resignado y abraza con cariño a esa mente inquieta y manipuladora que tiene por mujer.

—A veces realmente pienso que tienes demasiado tiempo libre…

—¿Sabías también que últimamente se ausenta a tempranas horas de la mañana y sale sin escolta? Luego regresa y hace ver como si acabara de levantarse, pero en realidad, lleva varias horas despierto.

—¿Sale sin escolta? Eso no me gusta. Debo reprochárselo de inmediato.

—¡No, Stephano! —Monic le sujeta del brazo impidiendo que se incorpore— No le digas nada, finge que no lo sabes. Quiero ver a dónde lleva esto.

—¿Insinúas que sus ausencias por la mañana tienen algo que ver con la muchacha de las afueras?

—Si es así pienso descubrirlo. ¿Has descubierto algo de ella, tiene algo que deba preocuparnos?

—Ya sabes que no. Si fuese así lo sabríamos. Además, es muy joven para ser una espía enemiga –Stephano ríe de lo absurdo.

—De todas maneras quiero estar segura, si esa chica va con nuestro hijo quiero saber exactamente quién es y de dónde viene. Es extraño que Marcello se acerque tanto a alguien.

—No empieces a obsesionarte con eso ahora –Stephano besa tiernamente su mejilla—. Deja al niño un poco de cuerda y no te entrometas, por favor… además, él ya es mayorcito para saber cuáles son los límites del contacto con esa muchacha. Deja de preocuparte.

 

 

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