TANATOS12

Capítulo 25

En las siguientes semanas usábamos, literalmente, a Álvaro, para aquel juego. María alguna vez le prometía que saldría esa noche, engañándole, pero después de recibir sus párrafos soeces, le acababa diciendo que al final no podía. Llegó un punto en el que cada vez era más difícil que entrara en el juego, pero, al menos hasta el momento, casi siempre acababa cayendo.

Paralelamente a lo que sucedía con Álvaro yo seguía con la mosca detrás de la oreja sobre qué pasaba con Edu, ¿por qué aquella desaparición? ¿por qué aquel rechazo? Pero no quería volver a preguntarle por él, y escribirle me parecía una traición. Quizás fuera absurdo, pues ya había hecho cosas peores a espaldas de María, pero estábamos tan bien que me negaba a hacerlo.

Para colmo, por unas cosas o por otras, María parecía no poder o no querer nunca ir a lo de las cervezas de los jueves. Produciendo en mí aun más misterio, por no decir sospecha.

Solo supe de él a mediados de mes, cuando María se iba a unas jornadas. De pasada, y rápidamente, mi novia me dijo: “por cierto, Edu no va”. Gracias a eso supe, por lo menos, que seguía en el despacho. Durante esas jornadas, que, además, se juntaron con que ella se fue a casa de sus padres por lo que estuvimos más de cuatro días sin vernos, me costó horrores no caer en la tentación de tantear a Víctor y creo que, si no lo hice, incluso más que por lealtad, fue porque tenía esperanzas en que, gracias a la cena de Navidad de su despacho, María, por sí misma, me pudiera confesar algo.

Pero al final María no fue a aquella cena. Dijo no encontrarse bien y quiso quedarse en casa ese sábado. Sábado en que, de nuevo, urdimos un plan, esta vez que María tenía una cena con sus amigas, para que Álvaro diera rienda suelta a lo que le haría al verla, por fin. Mala suerte para Álvaro, al final María no había conseguido liar a sus amigas para ir a los mismos pubs en los que estaba él…

Fueron unas semanas en las que mi vida tenía cuatro vertientes claramente marcadas: Por un lado nuestra vida sexual era alucinante. No follábamos más de dos veces por semana, pero cuando lo hacíamos eran unos polvos totalmente inenarrables, gracias, evidentemente, a lo que nos traíamos con Álvaro. Comenzó a hacerse costumbre que introdujera un dedo en su culo mientras la penetraba, algo que meses atrás ni me hubiera planteado, pero la obsesión de Álvaro por su culo casi nos obligaba a hacerlo; además ella parecía acoger cada vez con más facilidad mi dedo y centrarse así en un placer más intenso. Sobre las medias y los zapatos, no es que se los pusiera a propósito para follar, pero si venía así vestida del trabajo hacía por quitarse la falda, o incluso los pantalones, y dejarse las medias y los zapatos puestos; ella fingía que lo hacía por mí, y yo fingía que no sabía que lo hacía por ella.

Casi siempre usábamos solo el arnés, pero algunas veces volvíamos a hacer lo de pegar el otro consolador en el cabecero de la cama y representar así, como Álvaro la follaba desde atrás y sus amigos le follaban la boca por delante. Los mejores orgasmos de María, sin duda, eran representando eso.

Álvaro no siempre entraba al trapo, cada vez costaba más, cuantas más largas le daba más difícil se hacía, por lo que a veces teníamos que conformarnos con releer lo que le había escrito otros días y revisar sus fotos. Sobre eso él también quería su parte, y es que le pedía fotos a María con frecuencia, pero ella no le daba nada. Una vez, ya desesperado, le pidió sencillamente una foto de su culo enfundado en el pantalón blanco con el cual la había conocido. Intenté convencerla, era una auténtica chorrada, nadie, obviamente, la reconocería. Pero se negó, y yo irremediablemente pensé en lo que pasaría si supiera las fotos suyas que le había enviado a Edu…

La misma noche que Álvaro le pidió eso sin recompensa, le acabó preguntando si aquella noche en la que se habían conocido había llevado bragas o tanga. Obviamente había llevado tanga, aunque raro en ella, pero con aquel pantalón blanco tan fino no le quedaba más remedio. Pues ni eso le dio María, que lo mantenía a raya, con un “No seas guarro, qué te importa eso”, zanjaba casi todo, pero él volvía a caer.

Lo cierto es que solo le daba algunas… digamos… respuestas motivadoras cuando él, tras algún párrafo bien cargado, le acababa preguntando: “¿¡te gusta lo que te escribo!?” y ella podía responder, como mucho, algo así como “no está mal…”. Otras veces él le preguntaba después de otro párrafo enorme con un “¿sigo?” y ella se ceñía a responder “sigue”, pero realmente no le daba prácticamente nada.

Me llamaba la atención como Álvaro parecía acertar justo con la tecla, la tecla nueva, realmente, pues le tocaba esa ramificación de la fantasía, exhibicionista, de sentirse observada, y cuando él volvía con aquello de “mis amigos te miran mientras te follo” o algo más suave del estilo: “en el pub todos te miraban pero solo yo tuve huevos a hablarte porque soy el que más ganas tengo de follarte…” María cambiaba el semblante, encendiéndose. La obsesión por su culo no era igual de compartido; cuando incidía en su trasero me daba la impresión que a ella le daba más igual y lo dejábamos apartado hasta que le introducía el dedo en el culo.

Decía que esa era una de las vertientes de mi vida en aquellas semanas. La segunda tenía que ver con Edu, que cada vez me parecía más extraño. Intentaba no darle muchas vueltas, pensar en que quizás no pasase nada, pero tenía el pálpito absoluto de que algo se me tenía que estar escapando.

Por otro lado estaba mi vida laboral, en la que conseguí el puesto sin apenas sufrimiento, con un par de entrevistas personales, en las que parecía que con no decir que quería matar a media oficina, no había manera de estropearlo.

Y por último, mi vida amorosa con María… estaba en un momento absolutamente pletórico, tanto, que entre ese amor, esa conexión, y nuestra estabilidad profesional, ahora sí, los dos totalmente asentados, me hacía plantearme algo que creo ambos estábamos pensando. Solo me echaba para atrás, sobre esa propuesta, el hecho de tener aquella vida sexual tan extraña, pero no parecía que aquella parte de nuestra vida fuera a cambiar.

Las navidades las pasamos cada uno con nuestra respectiva familia, sobre todo porque la abuela de María estaba un poco mala. Estábamos casi todo el rato colgados del teléfono, y el tema estrella era hablar sobre el viaje que teníamos programado para mediados de enero. Un viaje a la costa oeste de Estados Unidos que pudimos cerrar gracias a que María consiguió finalmente que le dieran unas vacaciones atrasadas que venía arrastrando; lo cierto era que aparte de días debidos, hacía bastantes horas de más y seguramente eso también fue clave. En Nochevieja tampoco estuvimos juntos y, para compensar esta separación a la que no estábamos acostumbrados, decidimos que en el viaje nos montaríamos nuestra propia Nochevieja y que, antes de eso, nos reservábamos para nosotros el primer fin de semana del año: Nos fuimos a una cabaña en el bosque, preciosa, que en realidad era para cuatro, pero la cogimos para los dos. Fueron dos días maravillosos de jerseys gordos y cafés en tazas de latón, de chimenea, caricias y besos hasta quedarnos dormidos, sin relojes, sin casi nada más que nosotros dos… Fueron cuarenta y seis horas de amor puro y dos horas increíbles en las que Álvaro se la folló a lo bestia en el suelo, en la alfombra, frente a la chimenea.

Durante aquel fin de semana en la cabaña me decidí a dar el paso. Le propondría casarnos en el viaje a Estados Unidos, sabía hasta el sitio exacto donde lo haría. De verdad que ella parecía leerme la mente, pues a veces sacaba el tema de que se había casado tal o cual famoso o amigo lejano, y que si ese tipo de boda le gustaba o no, y demás comentarios, que por si solos no entrañarían mucho, pero del contexto general se desprendía todo.

Y llegó el ansiado momento de irnos de viaje. Estábamos en la víspera y María había salido a comprar unas cosas que quería llevar. Yo estaba haciendo la maleta, un poco intranquilo porque al día siguiente, por la mañana, iría a comprar el anillo al que le había echado el ojo, y nos iríamos al aeropuerto después de comer. Pero uno siempre cree estar intranquilo hasta que pasa algo que deja lo anterior en una preocupación absurda, y es que, me escribió al móvil una de las últimas personas que me podría imaginar. Era Víctor.

Me decía que le había parecido verme yendo a recoger a María la tarde anterior. Yo ni me acordaba de la última vez que la había ido a recoger, es más, seguramente había sido la vez que había visto a Víctor por última vez. Dudé en ni responder, en hacerme el loco, pero finalmente, pensando que la cosa se quedaría ahí, le dije que no, que imposible que fuera yo. La conversación siguió y yo estuve a punto de cortarla innumerables veces. Quizás lo que pasaba era que en el fondo no quería hacerlo. Y sobre volaba constantemente el ansia de saber de Edu. Y acabé cayendo. Y tan pronto lo escribí supe que no había sido buena idea, que Víctor, de alguna forma, disfrutaría de tener más información que yo, y la usaría a cuenta gotas para demostrar su control y su superioridad:

—¿Y de Edu? ¿Sabes algo que me pueda interesar?

Aquel “que me pueda interesar” me sonó terrible tan pronto lo vi escrito. No me entendía ni a mí mismo.

—Pues… bueno, sabrás que hace unas cuantas semanas que es el jefe de María ¿no?

Me quedé petrificado. Le iba a escribir que no, que no tenía ni idea, pero tuve la suficiente lucidez para escribir lo contrario:

—Sí, sí, eso claro que lo sé.

—Bien. Oyes, ¿Qué te ha dicho María sobre por qué no fue a la cena de navidad?

—Se encontraba mal.

—¿Se encontraba mal? Creía que se habría inventado algo mejor.

Me sulfuré. Sentado en el sofá miraba el reloj compulsivamente. No entendía nada de lo que me contaba aquel cretino y María tenía que estar al llegar. Lo de que ella no me hubiera dicho que ahora Edu fuera su jefe, indudablemente me jodía, pero una especie de sistema de auto protección en mi subconsciente me indicaba que no pasaba nada y, sobre todo, que no preguntase más. Pero fui incapaz:

—¿Cómo que inventado algo mejor? ¿por qué lo dices?

—Hombre, sabrás que María le ha tanteado para repetir, para que se la folle otra vez.

Mi corazón de golpe se puso a ciento ochenta pulsaciones. “No me lo creo…” suspiré dos veces en voz baja. Mis manos, que hacía tiempo que sudaban, comenzaron a temblar, en espasmos incontrolables… Ya no sabía ni dónde estaba ni qué estaba pasando.

Víctor, aunque no obtuviera respuesta, actuaba como una hiena, sin intención alguna de soltar su presa:

—Y Edu la mandó a la mierda, porque está con Begoña, la de prácticas, y desde entonces ella le evita, lo que puede, porque es su jefe, por eso no fue a la cena de navidad.

No entendía nada. No me lo creía. Ni entendía el sadismo de aquellas frases. Sobre todo ahora que yo ni le respondía.

—Ni un puto jueves va ya a tomar nada, ¿no? —preguntó burlón, astuto, hiriente, y de forma retórica.

—No le apetece. —respondí sin saber ni lo que estaba diciendo.

—Ya… como la cena de navidad. Lo que no le apetece es sentarse al lado de Patricia, las dos folladas por Edu, sabiendo que ahora se folla a la chiquita nueva.

María entró por la puerta. Me cayó el móvil al suelo.

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