SEBASTIÁN FELGUERAS
I. El origen
La Habana, Cuba, 17 de febrero de 1827. Treinta cañones, de dos fragatas piratas, ponen bajo fuego la defensa de la estratégica bahía colonial. Un centenar de bucaneros avanzan en cuatro bergantines e intentan establecer cabecera de playa dos leguas al este de la fortaleza española. Al norte, mar adentro, se distingue la silueta del galeón desde donde se supervisa el ataque. Al mando, Jack S. William, último gran corsario del Caribe, conocido por amigos y enemigos como Lucifer.
Los primeros impactos sacuden la bahía, y sorprenden la reunión secreta que el Capitán General de la isla mantenía cada viernes en galerías subterráneas que conectaban la Catedral con el Palacio del Segundo Cabo. Las tertulias, con invitados de identidad reservada, alimentaban los rumores de acuerdos entre españoles y masones cubanos para librar una revolución independentista. Aunque también se hablaba, por lo bajo, de rituales paganos propios de creencia ancestrales de los pobladores que, tres siglos antes, habían presenciado la llegada del conquistador español.
Lawrence Cavanagh y Juan Cirilo Ovejero, eran dos veteranos combatientes contra los intentos ingleses de conquistar el lejano puerto de Buenos Aires. Concluida la independencia del Río de la Plata, se emplearon como mano de obra calificada en las milicias españolas de la isla mayor de las Antillas. Cavanagh, el irlandés, con grado de sargento artillero, mientras que Ovejero ostentaba el cargo de oficial de infantería.
Los cañones de la defensa respondían al incesante fuego pirata. Desde la defensa más alta ubicada en el morro apoyaban el fuego de las baterías de artillería ubicadas en la otra rivera del canal de acceso a la bahía. Los reportes al Capitán General informaban que las defensas se encontraban sólidas y que era cuestión de horas para que el enemigo pirata, viendo infructuosa su acción, se retire aguas adentro.
Lucifer, tenía otro plan, ese que el Capitán General desconocía.
Entre el fragor de los cañones a metros del casco urbano, los bucaneros habían desembarcado en las playas detrás del morro, y avanzando entre pastizales llegando al pie de la muralla que protegía la fortaleza estratégicamente ubicada en esa altura, desde donde se visualizaba, y controlaba, el canal de acceso a la bahía y, por ende, al asentamiento colonial.
Lawrence Cavanagh, ordena a sus soldados poner más ímpetu en el traslado de los barriles de pólvora hacia las baterías de altura. El nerviosismo, la impericia de algunos novatos y el cansancio permite que un barril se aleje del control de las manos de dos soldados y ruede por el barranco. Al girar la vista para detectar el destino del malogrado barril, el irlandés descubre la acción que nada ni nadie detendrá. Centenares de forajidos a la carrera abriendo fuego estaban a metros de poner de rodillas a la principal defensa de la isla.
El grito de alerta, la sorpresa de todos, la incertidumbre. El tiempo parece detenerse y la escena congelarse. Algún mando ordena que la infantería contrarreste el ataque. La batalla ya es cuerpo a cuerpo. Los gritos estremecedores. El olor a sangre comienza a despertar los instintos más primitivos.
Cavanagh desenvaina su espada y corre a la puerta del polvorín. Sabe que un disparo, o el incendio provocado, haría estallar el arsenal y todo acabaría en un instante. Lo sabe, pero no podrá hacer frente a tres espadas enemigas de fuerza desmedida, de guerreros enajenados que lo derriban a su paso. Tendido, boca abajo, intenta recuperar su arma,
pero no tiene control de su mano, que se hunde en su propia sangre. El choque de espadas, sables, puñales, o todo aquello que a un arma se parezca, invade la escena y lo atormenta más de la cuenta. Un cuerpo cae malherido a su lado. La vista ya se le ha vuelto difusa, pero logra reconocer a Ovejero. Sus ojos eran rojos, su cuello tenía un extraño tajo con una forma que no llegaba a distinguir producto de su estado agónico. El dolor de sus heridas lo desvanece antes de distinguir la empuñadura del puñal que Ovejero mantenía apretado con su mano, extrañamente por el lado del filo.
Los nubarrones de una inminente tormenta tropical se mezclaban en las columnas de humo de la batalla. Los cañones apagan sus gritos de fuego y la noche envuelve piadosamente los cadáveres que yacen tendidos a los cuatro costados del morro de la bahía.
Lucifer, el último pirata, mediante su catalejo, observa el final de la batalla. Había logrado lo que nadie, vencer las defensas de La Habana, y se dispone a saquear la ciudad.

Un comentario sobre “Juan FT Ovejero (1)

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