TANATOS12

Capítulo 24

Desfiló hacia el cuarto de baño con un porte abusivo, que rondaba la arrogancia. Dejándome al mando de su móvil y de aquella conversación que podría quedar en nada o dispararse. Por un lado me reconfortaba esa confianza para que yo me hiciera pasar por ella, pero por otro disfrutaba más cuando ella volaba libre en aquel tonteo, por no decir provocación.

Escribí exactamente lo que me pidió y me fui al dormitorio. Comencé a desnudarme mientras miraba de reojo si respondía. No me había quitado la parte de arriba y ya veía el móvil iluminarse:

—Es una pena porque me gustaría verte el culo —respondió y yo me quedé pensativo. Nervioso. Intenté imitar los tiempos de María, suplantarla exactamente, y acabé escribiendo un “pues mala suerte…”

Me quité los pantalones y pasó algo que no esperaba para nada. De todas las cosas que podría imaginar que podría responder, en absoluto podría pensar que yo apareciera en la conversación. Y es que leí:

—No habrás quedado con el chico aquel al que le gusta mirar.

Qué responder a eso… Desde luego la conversación no iba por los derroteros esperados.

Me desnudé completamente. María no podría tardar mucho más. Y busqué aquel arnés.

Mi novia entró en el dormitorio en el momento justo en el que lo acoplaba a mi cintura. Pero ella, al entrar, no se fijó en mí, si no que fue al móvil que yacía sobre la cama y comenzó a leer las pocas frases que nos habíamos escrito.

También se quedó pensativa unos segundos, tras los cuales la vi teclear.

—¿Qué le pones? —pregunté ansioso.

Ella seguía escribiendo, escribía bastante, sin responderme, y yo hacía tiempo ajustando del todo aquello, aquel cilindro, que me costaba más encajarlo al no tener el miembro demasiado erecto.

Finalmente no me dijo de palabra lo que le respondía, si no que me lo dio a leer: “Eso a ti no te importa. Y yo creo que quieres que salga para algo más que para verme el culo”. El chico le había respondido: “Claro que no solo para vértelo, para metértela por el culo también”.

Sentí mi miembro repuntar en el interior de aquella goma, miembro que parecía leer más rápido que el resto de mi cuerpo. De golpe María sabía jugar con él de una forma sorpresiva, como si guardase un saber innato. Álvaro escribió entonces: “¿Quieres más?” Y me quedé esperando su continuación un tiempo, en el que se podía leer, en la parte superior de la pantalla, la palabra “escribiendo”, así que se venía, seguramente, uno de aquellos párrafos enormes y explícitos en los que Álvaro daba rienda suelta a su imaginación y no escatimaba en vocabulario soez. Y yo no daba crédito a que fuera el mismo chico de las primeras frases, en las que parecía imposible que escribiera nada, siquiera, mínimamente picante.

Quise que fuera María la encargada de leer aquello que, cuanto más tardaba en plasmarse en la pantalla, más prometía. Vi que ella ya se había desecho de su falda, que colocaba sobre una silla con sumo cuidado, sin haberse quitado los tacones, y le devolví el móvil y me recosté en la cama, con aquel tremendo cilindro apuntando al techo. María caminaba por el dormitorio, fingiendo indiferencia, pero yo sabía que estaba tensa mientras esperaba la ansiada respuesta. Con una mano sujetaba el móvil y con la otra iba desabrochando los botones de su camisa de lunares. Supe el momento justo en el que le entró el mensaje, por su cara, de sorpresa, seguramente por el tamaño del texto, o quizás el texto contuviera alguna foto. Detuvo su paseo aleatorio y errante debajo del marco de la puerta de la habitación, y allí, de cara a mi, se apoyó y comenzó a leer. Leía nerviosa, tocándose el pelo. Inquieta. Podía notar como sus mejillas subían de temperatura y cómo su mano hasta le temblaba un poco. Su dedo descendía por la pantalla y me regaló una imagen que me dejó sin respiración:

Echó su cabeza a un lado, moviendo su melena bruscamente y acabó por desabrochar todos los botones de su camisa, mostrando un sujetador negro, de encaje, impactante, por elegante y por voluptuoso, con unas copas firmes que tenían la dura tarea de reprimir aquellas extraordinarias tetas. Y, no contenta con eso… una vez esa mano acabó su trabajo… la bajó, la coló bajo sus bragas negras… y supe el instante exacto en el que sus dedos alcanzaron su coño. Mi polla creció hasta el máximo, de nuevo en aquella prisión, y yo no sabía si ella leía o releía… pero comenzaba a masturbarse lentamente, allí, de pie, apoyada contra el marco de la puerta, en zapatos de tacón, medias, bragas y camisa abierta. De nuevo con aquellas medias de guarra. De nuevo sin quitarse los zapatos de tacón para leerle. De nuevo con la camisa abierta, y con su cara enrojecida. Con su mano que sujetaba el móvil, temblorosa… y con la otra mano hurgando… dándose gusto, placer… Creía que sería un momento, un calentamiento, que aquella paja era solo un preludio. Pero no: Cerró los ojos y dejó caer muerto el brazo que sujetaba el móvil. Y allí, de pie, con los ojos cerrados, como si yo no existiera, siguió y siguió masturbándose, dándome un espectáculo privado, aunque no daba la sensación, en absoluto, que se acordara de mí. Tres, cuatro minutos… flexionaba un poco las piernas… comenzaba a abrir la boca… y yo no daba crédito a que se fuera a correr así. Su mano aceleró, parecía usar dos dedos para frotarse el clítoris, veía su mano bajo sus bragas moviéndose con una maestría pletórica. Tras un “Mmmmm… ¡Ooh!” Dicho a toda velocidad, comenzaba un orgasmo, desvergonzado, pero a la vez discreto, con jadeos casi silenciosos, abriendo y cerrando la boca mínimamente y temblándole las piernas en el momento del clímax de una manera que llegaba casi a asustar.

Acabó por abrir los ojos. Y mirarme. Estaban llorosos del gusto que se había dado. A qué clase de seguridad había llegado para hacer alarde de semejante espectáculo. A qué nivel de conformidad con su cuerpo había llegado para gustarse así… En qué punto superlativo de conocimiento de su coño, de su cuerpo, había llegado para correrse de aquella manera…

Volvió en sí. Pensé que quizás había tenido suficiente. Miró su móvil otra vez. Escribió algo, rápidamente, y yo pensé que esperaría la respuesta, pero se acercó a mí y me preguntó si quería leer. Cogí su móvil y lo primero que leí fue la última frase de ella, que entrañaba una queja que nadie se podía creer: “Eres un guarro, hoy te has pasado de grosero”.

Subí por la conversación hacia arriba y comencé a leer, casi en diagonal. El chico le había escrito un un montón de cosas, de propuestas, pero llegué a una, quizás la más guarra, que parecía que tocara las teclas justas de María; volvía a incidir en follársela por el culo y volvía a insistir en que la follaría en el salón de su casa delante de todos sus amigos, pero esta vez ellos no solo miraban: “Te pondría a cuatro patas en el sofá, te rompería el culo, y mis amigos te irían metiendo la polla en la boca, uno por uno, durante horas”.

—Joder… —suspiré sin querer. Tremendamente excitado.

El chico no respondía, quizás se hiciera el duro, pues no me podía creer que se creyera que a María le hubiera molestado lo que le había escrito. Lo que vino después fue sencilla y llanamente la nueva María, o María la calienta pollas, como la llegaba a llamar durante el acto. Ella me llamó Álvaro desde el primer beso y nos volcamos en la sesión más larga y quizás más intensa que hubiera tenido nunca con ella. Gracias a aquel arnés follamos casi tres horas, en los que volví a penetrarla a cuatro patas mientras le metía un dedo en el culo. Su agujero estrecho acogía mi dedo con ansia mientras de su boca acababa gritando “¡Vamos, Álvaro! ¡Rómpeme… joder! ¡Rómpeme el culo!”. No contentos con eso acabamos por hacer uso también de nuestro primer consolador, el cual tenía aquella ventosa en la base, que nunca habíamos usado. Pegamos la ventosa al cabecero de la cama y yo me follaba a María como a una perra mientras ella comía la otra polla, y fingíamos que Álvaro la ensartaba desde atrás mientras sus amigos le follaban la boca sin parar. Yo veía como ella, con los ojos cerrados, gemía, completamente ida, y acogía la mitad de aquel otro miembro como podía… y le caía saliva por la comisura de sus labios, sobre la almohada, de una manera grotesca y abundante.

Durante las tres horas que follamos no se quitó las medias ni los zapatos. Yo fingí que era un favor que ella me hacía, cuando sabía que era al contrario. María tuvo varios orgasmos, cada cual más brutal, cada cual más salvaje, y de nuestras bocas salieron frases que yo creía que nunca pronunciaríamos ni escucharíamos.

Cuando ya no podíamos más la penetré sin arnés, como era costumbre, sintiendo, o no sintiendo, aquella amplitud que me humillaba, aquel silencio vejatorio. En misionero la embestía haciendo uso de las pocas fuerzas que me quedaban, nuestros cuerpos eran todo sudor, sudor que se había hasta enfriado. María subía las piernas y se agarraba a mis nalgas en silencio y yo me agarraba a las suyas y las sentía empapadas y casi frías. Llegó a subir las piernas aún más, y las flexionaba, para que la penetrase mejor, y hasta así, en una postura, con sus piernas tan arriba, que pudiera parecer ridícula, ella parecía mantener aquella elegancia. De nuevo guarra y elegante a partes iguales.

Tras tres horas de sexo, parecía imposible que pudiera correrme, pues el rozamiento era nulo, y María, sabiéndolo, acabó por proponerme que me corriera en sus tetas, la fantasía de Álvaro, pero finalmente conseguí vaciarme dentro… sintiendo un placer y una conexión inmensa. Y nos dio igual que mi polla, al encogerse, se saliera y se derramara semen por la cama… nos dormimos así, prácticamente con un cuerpo dentro del otro y María sin quitarse las medias y los zapatos.

Aquello acabó por convertirse no solo en lo habitual, si no en el único tipo de sexo que teníamos.

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