XAVI ALTA

Vanesa. 8

“Tienes que levantarte, debo irme ya. Tengo una comida a la que no puedo faltar” escuchó a su izquierda. Lo miró de soslayo mientras se incorporaba en otra cama extraña. No quiso mirarle directamente. Ya lo había visto lo suficientemente cerca, demasiado cerca. Lo había olido. Lo había sentido. Lo había sufrido. Joder, ¿dónde coño estarían sus bragas? Sentada, al borde del catre, se agachó para recogerlas, junto con el resto de su ropa. Estaban rotas, cómo no. Le habían costado baratas, así que tampoco le dolió demasiado. Era su mente la que la hería. Sus impulsos. Qué estaba haciendo, volvió a preguntarse por enésima vez.

Otro jueves que no había querido ira a la Universidad. Otro jueves que había querido quedarse en casa, pero no había podido. Desde que hacía unos seis meses el Hospital Comarcal donde trabajaba su madre había presentado el primer expediente de regulación de empleo, sabían que tarde o temprano le llegaría el turno. Y así había sido. Desde primeros de enero, las catorce enfermeras que cubrían pediatría habían tenido que reducir su horario a 20 horas semanales. Así que la mujer había pasado a media jornada, turno de tarde, por lo que de buena mañana Vanesa debía salir de casa puntualmente según sus obligaciones universitarias si no quería tener que aguantar a su madre. Se le acabaron las campanas.

Ya en la calle, era otro cantar. No se dirigía a la facultad. O sí, pero no llegaba a entrar. Como esta vez. Había pasado la parada del metro que la debía llevar a estudiar y se había apeado 4 estaciones más allá. En el centro económico de Barcelona.

Llevaba un par de horas matando el tiempo tomando un café con leche y un croissant en una cafetería pseudo-elegante, de las que se llenan de ejecutivos y oficinistas, cuando un hombre se le acercó. Rondaba la cuarentena, vestía elegantemente y rompió el hielo con una de las preguntas más tópicas del ligoteo habidas y por haber. “¿Eres modelo, verdad?” Ante la negativa de la chica, el galán, por llamarlo de algún modo, le estuvo exponiendo las grandes cualidades que ella poseía para la pasarela, pues eres alta, guapa y elegante.

Vanesa no le hizo ni puñetero caso. Otro, se dijo, que quiere que me abra de piernas. “¿Por qué no?”, se preguntó, “tampoco tengo nada mejor que hacer”. Así que, a la media hora, harta de halagos exagerados y zalamerías variadas, lo cortó de golpe. “¿Si quieres acostarte conmigo, porqué no me lo propones directamente?”. El tío la miró sorprendido en un primer momento, para a continuación, examinarla de arriba abajo como a una vulgar puta.

No se anduvo con medias tintas. Le pagó el café y la pasta y la llevó a un lugar más discreto, agarrándola de la cintura tan pronto salieron del bar. Dos manzanas más lejos, entraron en un hotel sencillo, limpio y barato, donde alquiló una habitación hasta mediodía. La mano ya no estaba en la cintura, se había aposentado en su nalga derecha nada más cruzar el hall y allí se mantuvo hasta que entraron en la habitación.

Ya en la jaula, todo empezó según lo previsto. Cuatro magreos acompañados de un par de besos, fríos aunque no desagradables. Sabía a café y sus manos no eran especialmente rudas. “Desnúdate, quiero verte”, fue su primera orden, que ella obedeció sin inmutarse. De ahí, una evolución tópica. Sentado en el borde de la cama, la sobó a conciencia, aprovechando su desnudez, para a continuación ponerla de rodillas en el suelo, “venga, pónmela a punto”, y a los pocos minutos tomarla a cuatro patas sobre la cama.

Otro polvo rutinario, a sumar a la decena larga que llevaba ese mes de enero. O eso pensaba mientras descansaban tumbados en la cama. Pero de haber acabado allí el encuentro, no se estaría dirigiendo a casa con un profundo malestar, las piernas, los brazos y las nalgas doloridas y con ese insoportable dolor de cabeza.

“¿Cuánto me vas a cobrar?” había supuesto el pistoletazo de salida de la segunda fase. Nada, contestó. La amplia sonrisa del tío, sin parecerle afable, tampoco le permitió presagiar lo que se avecinaba.

Se le echó encima para besarla, con ansia, babeándola, lo que provocó que ella girara la cara en el tercer o cuarto morreo. Él continuó con sus besos repugnantemente lascivos recorriendo su cuerpo, del cuello hasta las ingles, deteniéndose un buen rato en los duros pezones de la joven. Se dejó hacer. E ilusa, se alegró cuando le separó las piernas y le apartó las bragas, que se había puesto al final del primer asalto, para lamerle el sexo. No se había corrido en semanas, así que agradeció el gesto. Igual lo lograba. Un espejismo.

Los labios y la lengua dieron paso a los dientes. Suaves al principio, dolorosísimo el segundo mordisco en el pezón izquierdo. Vanesa gritó, intentando sacárselo de encima, pero el suplicio acababa de empezar. El forcejeo la ladeó, lo que provocó que el cerdo la girara del todo. Agarrándola de la cintura, logró levantarle el culo, le arrancó la poca tela que lo cubría e intentó penetrarla, pero los movimientos de la joven se lo impedían, así que la asió del cabello, con fuerza para demostrar quién manda aquí, ordenándole estarse quieta. Zorra. La penetró. Una mano en la cadera. La otra aferrándole la melena. Estaba indefensa, por lo que se dejó hacer. Que acabe lo antes posible. Pero no fue así. Después de incontables culetazos agresivos, se la sacó. Le soltó el pelo para magrearle las nalgas con las dos manos. Y entonces lo hizo. Intentó meterle un dedo en el culo. “Eso no”, gritó apartando su cuerpo del de su agresor. Pero él se le echó encima de nuevo, utilizando todo su cuerpo para inmovilizarla. “¿Qué pasa, putita? ¿Ahora nos sale la mojigata?”. “Haré lo que quieras, pero por el culo no, por favor”. Pero no hizo caso.

La salvó la propia avidez del hombre. Rudo, precipitado, sobreexcitado. No logró más que apuntar en la dirección correcta, pero fue incapaz de entrar ni un milímetro. El ano quedó intacto, no así sus caderas, ni sus nalgas, ni sus brazos.

Reanudó la penetración vaginal, desde detrás, mientras rabioso la emprendía a golpes contra toda la piel que tenía a mano. Vanesa hundió la cabeza en la almohada, cual avestruz, ahogando lágrimas y lamentos. Hasta que la llenó. No se había puesto preservativo esta vez pero le pareció el menor de los males, aunque podía convertirse en el peor.

Ni se planteó lo que le diría a su madre al llegar. Solamente deseaba una ducha y acurrucarse en su cama. Pero no llegó a entrar en su portal. Un mueble de oficina se interpuso en su camino. Una mesa de despacho de abedul blanco salida de una camioneta de reparto entraba en el portal anterior al suyo, demasiado deprisa. Demasiado aturdida, caminaba ella. Lo que provocó el choque haciendo trastabillar a los dos jóvenes que sujetaban el escritorio, que acabó en el suelo, así como el bolso de Vanesa.

Un hombre de bigote y cabello cano se le acercó raudo a asistirla, haciendo caso omiso a la mesa de 1.995€ para su nueva consulta que pudo haber acabado más dañada de lo que realmente quedó. Le preguntó si se había hecho daño tocándole ligeramente el brazo. Aún dolorido de uno de los azotes matinales, ella frunció el ceño ligeramente, lo que le confirmó al Doctor Damián Dante que la joven se había lastimado en el golpe.

Era tal la necesidad de curas, mimos y cariño de Vanesa, que cuando éste se presentó y la obligó a dejarse atender en el piso que se convertiría en breve en su nueva consulta, ésta se dejó llevar. Allí conoció a Estela, la enfermera-recepcionista, y al hombre que la sacaría del oscuro pozo, cual cubo de agua dulce.

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