ANNABEL VÁZQUEZ

—Mi segunda moto.

Repito esa frase una y otra vez. Miro mi Vespa negra de segunda mano y la acaricio. Antonio y María no únicamente me han dado una moto en buenísimas condiciones, sino que además, han pagado el seguro a mi nombre durante el primer año. Así que no tengo nada de lo que preocuparme.

«¡Qué ganas tengo de ponerla en marcha otra vez!»

Cojo mi casco negro y blanco. Huele a mí. Me encanta. Eso sin contar la de recuerdos que me trae de Barcelona.

Sin posponerlo más, decido ir a dar una vuelta para probarla bien. Tengo el día libre y pienso disfrutarlo al máximo. Ahora puedo ir a cualquier lugar, sin duda, este ha sido el mejor regalo que podían hacerme.

Me pongo unos vaqueros y una chaqueta ancha de neopreno abrochada hasta el cuello. Me miro al espejo y sonrió. Luego me recojo el pelo, me enfundo el casco y me subo en la moto. Estoy muy emocionada, no recuerdo haberme sentido así en mucho, mucho tiempo.

La adrenalina corre por mis venas no bien pongo la moto en marcha. Doblo las muñecas dándole gas y acelero un poco antes de frenar bruscamente.

Me siento algo insegura todavía. Esta vez consigo respirar pausadamente antes de volver a acelerar y curiosamente, no siento la necesidad de frenar.

Mi cuerpo se adaptaba perfectamente a la forma de la moto, es como si ya formara parte de ella mientras avanzo a velocidad media por los estrechos senderos de tierra.

Mi llegada no pasa inadvertida en el pueblo. La gente me mira con estupefacción e incluso me señalan. Me giro continuamente para ver a todas las personas que, atónitas, me observan.

«¿Qué pasa? ¿Nunca han visto una moto o qué?»

Acelero un poco más y asciendo una cuesta pronunciada sintiendo como los desgastados adoquines me hacen temblar.

Me muerdo el labio inferior; la velocidad me encanta.

Después de recorrer un gran número de calles, no puedo negar que Nápoles es preciosa, algo antigua también, pero con mucho encanto. La gente parece no haber evolucionado en este lugar, sigue aferrada a sus tradiciones y costumbres como el primer día. No he hecho muchas amistades todavía, pero me siento de alguna manera acogida, perteneciente a este lugar tan distinto y alejado de todo cuanto conozco. No es más que un simple sentimiento que me dice que este es mi sitio, aquí es justo donde debo estar.

Me deleito con las estatuillas de la virgen que hay en las fachadas, las flores coloridas colgando de los balcones y ese característico olor a orégano que lo envuelve todo y siento que, no hay un lugar mejor en el mundo. Me sorprende también ver en muchos de los cristales de los establecimientos la foto de Maradona. Hago una mueca, no entiendo de futbol. Seguramente Iván podrá aclararme por qué está presente en este lugar, como la virgen y los santos.

Me giro ligeramente al percibir un ruido familiar a mi espalda. Me exalto al ver dos motos negras que me siguen de cerca. No dudo en acelerar para dejarlas atrás. He salido de lo que parece ser una pequeña urbanización y la zona asfaltada ha terminado, pero eso no me detiene, sigo ascendiendo el camino empedrado eludiendo el hecho de que esas motos no tardarán en darme alcance.

«¿Dónde diablos me estoy metiendo?»

Las motos de mayor cilindrada que la mía se colocan rápidamente a ambos lados. Abro los ojos sorprendida cuando uno de los hombres que me persigue es Marcello.

—¡Quítate el casco! –Me ordena con severidad.

Me giro bruscamente, decido acelerar un poco más ignorando su petición, pero él también acelera para acoplarse a mi marcha.

—¡Quítate el casco ahora mismo! –Repite elevando el tono.

Le miro sin comprender a qué viene esa extraña petición. No puedo quitarme el casco porque a este tío se le antoje, ¡quién coño se cree!

Dispuesta a salirme con la mía, giro el rostro dirigiéndolo únicamente al frente.

Marcello me mira intensamente pero esta vez no dice nada, en lugar de eso se pone de pie en la moto y salta en mi dirección, desestabilizándome. Su moto cae al suelo haciendo un ruido estrepitoso, él se sube a la mía y empujándome con brusquedad me hace caer al suelo.

La moto rueda alejándose unos cuantos metros, mientras yo quedo presionada entre el suelo y el cuerpo de este hombre insufrible. Me revuelvo inquieta intentando alejarlo de mí, me agita la ansiedad junto a la desesperación que su contacto me ocasiona. El estómago se me revuelve y emito un chillido mientras lucho con todas mis fuerzas para despegarlo de mí. Sus manos abandonan mi cintura y me arrebata el casco de un brusco estirón. El pelo se me alborota mientras el calor asciende por todo mi cuerpo hasta alojarse en mis mejillas.

—¡Eres tú! –Exclama arrugando el entrecejo.

—¡No me toques! ¡Suéltame! —Chillo mientras pataleo debajo de él hasta que se hace a un lado.

Rueda hacia la izquierda rápidamente, luego hace un gesto con la mano a su amigo indicándole que puede marcharse. Este se resiste, pero tras una amenazante mirada suya, finalmente cede. Coge su moto y se aleja.

Me siento sin dejar de respirar con ansiedad. Intento por todos los medios serenarme pero el corazón, atemorizado, no deja de latir desaforadamente contra las paredes de su concavidad.

Él se levanta y se sacude el polvo de los pantalones. Luego me ofrece su mano para ayudar a incorporarme. La rechazo y me pongo en pie sin ayuda.

Alza las manos hacia arriba, dándome por una causa perdida y tuerce el gesto.

—Nada de contacto. Entendido.

—¿Por qué has hecho eso? –Pregunto dolina una vez he vuelto a recuperar toda mi fortaleza.

—¡Los cascos están prohibidos! –comenta como si hubiera cometido un grave delito.

—¿Pero qué dices? ¡El casco es obligatorio!

—No aquí, ya se lo he dicho.

Camino hacia mi moto e intento levantarla. Marcello se adelanta para ayudarme. Con mi habitual autosuficiencia hago un gesto impidiéndole acercarse más; puedo sola. En cuanto consigo ponerla en pie le echo un rápido vistazo.

—¡Mira lo que has hecho! ¡Se ha rayado, no tenías ningún derecho a detenerme de ese modo! –Le recrimino con el dedo acusador.

—Le ordené que se retirara el casco y no me hizo caso. No tuve alternativa.

—¡Yo no tengo por qué seguir tus órdenes! Acepté a pagar el impuesto pese a que no estoy de acuerdo, pero que intentes controlar mi vida y cada cosa que hago… eso no lo haré. Ni ahora ni nunca. Ya puedes llamar a tus matones o a quién te dé la gana.

—¡Señorita Montero, tranquilícese! Yo no intento nada y tampoco voy a llamar a mis matones, como dice usted. Simplemente, cuando decida salir en moto deje el casco en casa. Aquí todos somos transparentes, sospechamos de los que se quieren ocultar. Deberá aprender a seguir las normas si no quiere tener problemas.

—¡Increíble! Vamos… ¡lo que me faltaba por ver, que un ravioli vuelva a amenazarme! ¡Ah no, eso sí que no! ¡Por ahí no paso! –comento en voz baja para mí.

—¿Acaba de llamarme ravioli?

Su cara de sorpresa me hace gracia. Obviamente no me río, estoy demasiado enfadada.

—¡Sí! —Respondo con contundencia.

Arruga el entrecejo, hace una mueca y sacude incrédulo la cabeza delante de mí.

en cuanto logra recomponer su expresión suspira, se relaja y me mira. Parece haber recuperado la seriedad que siempre le precede, decide omitir mis provocaciones.

—Será mejor que me haga caso en esto. No se oculte cuando vaya en moto.

—¡Yo no me oculto de nada! ¡Por Dios, solo es un casco!

Impulsivamente me subo en la moto e intento darle gas bajo la atenta mirada de ese italiano corrupto y controlador. Salir corriendo de ahí me parece la mejor opción.

Giro varias veces la muñeca intentando ponerla en marcha, pero esta no responde.

«No sé por qué no me sorprende…»

Le dedico una mirada llameante.

—¡Genial! No funciona…

Él me contempla con los labios prietos. Esforzándose por mantener una expresión impasible.

—¿A ver? Déjeme a mí… —Dice mientras espera a que me aparte para tomar el relevo.

Marcello se abre paso e intenta ponerla en marcha, sin éxito.

—¿De dónde ha sacado esta chatarra? –Me pregunta riendo.

—¡No es ninguna chatarra! –Espeto ofendida— Era una moto estupenda hasta que te encargaste de romperla.

Le hago un gesto con la mano indicándole que se baje. Cojo el ciclomotor del manillar y me dispongo a bajar la cuesta presionando levemente la palanca del freno.

Él me contempla atónito un rato, hasta que decide volver a perturbar mi paz.

—¿Piensa llegar así hasta su casa?

Emito un bufido.

—¿Ves algún otro medio de transporte por aquí?

Marcello ríe y me sigue divertido colina abajo, mientras observaba como invierto todo mi esfuerzo y energía en reconducir la moto por el vasto terreno de tierra.

—¿Es consciente de que tardará como tres horas en llegar al pueblo con ese trasto?

Muerdo mi labio inferior con fuerza y profiero por lo bajo un insulto que Marcello capta en el acto.

—¿Qué me ha llamado señorita Montero? –Pregunta desencajado, ocultando una maliciosa sonrisa.

—Ca – pu – llo. –Separo cada sílaba con contundencia.

No me da miedo. Ni siquiera me intimida un poco en este momento, así que no tengo motivos para ocultar el rechazo que me inspira.

Él me mira anonadado. Le echo un vistazo de soslayo y percibo sus ojos claros crispados, aunque también hay una chispa de humor negro en ellos.

—Pasaré su insulto por alto por segunda vez porque entiendo que esté enfadada. Pero será la última señorita Montero. Diríjase a mí con más respeto a partir de ahora.

—No tengo por qué respetarte. El respeto se gana, no se exige.

—Bueno, bueno, bueno… ¿ahora va a darme lecciones de moralidad? ¿Le recuerdo todos los favores que he hecho desinteresadamente por usted?

—Después de darme una monumental paliza, claro…

Abre la boca. Percibo su enfado y comprendo que eso debería acobardarme, pero esta vez me siento fuerte. Decidida a no ceder ni dejarme intimidar por nadie, por mucho poder que tenga.

—Yo jamás la he tocado.

—Pero sí ordenaste a otros que lo hicieran. Es más, insistes en torturarme llevándolos cada lunes al bar, no vaya a ser que se me olvide todo lo que me hicieron.

Sus ojos se abren nuevamente sorprendidos, lo cual me desconcierta.

Bufo desesperada parándome en seco para cuadrarme enérgicamente frente a él. En cuanto nuestros ojos se encuentran de pleno, me doy cuenta de su aflicción.

Decido hablar y concentrarme en el presente:

—Ahora que ya has conseguido que me quite el casco ¿Por qué no te largas y me dejas en paz? –Espeto irritada, vacilándole, demostrándole que no me intimida en absoluto. Ni él, ni sus estúpidos secuaces.

Marcello vuelve a recuperar la expresión de antes. Ríe y niega varias veces con la cabeza, atónito.

—Ahora en serio, Ingrid, debería tratarme con más respeto. No soy de los que se dejan maltratar de ese modo por una mujer.

—No me hables de maltrato… —le digo retándole.

—De acuerdo –admite—. Ya estoy cansado. ¿Quiere que me vaya?

Le miro reprendiéndole.

—Haz lo que quieras, al fin y al cabo, tú mandas ¿no?

—Está bien.

Da la vuelta y se dirige hacia su moto. Yo sigo caminando sin mirar atrás.

Cuando quiero darme cuenta lo tengo al lado. Incluso aminora la marcha para acompasar mi paso.

—Suba. Puedo acercarla hasta su casa  –me ofrece con voz dura, todavía molesto.

¿Cómo hace para que su ofrecimiento suene tan autoritario? Supongo que son años y años de tener a gente a su servicio, comiendo de la palma de su mano y obedeciéndole en todo. Eso es lo que le otorga cierto poder. Pero por muy firme que sea su voz, no pienso hacer lo que me pide.

—No, gracias. Ya me las apaño yo sola.

—Sopese bien sus opciones, Ingrid. Le ofrezco llevarla una vez más, si se niega, no volveré a decírselo, me iré sin más.

Le miro dudando.

«Lo cierto es que caminando puedo tardar horas hasta llegar a casa, eso sin contar que se hace de noche y mi sentido de la orientación es algo… ¿cómo decirlo? Lamentable. ¡Joder, joder, joder! ¿Por qué no llegará el transporte público hasta aquí? Odio tener que darle la razón, encima me está contemplando con una sonrisa socarrona».

—Usted decide –me recuerda demandando una respuesta.

Su regocijo me exaspera, me dan ganas de negarme solo por dejar de ver esa cara de sabelotodo.

Finalmente claudico. Le miro con recelo y opto por dejar la moto sobre el suelo.

«Tengo que ser realista. Además, es completamente imposible que pueda cargar semejante peso por toda Nápoles. Me duele el cuerpo entero y… ¡a la mierda! estoy a punto de endeudarme más con este indeseable, pero ya puestos… decido aprovecharme de él».

—No se preocupe por la moto. Diré que vengan a buscarla.

Asiento y subo detrás de Marcello con resignación.

—Será mejor que se coja fuerte, me gusta la velocidad. ¡Ah! Y a mí no me importa que me toque…

Le carbonizo con la mirada.

«¡Cabrón!»

Me subo a ese cacharro infernal. Es enorme y nada más me coloco detrás de él, la forma del sillín  me obliga a deslizarme hacia delante. Siento un escalofrío al estar tan cerca de él, de un hombre otra vez. Un ser torturador que no duda en hacer añicos el amor de las mujeres. Siento una rabia infinita hacia su persona y hacia su sexo. Pero ahora me obligo a no pensar en eso. Me propongo simplemente ignorarlo. Me aferro fuerte a su cintura con ambas manos. Cuando él percibe mi contacto empieza a acelerar. Encima le veo sonreír por el espejo retrovisor. Me dan ganas de pellizcarle fuerte y borrarle esa estúpida sonrisa de la cara.

La moto desciende rápidamente sorteando los pequeños obstáculos hasta llegar al camino asfaltado. Cierro los ojos con fuerza en cuanto el viento me azota la cara y alborota mi cabello debido a la excesiva velocidad que ha alcanzado su vehículo en carretera. Paso unos minutos angustiosos. Estoy terriblemente tensa hasta que la velocidad disminuye progresivamente y su voz, tranquila, añade:

—Ya hemos llegado.

Abro los ojos y me sobresalto tras comprobar que, efectivamente, estoy frente a la verja oxidada de mi finca.

—¡Ay! –Exclama desconcertándome.

Enseguida me doy cuenta de que sigo abrazada fuertemente a su cintura y eso me hace enrojecer. Deshago rápidamente el abrazo agradeciendo que no me haya tocado para deshacer el nudo.

—¡Perdona! –Me obligo a decir a regañadientes.

—No hay nada que perdonar, ha sido… interesante.

—¿El qué? –Pregunto a la defensiva.

—Parece que yo no puedo ni tan siquiera rozar su piel, pero usted sí puede agarrarse con fuerza a mí. Así que la teoría de la alergia por contacto queda descartada —me mira descaradamente— ¿Qué otra cosa puedes ser?

Aprieto los labios y me dispongo a abrir la reja. Antes de entrar en mi terreno escucho:

—Buenas noches.

Me giro, asiento forzosamente. Él sonríe y da un pequeño acelerón a su moto para desaparecer rápidamente de mi vista.

En cuanto me veo sola me permito el lujo de respirar aliviada. No sé qué voy a decirle a María mañana, cuando vea que voy al trabajo a pie. Me da vergüenza admitir que en un solo día me he cargado la moto que tan amablemente me regaló.

 

 

Me levanto. Me ducho y hago lo mismo que todos los días para esconder las curvas de mi cuerpo. Poniendo un gran esmero, me oprimo cuidadosamente el pecho con una venda y decido vestirme con una sudadera ancha y unos vaqueros. Mientras me pongo los pantalones observo que he perdido algo de peso, pero desengañémonos, sé que siempre llevaré a cuestas unos quilos de más.

Miro mi cuerpo y sencillamente lo odio. Odio mis pechos demasiado grandes para esta cintura estrecha. Ahora me fijo en mis caderas que van en consonancia con el tamaño de mis pechos y mi trasero respingón. Me asaltan unas enormes ganas de llorar porque las formas de mi cuerpo no me hacen pasar desapercibida.

«No me extraña que Lucas me dejara. De hecho me sorprende que aguantáramos dos meses juntos».

Me enfundo la sudadera y la dejo caer por debajo de mis caderas asegurándome que quedan bien ocultas.

Cojo todo lo necesario y en cuanto salgo por la puerta, me quedo paralizada.

Mi moto está justo delante, de un color negro intenso, sin ralladuras ni golpes. No únicamente me han arreglado los desperfectos, la han mejorado. El tapizado del sillín ya no está desgastado y los faros han sido substituidos por otros más modernos.

Pero lo que más llama mi atención es un casco jet que cuelga del manillar, de los que dejan la cara completamente al descubierto.

Despego un trozo de papel con celo pegado en él.

 

“Casco especial para la Señorita Montero. Así todos contentos. M.L.”

 

«¡Idiota! Se estará riendo ahora mismo».

La rabia por saber que este favor procede de él, ensombrece la astucia de la broma.

«¡Genial, Ingrid! Ya has conseguido estar en deuda con él. Una vez más. Tú ve acumulando que ya se encargará de pasar factura».

Sin pensármelo dos veces arrojo el casco al suelo y me subo en la moto. Debo reconocer que las mejoras son significativas. Y si no fuera por la rabia que siento ahora mismo, incluso podría estar contenta y feliz.

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