MOISÉS ESTÉVEZ

Ríos desbordantes
inundan los acerados,
hormigonados y sucios.
Gente en las calles…
Una suciedad aparentemente quieta, pero que aparece y desaparece
como por arte de magia, al igual que ellos, nosotros. De la casa al trabajo, del
trabajo a casa, con una efímera visita al Deli de la esquina para hacernos con
algo de comida.
Dejamos por el camino un reguero de polución que la urbe ya no puede
absorber en su totalidad pese a sus titánicos esfuerzos.
Ora grandes bolsas de desperdicios se amontonan, ora estas son
retiradas por brillantes brigadistas de recogida de residuos.
Mientras, encarcelados estamos en nuestras vidas, prisiones
personales. Dormimos, nos despertamos, damos los primeros pasos del día,
conducimos, esperamos rutinariamente a que llegue el metro, picamos la
entrada en los centros de concentración humana a los que eufemísticamente
llamamos ‘trabajos’, vaya palabreja, en pos de un mísero sueldo que nos dé
para el alquiler, picamos la salida buscando una evasión que no llega, ni
llegará, anhelando al menos un futuro ‘weekend’ que nos dé un respiro, viendo
el partido, tomando unas copas… un paréntesis que la ciudad si nos puede
brindar en forma y modo de arquitectura evasiva, mastodóntica, que nos tiene
atrapado, sin cerciorarnos del círculo vicioso al que estamos sometidos, que
como bien representa Uróboros, cíclicamente no tiene fin…

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