XAVI ALTA

Paula. 8

Tristán e Isolda. Calisto y Melibea. Hjalmar e Ingeborg. Tirant y Carmesina. Romeo y Julieta. Don Quijote y Dulcinea.

Paula era una lectora voraz, algo no muy habitual en jóvenes estudiantes de carreras mixtas o científicas. Pero Paula no era una estudiante típica. Estudiaba Administración y Dirección de Empresa porque le gustaba, porque se le daban bien las matemáticas y también las ciencias sociales, porque veía que podía ofrecerle un futuro prometedor. Pero Paula podía haber estudiado cualquier otra carrera, empezando por Medicina cuya nota de corte era la más alta de todas las puntuaciones de acceso universitario, aunque inferior a la que presentaba el expediente de la joven. Arquitectura también sonó en su cabeza, pues se veía capaz de proyectar hospitales, centros sociales y colegios para compensar a los más necesitados. Ciencias sociales, Psicología, Derecho, todas eran graduaciones que en algún momento de su vida habían supuesto una posibilidad universitaria. Pero optó por ADE y estaba convencida de haber tomado la decisión correcta. Sobre todo porque era la misma carrera que había elegido Martín.

La literatura medieval era una de sus grandes pasiones. La cultura en general la estimulaba y solía darle los mayores momentos de placer, mejor dicho, de disfrute intelectual pues el placer lo había conocido abrazada a Martín.

Martín. Martín. No sólo el nombre estaba grabado en su mente. También su olor, su sabor, sus gestos. ¿A cuál de sus héroes medievales se asemejaba más Martín?  A Tristán, el joven caballero capaz de enfrentarse al rey de Cornualles con tal de preservar el amor verdadero.  A Calisto, el bello noble castellano que no permite que nada ni nadie se interponga entre él y su amada. A Hjalmar, el héroe vikingo que no ceja en su empeño hasta convencer al rey noruego que sólo él llevará a su hija a la felicidad eterna. A Tirant, el bravo caballero valenciano que conquista el corazón de su amada mientras somete a los turcos en Bizancio. A Romeo, el amante por antonomasia, que prefiere renunciar a su linaje antes que renunciar a su amada. A Don Quijote, no este no, este no sabía lo que hacía, aunque tal vez esté tan loco como él para amar a una chica como ella.

Tumbada en la cama de su habitación, leyendo en la distancia los lomos de su vasta colección de clásicos literarios, no sabía por qué personaje decantarse. Tal vez no debía elegir a ninguno. Sí, eso era, Martín era la síntesis perfecta del héroe amoroso. La caballería de Tristán, la clase de Calisto, el temperamento de Hjalmar, la pasión de Tirant, la valentía de Romeo, la locura de Don Quijote.

Otra vez habían estado juntos, otra vez se habían amado. Con tiempo suficiente para dar rienda suelta a su pasión, a su necesidad, después de semanas de encuentros furtivos, rápidos y apresurados en los baños del segundo piso de la universidad, donde los profesores tienen sus despachos pero suele haber muy poco tráfico. Dos veces habían hecho el amor, había habido coito, había sentido su sexo colmado por el sexo de Martín. Las otras, siete en tres semanas, sí, las tenía contadas, él le había pedido una felación, lo necesito, te necesito, y tenemos poco tiempo, a la que ella se había prestado con la mayor de las sonrisas y un anhelo desmedido por complacer a su adorado príncipe. Te necesito, esa era la contraseña que abría su corazón.

Esa tarde, a primera hora, la había invitado a su casa. Por primera vez desde las vacaciones de Navidad había vuelto al sagrado templo donde el tiempo se detenía. Para ello, había tenido que faltar al trabajo en la gestoría y mentir a sus padres, un precio exiguo a tenor de la recompensa obtenida. Habían hecho el amor, otra vez en mayúsculas, se habían convertido en un único ser, en una simbiosis perfecta entre dos animales verdaderamente enamorados. Martín, como siempre la había tratado con dulzura, la había hecho volar y ahora, tumbada en la cama de su habitación de piso de extrarradio, sentía que aún flotaba.

Lo de menos habían sido algunos contratiempos. No le había importado que Martín no tuviera preservativos, así lo sentía mejor, tampoco que ella hubiera tenido que marcharse al poco de acabar el encuentro, qué lástima no poder alargarlo unos minutos, unas horas, pero su amado tenía un asunto urgente que atender y aún así había encontrado un hueco para ella.

Además, se había llevado los apuntes de su héroe para pasarlos a limpio y prepararle un esquema para el trabajo de Economía Política que su príncipe debía presentar en dos semanas. Así, aún la querría más y asentarían su relación de pareja. Te necesito, quería oírle decir de nuevo.

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