MARCELA VARGAS

Érase una vez una tarde naranja y templada que cubría una casa localizada en el antiguo barrio John Kennedy. Una muchacha, residente reciente, se encontraba sentada en el único escalón que había en la entrada del inmueble. Se trataba de Graciela, de 20 años, quien vivía junto a sus padres (con el plan de quedarse allí hasta finalizar sus estudios universitarios). Ella, desde que se mudó junto a su familia (una semana atrás), comenzó a tomarle importancia a una frondosa arboleda ubicada a varios metros de distancia, donde se situaba el Jardín Botánico “Alberto Roth”, considerado el pulmón verde de la ciudad de Posadas. Es que desde allí, solían brillar dos luces amarillas, con forma de pequeñas semillas de cítricos en posición horizontal. Un par de ojillos suspendidos por debajo de las copas.

Antes de proseguir, vale acotar que los lugareños, al igual que el resto de Misiones    -una provincia argentina-, crecieron con miedo a ese ser de ojos amarillos y oscuro cuerpo difuso, conocido como el Isondú, que en idioma guaraní significa bicho de luz. Este, según la creencia, vivía oculto en los montes y extraviaba a quienes ingresaban en ellos, hipnotizándolos con sus brillantes órganos de la visión. Con el tiempo, ese temor generalizado fue mermando hasta convertirse en recuerdos hilarantes; en gran parte, por el avance desmedido de la deforestación, la urbanización y las nuevas tecnologías. De ahí el desconcierto de Graciela, quien se había olvidado de dicho ser, al que creía ya extinguido.

La veinteañera, de cabellos cobrizos y enrulados, no habló a nadie sobre esto porque suponía que lo tomarían como un chiste, pero volcó en un diario sus impresiones al respecto, ya que era aficionada a la escritura. Aunque desde su juventud perdió la motivación porque creía que lo había visto todo, lo cual se traducía en una escasa obra literaria. En uno de los párrafos más recientes, se podía leer:

“¿Qué puedo escribir? Necesito armar otro relato, pero se me han acabado las ideas. Y, para variar, tengo muy poca experiencia de vida. Si tuviera más, por supuesto que dispondría de mucho material a partir del cual generar ficciones… Realmente, no sé qué hacer. Escribo esto en mi habitación, desde la cual vislumbro la arboleda en la que vive ese extraño ser de ojos luminosos. (Es de mañana, y tales ojos no son visibles a la luz del día, por eso es que ahora me atrevo a mirar hacia la mencionada vegetación). Y, mientras, pienso que eso es lo único interesante que me ha pasado en este barrio hasta ahora. Lo único relevante; y, sin embargo, salgo por la puerta de atrás de la casa para no confrontarlo”.

En fin. En ese atardecer, la nueva habitante del barrio contemplaba esas luces titilantes, con las pupilas dilatadas, las manos frías, los pies impacientes. Pero en esta oportunidad… en cierto momento, las semillas centelleantes se apagaron. Graciela quería acercarse. Tenía mucho miedo, pero sentía que todos los días se refugiaba en experiencias por demás conocidas. Siendo así, ¿por qué no explorar qué había más allá de esos ojos? Al fin de cuentas, le parecía un acontecimiento atemorizante, pero diferente a todo lo vivido hasta el momento.

Y después de un breve instante de incertidumbre, los pies inquietos no aguardaron más; de reposar cerca del escalón de la puerta de entrada de la casa, empezaron a transportarse, a llevarla a ella cada vez más lejos del hogar y más cerca de la arboleda oscura, a través de uno de los senderos del Jardín Botánico. Hasta que se detuvieron frente a la vegetación.

La chica, al minuto, se sintió envuelta en brisas somníferas e intermitentes. Comenzó a respirar hondo de manera semi-inconsciente; mientras ese viento intentaba arrullarla con los aromas vegetales que extraía de las cercanías, y los remotos sonidos de ladridos. Ella dio media vuelta, detrás dejaba momentáneamente su reciente hogar. Miró al frente, más allá del espacio arbolado, para divisar una avenida a punto de anochecer. Aspiró por última vez las brisas soporíferas e ingresó a la arboleda.

En principio, no vio nada. Ella no se atrevió a moverse hasta que se sintiera segura del suelo. A medida que pasaba el tiempo, sus ojos desorbitados iban notando las siluetas arbóreas, sus raíces sobresalientes entre un montón de hojas secas. Avanzó lentamente, hundiendo sus pasos en crujidos. Apoyaba las titubeantes manos en los gruesos troncos y, así, marchaba. En lo que se transportaba, captaba los sonidos del mundo exterior. Le llegaban voces risueñas, ruidos de motores automovilísticos a todo dar, ecos de ladridos.

Todo esto pasó a segundo plano cuando se percató de que se aproximaba al corazón de la espesura. Entonces, sus oídos le dieron más importancia al canto de los grillos que allí se encontraban. Su pie izquierdo se golpeó con una raíz, lo cual le provocó una caída. Al levantarse, vio cómo se encendían, a la altura de su frente, dos ojillos amarillos.

Por su parte, el Isondú se asustó cuando vio de cerca a la joven. La había observado acercarse como loca a la densa vegetación. ¡Avanzaba a trompicones, inhalando y exhalando como si fuera a explotar! Por si fuera poco, en un momento dado, ella se cayó entre las hojas secas y permaneció allí, tirada, ¡con un par de ojos desmesuradamente abiertos que, claramente, no veían nada en la oscuridad! ¿Cómo no va a ser todo esto digno de espanto?

No obstante, esta persona, esta horripilante criatura, parecía ser la única que podría salvarlo del grave peligro que corría… no por nada, este se le allegó. Es que intuyó que en ella hallaría la tan ansiada empatía.

Y así fue, porque a través de los ojos luminosos, Graciela se puso en el lugar del Isondú. Él no podía hablar, pero de una mágica forma le transmitió sus pensamientos y la regresó al pasado para que viera que en realidad, en tiempos de muchos montes, él era ubicuo. Se encontraba en todos ellos al mismo tiempo, provocando miedo por temor a que los espantosos seres humanos destruyeran el ecosistema. Era un protector de la naturaleza, hasta que el progreso de la urbanización lo dejó confinado en el Jardín Botánico.

Graciela lo comprendió a la perfección puesto que sentía que cuando era pequeña, su mente era más abierta que ahora. Tenía ideas para narrar desde distintas perspectivas, pero a medida que fue creciendo, se fue ensimismando y perdiendo contacto con la realidad. Por ende, el incentivo.

Así, lo entendieron: debían ayudarse mutuamente. Ella, difundiendo su historia mediante la escritura para detener la destrucción de los montes e impedir la muerte del Isondú. Y él volvía a abrirle la mente, a darle una razón por la cual sentirse viva y luchar.

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Un comentario sobre “Un destello de esperanza para el Isondú

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