MOISÉS ESTÉVEZ

La noche derramaba oscuridad sobre las callejuelas vacías y sucias de
Manhattan, y esta, la isla perfecta, vigilaba atenta con exiguas farolas,
desvencijadas y tristes, luchando por llevar luz a todos los rincones.
Esfuerzo vano,
intento ineficaz,
resultado sombrío
de una urbe tapada.
Ese negro azabache, bello en avenidas bellas, se hacía tenebroso en las
calles, desagradable, mugriento, donde ratas y ‘no ratas’ pugnaban por un
botín merecido a esas horas, un alijo envuelto en contenedores y cubos de
basura deshonestos.
Las sombras eran testigos de dos historias, siempre son dos, las
historias que marcan la línea, que trazan el camino, y el individuo en ocasiones
tiene la oportunidad de consagrar su voluntad hacia cualquiera, ambas visibles,
palpables, dispuestas a ofrecer una alternativa urbana…

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