ALBERTO MORENO

La minúscula manada cruzaba parsimoniosamente la estepa.

Las lluvias se retrasaban en demasía, el forraje escaseaba, algunos yerbajos secos les hacían detener el paso. Con sus pesuñas romas, pateaban y escarbaban la arena polvorienta, intentando luego con la trompa, llevarse algo a sus bocas.

Eran seis.

Dos hembras madres y cuatro cachorros, como de un metro de altura cada uno. Habrían nacido como dos o tres meses ha.

Dos, no eran hijos suyos, sus madres debían haber fallecido y se agregaron al grupo. O puede que pertenecieran a él desde el principio.

La llanura, reseca, se extendía por doquier sin vislumbrarse floresta. Algunos matorrales en lontonanza era todo.

La manada persistía en arañar la tierra. Los pequeños portaban miradas desconcertadas y se movían desorientados.

La tarde les sorprendió junto a la rampa de piedras de una ligera elevación del terreno.

Acamparon y se tendieron sobre la tierra. Sus cuerpos promiscuos buscaban el contacto de la piel rugosa y sucia de los otros.

El frío acampó con la manada.

Estaban hambrientos, sedientos ,agotados. La supervivencia seria cuestión del cerebro, de la fuerza mental que pudiesen movilizar.

Anocheció.

Un grupajo de hienas merodearon a la familia de elefantes. Sus aullidos  graves, como notas puntiagudas taladraban la oscuridad de la noche. Eran presagios solamente. Los elefantes, vivos ,estaban a salvo. Las hienas, solo muerden a los muertos.

En algún momento de la  noche, adormilados todavía, despertaron. Fruto de un ensañamiento con hojas verdes, frescas, de savias apetitosas o fruto de un escalofrio del relente reinante en la sabana del desierto.

Se levantaron y comenzaron a vagar, sin rumbo fijo, por una planicie que a esas horas, sin luz solar, parecía una plancha grisácea de metal producto de una luna blanquinegra, helada.

Debieron desorientarse.

Al despuntar el día y reanudar la marcha, eran solo cinco. Una de las crías había desaparecido.

No volvieron su mirada atrás. El hecho, parecía borrado de la memoria de la manada.

Continuaron.

Su instinto, les guió a unos arbustos que entretuvieron todo el día la miserable gula insatisfecha de muchas jornadas fracasadas.

Al otro lado de la colina, donde habían pernoctado parte de la noche anterior, en una oquedad del terreno, junto a la ladera, había caído el elefante cría.

Con sus torpes patas, encaramado a horcajadas sobre la pared del pozo, pugnaba por salir. Su pequeña trompa sobresalía y a forma de lanzadera se afanaba en ayudarse.

Sus esfuerzos eran vanos

De nuevo acudieron las hienas, que envalentonadas, le mordieron la trompa . Dolorido y aterrado la escondió entre su cuerpo. Las hienas no se atrevieron a mas.

Se marcharon.

Aquel espacio sería territorio de los masais.

La premonición resultó cierta. Un grupo de cazadores encontró el pozo y dentro, agazapada, exhausta , estaba la cría.

Parlamentaron. Volvieron al poblado. El jefe dio las instrucciones.

Pertrechados con una malla, cuerdas y palos regresaron al pozo, Dos guerreros se deslizaron en su interior.

La maña y la destreza masai liberó a la cría en un  instante. Regresaron con ella al poblado.

El animal recibió agua, forraje y se le alojó en la cerca con las vacas.

Transcurridos los días, había recobrado sus fuerzas y el desparpajo de su edad. En el abrevadero bebía con las bestias de la tribu, retozaba con las crías de las cabras y aprendió a evitar a los guerreros y a congraciarse con sus esposas.

Debió olvidar el hambre y el miedo. Puede que también a su familia.

Su nuevo destino era perfecto.

En el sesentavo día de su nueva vida, la tribu celebró reunión. El jefe dio la venia al hechicero. Este tomó la palabra :

¡¡El Dios de la selva, nuestro protector nos pide celebrar su día sagrado. Te pido, gran jefe que le ofrezcas un sacrificio que le de gran placer!!-

Después, danzaron, sus cantos se elevaban sobre sus lanzas y cuando el frió de las estrellas recorría sus espaldas se ocultaron en sus chozas.

El jefe daba mente a las palabras del hechicero, escudriñaba las estrellas con su mirada desde la puerta de su choza. En su interior, su mujer le requirió con voz queda.

A la mañana siguiente, hizo llamar al hombre que hablaba con su dios.

-¡¡Le ofreceremos el elefante con el ritual antiguo de nuestros antepasados!!

Por la tarde, engalanados, solemnes, el jefe y el hechicero iniciaron la plegaria. Toda la tribu les rodeaba. A medida que las palabras subían al cielo, los guerreros masais tensionaban sus espíritus. Las mujeres presas de un estado pendular oscilaban entre un arrebato maternal y la fascinación de su dios. Sentían como un puño en sus entrañas.

El ayudante del hechicero, abrió la cerca de las vacas y con una vara condujo al elefante junto a la peña, en el centro del poblado, donde ofrecían los sacrificios sangrientos a su dios

Diez guerreros masais tensionaron sus arcos y al unísono dispararon diez flechas certeras que alcanzaron el corazón del elefante cría.

La plegaria arreció, las mujeres no rezaban. El puño que albergaban en sus estómagos, subió a sus gargantas y les dejo enmudecidas.

Luego, en el devenir inmediato, le negaron a sus hombres las servidumbres de esposas y la palabra.

Los hombres, no se hablaban entre si, evitaban sus miradas y vagaban esquivando la peña de los sacrificios. El hechicero y el jefe se culpaban el uno al otro sin palabras, sus miradas huidizas, eludían el rostro del contrario.

Se habían convertido en dos caines en lugar de uno.

-fin-

2 comentarios sobre “La Muerte de un elefante

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