TANATOS 12

Capítulo 21

Aquella paz se prolongó durante toda la noche. Noche en la cual dormí con una profundidad absoluta. Como si mi subconsciente le susurrara a todos mis músculos, a todo mi cuerpo, desde la cabeza a los dedos de los pies, que no sólo no teníamos ningún problema, si no que aquello era mejor, mejor que nunca, que aquello nos vinculaba; llegando a crear una unión tal, que no hubiera pensado nunca que pudiera existir.

Me despertó la tenue luz del sol de una mañana fresca de diciembre. Sin despertador. Sin sonidos artificiales. Roté sobre mí mismo hasta que mi rostro se encontró cerca de la nuca de María. La abracé, olí su pelo e inhalé un aroma que me hacía sentir en casa aunque estuviéramos de viaje.

Una vez ella también se despertó tardamos bastante en salir de la cama. Finalmente no nos quedó otro remedio, y María acabó por mirar su móvil y, tras decirme que tenía cuatro llamadas perdidas de Álvaro, y que también le había escrito, me lo dio a leer y se levantó en dirección al baño.

Leí, y comprobé que una de aquellas frases que aparecían en la pantalla sonaba bastante airada, o al menos eso me pareció, pero no me sobresaltó, ni rompió mi paz. La frase, que venía a continuación de varios “¿dónde estas?”, decía: “Espero que no me la hayas jugado”.

Esperé a que María volviera del baño para preguntarle:

—¿Qué te parece?

Comenzó a recoger su ropa y, tras unos segundos, respondió seca:

—No me parece nada. Que se relaje. Eso sí.

Tras ducharnos, recoger y hacer las maletas, noté que María se hacía la remolona para bajar a desayunar hasta extremos que empezaban a ser sospechosos. Finalmente fue ella misma la que acabó por confesar que no quería encontrarse con el chico… ni con él desayunando con su familia…

Miré el reloj, era bastante tarde. Hacía tiempo que había escuchado movimiento en la planta baja.

Dudé en plantear de forma distendida que podría tener gracia o incluso ser morboso verlo asustadizo, desayunando con su familia, disimulando, pero en seguida descarté la idea y le acabé diciendo que me adelantaría para ver como estaba la cosa por abajo.

Salí al pasillo y me encaminé a la escalera de caracol. Todo parecía tan diferente… Bajé las escaleras, el ruido que hacían parecía distinto, hasta el sofá parecía más pequeño… Descubrí que por la noche todo parecía haber tenido una atmósfera rojiza, que ahora había desaparecido. Una vez abajo no tuve que hacerme el encontradizo con el chico, pues en seguida avisté al padre, la madre, la hermana y al chico, que arrastraba una maleta hacia el vestíbulo. Llegamos a cruzar la mirada un segundo. Era cierto que era bastante niño, quizás hasta lo parecía más al estar con sus padres y su hermana, y sí que podría decirse que era notablemente guapo. Y pensé que él creería que todo se lo debía a ella, a María, pero en realidad me lo debía a mí. Aquella experiencia la contaría durante años a sus amigos y nunca sabría que había sido todo gracias a mí.

Fui al comedor y le escribí a María que podía bajar. Desde allí se podía ver el todoterreno al que subían las maletas. Todoterreno que, por un lado me parecía que había estado cerca de haber sido testigo de algo tremendo… pero por otro, algo en mí me decía que no, que en el fondo allí no habría pasado más que lo que había sucedido en el sofá. Y es que siempre me había parecido que María improvisaba, pero comenzaba a nacer la idea en mi cabeza de que ella quizás lo controlaba, que sabía siempre hasta donde iba a llegar.

Tras dejar la casa paramos en algunos pueblos más de la zona antes de emprender el camino de vuelta, y no hablamos de nada de lo sucedido la noche anterior. Ni de las proposiciones subidas de tono escritas por Álvaro, ni de la paja al chico en el sofá, ni del alucinante polvazo con aquella polla enorme… Era como si fuéramos personas diferentes. Pensé que ninguna persona a la que le dejábamos el móvil, o la cámara, para que nos sacara una foto, podría imaginar de nosotros la existencia de esa especie de… doble vida. Y fue la primera vez que mi mente esbozó, para nosotros, esas dos palabras.

Tampoco al llegar a casa hablamos de aquello. Y llegó el lunes y yo decidí que esperaría a que fuera ella la que sacara el tema, e incluso esperaría a que fuera ella la que demandara volver a tener sexo. Sabía que sin aquel juego, si no iba yo, ella no iría a mí, pero después de aquel fin de semana increíble, con todo lo que había pasado, tenía el pálpito de que ella lo buscaría.

Durante los siguientes días solo salió el tema de los sucedido durante el fin de semana para preguntarle si Álvaro le había vuelto a escribir, y María me decía que no. Y así, sin noticias del chico y sin que María demostrara querer tener sexo, pasó el lunes, y el martes, y el miércoles… Y yo comencé a temer que tuviera que ser yo el que tuviera que claudicar, con el paso atrás que ello supondría. El jueves por la tarde, en el trabajo, comenzaba a estar dispuesto a proponer yo lo que ella no proponía, cuando ella me escribió.

Fue directa. Todo lo directa que María podía ser en ese tema:

—Podrías… ser Álvaro esta noche.

Disfruté de esa frase un rato. Dejé que supiera que lo había leído. Y hasta llegué a tener una pequeña erección solo por leerlo. Mi deleite no era por tener sexo esa noche, ni por el tipo de sexo que sería teniendo en cuenta esa especie de juego de rol, si no porque la puerta no solo no se cerraba si no que era ella, con aquella proposición, la que confesaba que la quería abierta.

Quise jugar un poco más:

—¿Y eso?

—Bueno… ya sabes…

—¿Y si yo soy Álvaro tú quién eres? —pregunté.

—¿Yo? Pues María, ¿no?

—María… ¿solo?

—Pues sí.

—¿No serías más bien… María la calienta pollas…?

Ante eso, y tras unos instantes, acabó simplemente respondiendo con tres puntos suspensivos. Yo no dije nada. Hasta que ella continuó escribiendo:

—¿Me vas a llamar así?

—¿Quieres?

—… No estaría mal…

Tuve que volver al trabajo. Me jodía infinito que aquella conversación no pudiera fluir. Le escribía cuando podía:

—¿Entonces no vas a las cervezas hoy? —pregunté, siempre un poco con Edu en la cabeza.

—No, no me apetece.

Me sorprendía que todo lo referente a Edu hubiera desaparecido tan súbitamente. Que fuera sustituido para fantasear por aquel chico, justo cuando parecía claro que, tras lo vivido, teníamos más material para fantasear con Edu, y, además, si era cierto que dejaba el despacho podría ser todo más sencillo, menos traumático.

Pronto vi claro que no me iba a ser sencillo salir temprano del trabajo, ni siquiera a la hora de siempre. Tenía que acabar algo y me podrían dar las nueve de la noche o incluso las diez fácilmente. Se lo hice saber a María.

—Bueno, no pasa nada. —respondió.

—Podrías ir calentado…

—¿Ah sí? ¿Cómo?

—Pues… podrías releer lo que te había escrito él.

—Ya… puede ser.

—O, mejor, podrías escribirle.

—¿Esta noche?

—Sí, mientras no llego.

—Mmm… no sé… No quiero despertar a la bestia…—escribió graciosa.

—Venga, escríbele, tantéale un poco.

—No sé, ya veremos. Venga dale. Así sales antes. —respondió.

Me tuve que poner al trabajo con unas ganas tremendas de acabar. Me costaba concentrarme. Constantemente se me cruzaban imágenes de lo que podría pasar con María esa noche.

Pasadas las ocho y media leí en mi móvil:

—Me estoy escribiendo con él.

—¿Sí? ¿En que plan? —pregunté ansioso y de golpe alterado.

—Pues… este en seguida se viene arriba…

Se me subió algo por el cuerpo. Me excitaba muchísimo que se escribiera, así, con él. María volvió a escribir:

—Mejor te espero para seguir escribiéndole.

—No, no, síguele el rollo.

—¿Yo sola? Es que no sé qué decirle.

—Bueno, inténtalo, venga.

—No sé…

—Venga… ponte una copa de vino, o dos… y ya verás.

—Jaja… el vino es buena idea… lo otro no sé. Creo que es mejor escribirle juntos.

—Vamos, María, no me necesitas para eso.

Sentía un extraño morbo por el hecho de que María pudiera volar libre en aquellos escarceos. Igual que durante el pasado verano, cuando Edu parecía haberle dicho qué bikinis ponerse… por algún motivo yo no quería saberlo todo. Seguramente si ella se escribía ahora con Álvaro yo acabaría queriendo leer lo que se habían escrito, pero por mera excitación, y quizás ni leyera todo; no quería, me excitaba no saberlo todo.

Acabé por convencerla de que no me esperara para escribirse cosas subidas de tono con él. Entendía que a ella le diera corte, pero no dudaba de su capacidad, pues cuando se iba a la casa de sus padres, muchas veces, nos escribíamos de todo. Le costaba más que a mí, pero se acababa soltando.

Estuve tentado de preguntarle cómo iba con él como unas trescientas cincuenta veces hasta que conseguí salir de la oficina, pero me contuve. Solo le escribí para decir que salía y que en seguida estaría en casa. Incluso en ese momento no le pregunté nada.

Cuando llegué me sorprendió verla en el salón. No sé por qué me había imaginado que estaría en el dormitorio. Ni siquiera se había cambiado. Seguía con la ropa del trabajo, solo se había quitado la chaqueta pero mantenía la falda gris y la camisa azul marino. Vi dos cosas que en seguida me descubrieron que aquello iba a ser ya e iba en serio: primero la cara acalorada de María, su pelo alborotado, y, segundo, que en el sofá yacía aquella polla de plástico, con aquella cinta negra, el arnés que yo debía ponerme para ser Álvaro. También supe en seguida que María había hecho su liturgia de cuando volvía del despacho, aquello de quitarse el sujetador para estar más cómoda y volver a ponerse la camisa. Uno no tardaba ni medio segundo al verla en saber que aquellas tetas bailaban libres bajo la seda de la camisa. Lo que para nada era normal era que mantuviera los zapatos de tacón puestos.

Apenas hablamos antes de besarnos en el medio del salón. Sus besos eran húmedos, pero tranquilos, largos… su lengua se movía con lentitud, pero con precisión. Le susurré:

—No te has quitado los zapatos… llevas una hora taconeando por ahí…

Ella no respondió, y pegó más su cuerpo al mío. Yo proseguí, retrasando todavía lo bueno, lo de Álvaro, queriendo jugar con un tema previo:

—Tendrás contentos a los vecinos de abajo…

Siguió sin responder y nos besamos de nuevo… Pasé una mano por su cuello para besarnos con más ansia y con la otra acaricié una de sus tetas sobre la tela. Ella acabó respondiendo casi en un gemido en mi oído:

—Más contentos se van a poner ahora…

—¿Sí?

—Sí… Vamos… ponte eso —me ordenó ansiosa.

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