DAVID SARABIA

      Harvey silbaba una melodía imaginaria. Sentado, con su codo pegado sobre el mostrador cerca de la caja registradora y con el puño en el mentón, mostraba un gesto de aburrimiento desmesurado. Era miércoles por la noche, mitad de la semana, cuando el comercio está prácticamente paralizado. Faltaba una hora para cerrar las puertas del negocio de conveniencia, y al parecer, esos sesenta minutos que restaban iba a sentirlos como si fueran sesenta horas. Volteo hacia atrás para ver las manecillas del reloj fijado en la pared. El minutero avanzaba lento, tanto que su engranaje principal parecía estar atascado por costras de polvo.

Para incrementar la molestia, su móvil carecía de datos y el internet era exclusivo para el sistema de cómputo de la franquicia, sin acceso a los buscadores y a las redes sociales. Lo único que se le ocurrió fue dejar de silbar. Para hacer llevadero el tiempo puso música en su celular, algo de reguetton. Cuando la canción comenzó, cerró sus ojos para imaginarse en medio de una pista de baile, rodeado de jóvenes veinteañeros como él, eufóricos y extasiados por el ambiente; se miraba así mismo meneando la cadera hacia enfrente y hacia atrás, tallando con su duro bulto el trasero empinado de una mulata que lo movía con una cadencia que hacia vibrar su cuerpo, el cual le transfería electricidad mezclado con erotismo al por mayor.

Harvey abrió sus ojos para maldecir con insultos a su mala fortuna, salpicando de paso a la empresa.

— ¡Rayos, estoy aquí por ser pobre! — dijo. — maldita mi suerte, maldito sistema opresor neo-liberal, maldita franquicia de mierda que esclaviza a sus empleados.

Después de escupir su torrente de improperios, se serenó sin dejar escapar en su imaginación a la exuberante mujer con su enorme trasero, quien seguía meneándolo ajena a las penas de su imaginante.

¿Qué sería peor que el aburrimiento?  Pensó, para después el mismo contestarse: un asalto.

     La sola visión de un sujeto con el rostro cubierto con un pasamontañas y encañonándole con un revolver lo hizo temblar de pies a cabeza, espantando a la mulata, la cual se esfumaba como niebla arrasada por un viento mágico, quedando solo ante el delincuente quien seguro no dudaría ni un ápice en jalar el gatillo si fuera necesario.

¡Rayos, para que pensé eso! Del aburrimiento, pasó al miedo.

Un escalofrió lo recorrió como si se tratase de un enorme arácnido que había escalado su espina dorsal, picando con sus frías patas cada vertebra.

Llegaron a su mente como mal augurio noticias recientes sobre la ola de asaltos con violencia. Algo nunca visto en años anteriores debido a que la ciudad era pacifica, pero de un tiempo a la fecha parecía que la gente había enloquecido; dos noches atrás un empleado como él, murió acribillado por un par de sujetos, quienes se robaron varias cajas con cerveza. El fin de semana pasado: un taxista fue degollado por un drogadicto, quien decidió que era mejor eso a dejarlo vivo y quizá perder parte del dinero destinado para su dosis en un probable enfrentamiento. También, un adolescente quien ayudaba en las labores de limpieza de una farmacia, cayó muerto debido a una docena de puñaladas, igual, por un asaltante solitario y esquizofrénico. Era el nuevo inferno moderno, asfaltado y adornado por las luces eléctricas que ahuyentaron a los oscuros miedos del pasado para traer al presente a un terror encarnado en la locura misma.

Harvey tragó saliva, miró a la pantalla de seguridad para revisar lo que las cámaras registraban en el exterior.  La pantalla en cuatro secciones mostraba en la parte izquierda superior el estacionamiento frontal – ni un solo automóvil -, el costado derecho grababa el lóbrego callejón, el izquierdo inferior la calle  Amparo Dávila la cual estaba sin tráfico. Y la derecha inferior la entrada principal donde también él se podía saludar a si mismo mirando hacia la cámara ubicada a su espalda, escondida entre los estantes de vinos.

Nervioso, salió del mostrador. Antes de pasar por la puerta doble ajustó su uniforme rojo y su gafete. Quería echar un vistazo con sus propios ojos. Estaba convencido de que las cámaras tenían puntos muertos, desventaja que cualquier delincuente aprovecharía para agazaparse, observar, y esperar el momento oportuno para atacar.

Empujó ambas puertas atravesándolas.  Caminó temblando pero a paso decidido para detenerse en medio del estacionamiento. Miró a la calle de enfrente, después la del costado: sólo alumbraban dos postes de luz los alrededores de la tienda, dejando espacios en penumbras y otros totalmente sumergidos en la oscuridad debido a que la noche carecía de luna en un cielo totalmente negro.

Se abrazó y se dijo: mañana renuncio. Se dio la vuelta regresando por el estacionamiento. Antes de posicionarse detrás de la caja registradora, dio un vistazo general a los pasillos con estantes repletos de comida chatarra, revistas, enseres desechables, máquinas para hacer hot dogs y palomitas. Al fondo, los refrigeradores con bebidas alcohólicas y gaseosas refrescantes lucían tranquilas en espera de un cliente que anduviera la deriva en medio de la noche.

Al cerciorarse de que el lugar estaba solitario, tal como lo había dejado antes de salir, se reintegró a su puesto de trabajo. Apagó  la música y  guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón. Antes de colocar nuevamente el codo sobre el mostrador, una imagen en el monitor hizo que su corazón diera un vuelco: una figura femenina vestida en harapos surgía como una aparición desde la parte más oscura del callejón.

— ¡Carajo! — dijo. Por un instante, la leyenda de la llorona aparecía en su mente como un recuerdo que lo aterrorizaba en aquellas noches frías de inverno cuando era niño, en las cuales, conciliar el sueño había sido una cruenta batalla entre cerrar los ojos y quedarse despierto a la espera del llanto de la muerta, quien seguramente, ella asomaría su rostro pálido para verlo a través de la ventana, para después entrar y jalarle los pies.

Pero ahora era un joven, delgado, pero fuerte. Aquella mujer no era la llorona que poblaba los cuentos de la abuela que tanto le asustaban. Era real.

La figura llegó al área alumbrada y siguió avanzando. En la siguiente cámara, la del estacionamiento, pudo ver con claridad a una mujer; quien vestía una falda larga sucia como las húngaras, y una camiseta al parecer negra de mugre. El pelo largo, ondulado, tieso de polvo. Después no hubo necesidad de ver el monitor, giró su atención  hacia las paredes de vidrio y la puerta de vaivén la cual se abría siendo empujada por la extraña mujer.

Los nervios de Harvey comenzaron a disiparse para dar paso a la sorpresa por tan singular visitante. La mujer o muchacha, tenía una estatura pequeña y un cuerpo menudo; él media 1.70 y la hipotética clienta fácil le llegaría a los hombros, comparación que lo hizo sentirse muy alto, a sabiendas que no lo era.

La vagabunda – su apariencia le confería ese adjetivo – se detuvo hasta quedar casi frente a Harvey, separada la distancia por el mostrador. Le dedico una mirada fugaz llena de perspicacia, después se dio la vuelta  y se adentró a los pasillos. Sus pasos eran menudos, lentos, calculadores. Ella miraba la mercancía de arriba hacia abajo, de un lado a otro. Giraba su cabeza mirando los estantes buscando algo que le interesara.

Harvey comenzó a sentir nervios de nuevo. Al ver como la mujer se dirigía en línea recta hasta el fondo. Llegó, dio vistazo general y  abrió  la puerta de los lácteos. Ella tomó un galón de leche, el cual  descaradamente  destapó para después empinárselo.

— ¡Hey  no puede hacer eso! — dijo molesto. En ese momento no sabía cómo proceder. Si ir a quitárselo y correr a la mujer a empujones, o accionar el botón de pánico para que la policía hiciera el trabajo que le correspondía.

La segunda opción era la correcta. Deslizó su mano temblorosa hacia abajo y…

La mujer estaba nuevamente frente a él.

Harvey parpadeo estupefacto. ¡Rayos qué fue eso, parece que se movió a la velocidad de la luz!

Al tenerla nuevamente de frente, miró un poco hacia abajo para encarar su mirada. Era una muchacha, posiblemente blanca, pero con la piel sucia por manchones al parecer de grasa, tierra, lagañas. Sus ojos eran de un color miel casi amarillo, los cuales miraban  con un atisbo de intensidad, tal como los de un felino que observa con curiosidad, sin decidirse, sí saltar o no sobre algo que le llama la atención, sólo para jugar un rato. En ese momento, algo le dijo que él era ese juguete elegido.

— Mi nombre es Selene — dijo con una fina voz aterciopelada, como si fuera   una doncella de la Nobleza. — ¿y tú? — leyó el gafete con su vista y cuando terminó sonrió. Seguía siendo la sonrisa de un felino, cosa que a Harvey no le agradaba.

Selene lo ignoró y caminó de nueva cuenta hacia los estantes. Manoteó un par de bolsas grandes de papas fritas. Agarró también varios paquetes de galletas, comida enlatada para gatos, un poco de pan y sacó de la vitrina otro galón de leche. En el suelo estaba el primero, totalmente vacío, el cual Harvey cual nunca vio vaciarse. La chica vagabunda regresó con todas las cosas, se detuvo frente a Harvey, levantó sus brazos a la vez que se paraba en puntillas para alcanzar el mostrador y  los abrió dejando caer la mercancía.

—Tienes que permitir que me lleve estas cosas, me las vas a regalar. Sé que no son tuyas, pero igual, la empresa te las va a descontar de tu sueldo. — Dijo Selene mostrando un brillo en sus ojos — Se un chico lindo.

Del miedo a los nervios. Después, el coraje apareció de súbito. Sopesando que podía controlar la situación ya que se trataba de una chica pequeña, una adolescente que quizá estaba un poco desubicada y con los tornillos flojos.

— ¡LARGO DE AQUÍ MUGROSA!

Algo saltó desde el piso. Un enorme gato negro de Angora Turco trepó al mostrador, con los vellos del lomo erizados, los ojos amarillos brillosos, siseando agresivo a la vez que mostraba sus dientes alejando a un  joven Harvey que golpeó con su espalda el mostrador de vino, arrojando al suelo algunas botellas, las cuales se quebraron con estrepito derramando el contenido.

    ¡Son sólo un maldito gato y una chica loca! Pensó encolerizado.  Envalentonado, saco de su interior al macho mexicano que en él dormia, quien despertaba dispuesto para correrla a patadas.  Tenía que hacer algo, la situación ya era un desastre. Salió del mostrador dispuesto a darle el primer empujón, no sin antes señalarla con su dedo en ademan de advertencia, y cuando lo hizo quedó paralizado.

Ahora, los ojos de la chica eran totalmente amarillos, pero lo realmente perturbador eran sus pupilas circulares, las cuales, al hacer contacto visual, se transfiguraron alargándose en forma vertical y elípticas.

Eran hipnóticos…

Un coro de maullidos hizo que su atención se desviara.

Otros ojos también lo observaban como depredadores. Harvey miró hacia las paredes de vidrio y a la puerta abierta de par en par. En el estacionamiento, más de una docena de pares de ojos que reflejaban la luz flotaban en la oscuridad como luciérnagas.

Ese descuido fue aprovechado por el gato de angora, el cual saltó aterrizando sus afiladas garras sobre el pecho y la nunca de un Harvey que comenzaba a gritar de dolor y terror.

Quiso quitarse al gato enterrando sus dedos en el lomo del animal, al jalarlo, este hundió instintivamente sus garfios provocando un potente sufrimiento: Harvey gritó aún más al sentir como el filo de las uñas laceraba el hueso. Desesperado, escuchando sus propios gritos, trastabilló y chocó contra el primer estante el cual estaba repleto de bolsas de fritangas. Con el impacto, el estante se vino abajo y Harvey junto con el, cayendo encima de la mercancía.

Desesperado, movió su hombro arqueándose para después apoyar su mano y  rodilla sobre el piso. Con la mano libre trató de agarrar al animal por el lomo por segunda vez, pero este le mordió los dedos en el acto. Miró a la joven vagabunda, quien complacida, sólo observaba con sus insólitos ojos felinos. Después, su atención se desvió hacia la entrada de la puerta. Entró en pánico. Otro gato cruzaba el umbral corriendo con la gracia de una pantera, el cual brincó y hundió sus garras en su tobillo. Otro animal, después otro; era una manada que invadía atropelladamente el local en medio de maullidos infernales. Aterrorizado, aglomeró su fuerza de voluntad y se incorporó. Tenía que caminar hacia la caja registradora para accionar el botón que le salvaría la vida. Era lo único que su mente atropellada razonaba para poder sobrevivir a ese descomunal ataque gatuno.

Al estar de pie, miró como una docena de animales entraban como jauría desbocada, con sus ojos amarillos brillantes y sus pelambres negros, los cuales,  brincaban trepándose a sus brazos y piernas. Arañando, enterrando, desgarrando su uniforme, su piel, llevándolo a un nuevo dolor inimaginable, extremo.

Selene  caminó hacia la puerta para poder ver desde allí a la figura humana que tenía adherido al cuerpo una turba de gatos enfurecidos, la cual avanzaba con los brazos extendidos hacia los costados, caminando con paso lento, vacilante, balanceándose hacia los lados como si fuese una momia egipcia que hubiera despertado de un sueño de dos mil años.

Harvey sintió como las garras del Angora se hundían en su cuello y como estas recorrieron un largo trayecto hasta cortarlo de oreja a oreja. Fue cuando se dio cuenta que todo su cuerpo estaba empapado en sangre por las mordidas, desgarres y arañazos múltiples. Los dientes y uñas seguían clavados provocando ahora un mortal daño. Histérico, con una docena de mininos infernales colgando de sus miembros como adornos navideños, dio un par de pasos vacilantes. Y, A un paso de llegar al mostrador, se derrumbó de bruces. Derrotado, al borde de la pérdida de la conciencia, por su mente apareció un cartel que le anunciaba que era el final de su corta vida, la cual concluía sin pena ni gloria: desangrado, mordido, humillado.

Dolor, inmenso sufrimiento instantáneo, fugaz, que daba paso a la oscuridad. Mujeres, amigos, música lasciva, borracheras y drogas, trucados en la aciaga noche. Harvey, con un costado de su cara pegada al suelo, suspiró dejándose arrastrar por las profundidades del sueño, un sueño del que quizá nunca despertaría.

Abrió los ojos.

Estaba de pie, detrás del mostrador, gritando con un tono agudo, femenino, enloquecido, lleno de horror. El gato de angora lo miraba con curiosidad mientras se lamia la palma de la pata. Y la mujer joven vagabunda le dedica una sonrisa traviesa.

— ¿Y? — Dijo — ¿me la puedo llevar?

Harvey quien se encontraba en shock, totalmente orinado, con los calzoncillos embarrados de mierda. Dejó de gritar para poder contestar sin poder articular palabra alguna, debido a que su lengua junto con su quijada,  estaban trabadas como si  hubiera inhalado un gramo de cocaína. Como autómata contestó afirmando con la cabeza en un ademan mecánico, repetitivo, tal cual muñeco de feria averiado.

Selene tomó todas las cosas abrazándolas felizmente, acunándolas como si se tratase de un bebe. Salió de la tienda de conveniencia con el angora tras ella. Cruzaron el estacionamiento. Dieron vuelta por el callejón internándose en el. Una docena de pares de ojos brillaron en la oscuridad. Ella sonrió y mentalmente se comunicó con sus mascotas, informándoles que el truco había funcionado de nuevo. Que estaban de suerte, y que había comida para celebrar hasta para aventar por los aires.

Otra noche saldrían a merodear, quizá bajo la luz de la luna y las estrellas. Vagarían por las interminables calles de una ciudad enrarecida, mientras que la mayoría de sus habitantes, dormirían desconectados de la gris realidad de sus vidas. Por lo tanto, ella y sus mascotas jugarían en medio de canciones imaginadas, poemas al aire, luces eléctricas luminosas, risas entre amigos, para después comer, cenar, y vivir cada noche como si estuvieran en su propio mundo sin existir un mañana.

Siempre felices.

Con comida gratis.

Siempre y cuando la telepatía funcionara, no habría necesidad de asesinar nadie.

Por ahora.

 

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