SEBASTIÁN FELGUERAS

-Fue hace unos cuantos años. Un atardecer, terminó de morir Don Sixto, que se venía muriendo hacía mucho tiempo. El viejo vivía leguas al sur entre Salavina y Chilca Juliana. Algunos llegaron a decir que había sido soldado de Güemes, y que cansado se había retirado y venido a morir para estos lados. Y mire que tardó en morirse, hasta que se murió, un atardecer. Se venía sabiendo que Don Sixto emprendería el viaje, y por eso Don Jaime ya tenía listo el ataúd especial, bien especial, como Don Sixto merecía. Incluso cuentan que habían acordado entre ambos algunos arreglos internos, como una cobertura de un poncho de llama catamarqueña que Sixto añoraba y, como almohada, el parche del bombo que el mismísimo Froilán le había regalado al legendario viejo de Salavina. Y así con todo ya previsto, cargamos el envase final en el Rastrojero, y listo a partir para Chilca Juliana donde el finado esperaba para su último adiós. Arranqué no más y el gasolero parecía pesado vea. Imaginé que la caja para Don Sixto era tan especial que tendría el doble de madera. Humo salía por donde le mire, hasta que un grito me alertaba que tenía la goma pinchada.
-Vea que paradoja, y no me diga que se encontró con un gomero sin pegamento…
-No se adelante amigo, espere… ¿quiere más sopa?
-No, estoy bien, ¿y?…
-Como pude llegue a lo de Don Fontán, el ferretero de Mailín, ahí no más de donde había salido, y le estaba echando aire cuando el Carlitos, el hijo menor de Don Carlos, me chifla que regrese a lo de Don Jaime. Pego la vuelta, ya con la goma inflada, y Don Jaime me dice que le había avisado de la muerte de Doña Rosenda, una de las esposas de Don Sixto, no Doña Francisca, la otra, Doña Rosenda, que no era la otra como quién dice “la otra” porque Don Sixto no tenía otra, tenía dos esposas. Así que hice lugar en la caja del Rastrojero, y a cargar la caja para la Rosenda. Pobrecita, ni una hora llegó a ser media viuda, media vio, porque la otra mitad de la viudez era de la Francisca, que de un momento a otro heredó todo, la viudez completa y los campos, los animales, las ropas y cualquier cosa que por ahí hubiera.
-Qué cosa del destino ¡eh! pero bueno… pasa.
-Ningún destino amigo, el Mandinga, el Supay metió la cola y no solo en la de la Rosenda, porque a la horita no más, según la noticia, también murió la Francisca, la otra esposa de Don Sixto. Hablaron años las viejas del pago, y al pedo hablaron amigo, que
una se quedaría con más que la otra, y que una lo quería al Sixto y la otra era solo interés por las hectáreas, y así kilómetros de chismerío y… ¿para qué? Dígame ¿para qué? Murieron el mismo día los tres.
-Increíble…
-Así que vuelta a acomodar el Rastrojero, tres eran ahora los cajones. Pero como venía la cosa dice Don Jaime, que era hombre de visión larga, de cerca no veía nada, cargate algunos más no sea la cosa viste, que muera otro y debas volver. Tres a lo largo, y arriba tres a lo ancho, atados como matambre sin huevo, salió el Rastrojero. El camino a Salavina estaba inundado, así que me vine para la ruta a rodear y entrar por abajo, por los pagos de Ramiro de Velazco. Ya se me había oscurecido bastante oscuro, y sin luna, vio…
– Seis ataúdes en un Rastrojero y usted…
El calor seguía en aumento, el sol pegaba de lleno a las chapas agujereadas de la gomería sin pegamento. No se escuchaba más que el relato del otrora repartidor de cajones para humanos, devenido en gomero. Y a esa altura me intrigaba saber cómo fue.
-Subido el Rastrojero a la ruta, le tiré de la piola que aceleraba y me afirmé al volante. Crea que me sentía el ángel de la muerte atravesando la infinidad, repartiendo cajas para aquellos que han comprado boleto al destino final…
-Y sí…
-Y si dice usted…ja…que sabe, si yo manejaba no usted…
-Bueno, y entonces…
-Hice un trecho, ni un alma se cruzaba, hasta que…no va a creer…
-No sé, se cruzó algo…
-No. Me dieron ganas de mear.
-Ah.
-Desaté la piola que aceleraba, que cuando iba a fondo y derecho, la ataba al volante vio, y comencé las maniobras para “banquinear” y echarme la meada, lo que no pudo ser…ahí no más el Rastrojero comenzó a corcovear de manos, vibraba el volante, y casi no lo controlaba, sentía como martillaba el tren delantero, y al acordarme de la carga me
las vi bastante feo… ¡la goma grité! Al momento que recordé que estando pinchada la había inflado, pero ya era tarde cuando el peso de atrás, la velocidad que llevaba, y esa goma en llanta, me lo sacaron de las manos al peludo y ahí me entregué a la buena del destino.
-Uh que feo.
-Me recuerdo que empecé a dar tumbos, tras tumbos, recuerdo todo se desarmaba, vio cómo es eso, hay que decirlo sino parece que a uno no le pasó nada…las imágenes de la infancia, de Solano, de mi madre en calzones rascándose el anca temprano cuando calentaba el agua para despertar a quién con suerte había quedado tendido en su cama…
Mi imaginación me llevó desde la angustia por la desesperación del pobre tipo volcando en la ruta, cara a cara con la muerte, hasta el “anca” de la madre y sus calzones madrugadores. Ya no sentía calor, ya casi no sentía nada.
– ¿Y?, pero está acá hablando conmigo así que zafó…
-Zafar le dice, je, fácil es decirlo (un rato de silencio, su mirada perdida a la pared) Ve ese mistol de ahí, al lado del asfalto. Su tronco frenó la tumbada. Mire que eran buenos los ataúdes, ni se rompieron ni nada. Yo terminé tirado al asfalto, las tumbadas me había expulsado del Rastrojero y, el pobrecito, sin soltar la carga terminó contra el árbol. Hasta ahí recuerdo, luego pasó un largo tiempo.
-Pero…el árbol es evidente que ahí estaba, y esta construcción ¿en ese momento estaba? ¿Había una gomería?
-Estaba el árbol, la casa, el molino y la aguada, y no era precisamente gomería, relacionado sí, pero no tal cual usted dice…
– ¿Y que había…?
-Un puterío, y hasta con putas y todo verá. Ellas me salvaron la vida. Al golpe de los fierros salieron y en la penumbra de ese mismo farol distinguieron mi cuerpo en la ruta, que si no me hubieran pisado algún camión en la noche como chancho que escapa del maizal. Me cuidaron, me curaron, me “adoctaron” …mis reinas, mis princesas…
-Bueno dentro de todo fue desgracia con suerte, estaban las chicas para socorrerlo.
-Bueno eran un poco más grande que yo, por eso le digo que me “adoctaron”. Lisa tendría unos sesenta, la Gringa un par de años menos y la princesita Martita también, unos años más que yo entonces, cincuenta, cincuenta y dos…la Martita, sí.
Su cabeza se inclinó mirando al piso, la angustia de algo que no sabía lo había envuelto. De adentro de un sachet de leche La Fortuna sacó un cigarrillo amarillento de viejo, se lo llevó a la boca, y estiró la mano con el sachet…” ¿fuma?” …por primera vez desde que lo conocía, unas dos horas, no tenía su sonrisa burlona.
-A ver, hay algo que no entiendo. Las “chicas” le salvaron la vida, lo cuidaron, ahora está bien, y…no entiendo ¿ellas se fueron y usted se quedó? ¿A dónde fueron?
-El Supay amigo, el Supay me las robó…
Se paró, largó una bocanada de humo mirando para afuera, como yo estaba sentado noté que su panza lo indicaba como un fuera de estado, no físico, sino humano, algo que confirmé cuando avanzó hacia la puerta que unía al otro ambiente, aquella por la cual me había asomado al llegar, y no distinguí con claridad que había del otro lado. La piola que sostenía el pantalón se había rendido hasta atorarse con las dunas de su selvático trasero, que a decir verdad no invocaba un “monedero” sino la mismísima bóveda de la Reserva Federal de la Unión Europea. Por instinto de supervivencia desvié la vista hacia afuera.
La ruta seguía vacía y la goma de mi camioneta ya confirmaba que estaba pinchada. Que historia pensé, y saqué un cigarro, no del sachet, sino de mi atado.
-Si quiere saber le cuento. Le dije que ellas eran putas, trabajaban con su cuerpo. Mientras estuve maltrecho en la cama, ese tiempo, paraban camiones y venía gente de los alrededores. A caballo, en chatas, o caminando. No sólo era para entretenerse con sus carnes bellas, también había de la otra vio…milanesas, asado, cordero, y algún chancho. Venían a chupar, vino, y comían, y luego pasaban para la cama. Y ahí escuchaba yo, la marañada. Era goce que venía en damajuana, verá. Hasta que no aguanté más, y me dije tengo que sacarlas de esta vida, debía hacerles entender que aquello no era la forma, mire si alguna quedaba embarazada…
Casi largo la carcajada, pero me contuve, miré para el otro lado, continué mi pitada y seguí escuchando.
-Así que decidí encantarlas…
Mi gesto burlón se transformó en asombro.
– ¿Encantarlas?… ¿qué es brujo además de gomero?…
-Yo no sé si usted me toma el pelo amigo, yo le hablo en serio. Que tiene que ver el brujo. E-N-C-A-N-T-A-R-L-A-S…
Levantó los brazos, comenzó a bailar dando vueltas sobres sus pies, seguía con medio culo al aire, y tarareaba, meneaba, paraba y gesticulaba hasta que de golpe cerró los ojos, miró al techo y su voz emitió un canto que envidiaría cualquier tenor.
-Les enseñé a cantar, las encanté…o como dice usted a ver…la enamoré, la enojé, la eduqué, la espanté, la culpé, la enculé…
-Listo, listo, listo ya entendí…las encantó…por plural de encanté.
– ¿Eh?
-Nada ¿entonces?
Se paró apoyándose donde terminaba la pared mirando hacia la ruta. Escapando de la sensual vista de su atributo trasero también enfile hacia su lado.
-No sabe, como les cambió la vida. Les escribía las letras, y ellas cantaban. Dejaron de ser un objeto de goce en la cama, eran cantantes, vio, artistas.
-Imagino…
-Hasta que un día, yo ya caminaba de nuevo, se llega un político de acá de un pueblo, de esos creídos, vio, los que ponen billetes arriba de la mesa y se llevan la vida por delante. Entonces, le pido si podría promover a las chicas por los clubes de los pueblos, para que se conozca su canto, inclusive podrían hacer un trío… ¿Por qué no? ¿verdad?…
-Y si, en trío quizá podían cobrar más que solas…no canta una boca lo que cantan tres…
-Usted es inteligente ingeniero, por eso arregla enanos, eh, jaja, claro…tres bocas son más que una…no lo había pensado eso… ¿un coro de encantadas sería?
-Si, o de enfiestadas…
Caminó unos tres pasos adelante, y a medio camino de mi camioneta, se zamarreo los pantalones volviéndolos a la cintura. Qué bueno pensé, en el preciso momento que veo
que un chorro de su cuerpo comenzaba a regar la caliente polvareda. Dios mío me dije, y veía que la goma de la camioneta ya casi estaba totalmente desinflada.
Mientras intentaba meter el botón en el ojal de su improvisada cremallera volvió adentro, esta vez se apoyó en el marco de la puerta que daba al otro ambiente mirando hacia la penumbra de su interior. Por suerte la piola del pantalón mantenía la resistencia, eclipsando la bella vista que ya conocía.
-Hacía meses que no llovía, hasta que aquella noche llegó la tormenta. El trío de encantadas estaba listo para ir Sumampa, a una fiesta del pueblo. Un gringo agradecido de tantos años de placeres les había dejado lo que llamaban “la citrobala encantada”, una vieja Citroneta 2CV que, a pesar de los años encima, estaba muy bien conservada. Pero llovía, y la maquina no tenía escobillas, así que decidieron buscar quién las arrimara. Irían en algún camión hasta el cruce, y de ahí algún lugareño las iría a cruzar hasta aquel pago donde iban al festejo. Ya sabe, ellas cantaban y, a cambio, lo mínimo que podía hacer alguno era llevarlas.
-Me imagino, con esa voz que usted dice quien se resistiría…
Recordé entonces aquella parada, kilómetros antes de llegar aquí, aquel cartel que decía Sumampa, el camino “borrado” y esa extraña sombra que se proyectaba de la nada. Algo no me cerraba. Seguía dándome la espalda y mirando hacia dentro de aquel ambiente, continuo su relato.
-Se pararon de aquel lado de la ruta, la banquina oscura. Llovía, y llovía fuerte. Tres camiones con troncos del desmonte, en caravana, para esta altura ya venían a toda máquina, como yo, aquella noche con el Rastrojero. El primer camión no las vio, y las envolvió entre agua y viento arremolinado por la velocidad del propio camión. La sorpresa las hizo perder la referencia y, al llegar el segundo, como que las absorbió contra la bestia que a toda velocidad las mandó bajo el acoplado cargado de madera. Ya el tercero ni se enteró de los bultos y les pasó con todo el camión por encima.
-Por Dios, que desastre…
-Yo estaba debajo de esa ventana. Miraba al norte que refusilaba y vi venir por la ruta la caravana y supe, segundos antes, el final que se precipitaba. Corrí hacia donde usted está parado, les grité, las alerté, pero no escucharon…corrí a la ruta, los camiones no habían parado. La gringa y Lisa estaban descuartizadas, Martita un poco más retirada
aún lloraba. La tomé en mis brazos y corrí desesperado hacia aquí, bajo el farol vi sus ojos, llorando intentó el primer canto que le había enseñado, pero no llegó a terminarlo.
-Ahora entiendo porque acá se ha quedado…pero, tal vez, luego de todo eso no debería estar aquí solo…
-Nunca estoy solo amigo. Ahora me toca a mí curarlas y cuidarlas…
No entendí, o tal vez sí. Caminé hacia él, con mi mano pedí permiso y entré al oscuro cuarto. Tres ataúdes coronaban el centro de la sala. No tenían la tapa. Me acerqué mientras sudaba frío. Estaban vacíos.
-Siéntese ingeniero, en un rato será el canto, ahora están descansando, en su cuarto.
Giré mi cabeza a un punto que desde la gomería no se visualizaba pues estaba al costado de la sala. Inclinados, a los pies de una cama matrimonial, tres ataúdes contenían a las tres mujeres, vestidas y “arregladas”, sus rostros cadavéricos parecieron sonreírme.
-Menos mal que cargué seis aquel día ingeniero…así tienen donde estar allá, y donde estar acá…
En un instante dejé de oír, un zumbido aterrorizó mi cuerpo, atiné a darme vuelta y el tipo ya no estaba. Mirando a cada costado pensaba en llegar a la camioneta, pero intuía que al pasar la puerta lo encontraría, además la goma estaba pinchada. Volví sobre mis pasos, uno de los cadáveres pareció estirar su brazo indicando una salida tras una cortina. Desde la gomería sentí un extraño canto. Fui a la salida que los restos de la mujer me señalaba, salí de la casa y me encontré la Citroneta. Ahí fuera era de noche, adentro, las ventanas mostraban que era de día. Intenté dar el rodeo a la casa y volver al día…
Caía la tarde, llegando a la rotonda que cruza con el camino de entrada a Añatuya paré a cargar gasoil. El playero me dice “¿viene de lejos jefe?”, y caí en la cuenta de que no lo sabía, pero le dije “no, de acá no más” como cortando la charla. Miré hacia el lado opuesto de la rotonda. Quedé mirando. El playero vuelve a intentar la charla “si tiene tiempo porque no se entra enfrente jefe, no sabe lo bueno que se pone, hay tres mujeres que si le digo como cantan no me va a creer…diga que va de mi parte, el Sixto”.
Enfoqué la vista al cartel rodeado por esas luces andantes, al momento que sentí el pico de la manguera volviendo al surtidor. Recuerdo decía… “Los encantos del gomero” –Bar-

2 comentarios sobre “Los encantos del gomero (2)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s