ANNABEL VÁZQUEZ

Las semanas siguientes son bastante duras.

Intento hacerme con la casa, acostumbrarme al pueblo, a la gente… Pero todo es diferente a como lo había imaginado.

Sé que gran parte de la culpa es mía, ¡cómo no!, tengo problemas para relacionarme, para acercarme a las personas y confiar en ellas y eso se nota, es como un letrero luminoso tatuado en la frente que hace que todo el mundo huya despavorido en dirección opuesta.

No sé cómo remediarlo, cómo vencer mis arraigados miedos y ser una chica normal. Se podría decir que ansío la normalidad más que nada en esta vida porque nunca la he sentido, ni siquiera mi infancia lo ha sido, y eso me ha condicionado.

Me siento en el sofá, acaricio la cicatriz que parte mi cuello en dos y examino, una vez más,  la carta que llegó hace una semana. En ella se me comunica que debo pagar un impuesto mensual de cien euros a cambio de poder disfrutar de la vida tranquila y despreocupada que me ofrece Nápoles. Pienso que se trata de una broma de mal gusto y no le hago demasiado caso, pero pasados unos días, cuándo había olvidado por completo esa carta, dos personas trajeadas se personan en mi casa reclamándome dicho impuesto.

Obviamente  me niego a acatar su petición, nada de lo que dicen tiene sentido, así que cuando veo la oportunidad, cierro la puerta en sus narices y prosigo con la limpieza de la casa.

 

Fui ingenua al pensar que ahí acababa todo, ahora lo veo más claro, como es lógico. El acoso no hizo más que aumentar a partir de entonces. Las llamadas se producían casi a diario, volviendo a reclamar el dinero, por lo que no dejé escapar la oportunidad de informarme en la policía.

Nada. Absolutamente nada avala ese inusual impuesto.

 

Estoy  haciendo la colada cuando mi teléfono empieza a sonar.

Dejo lo que estoy haciendo y contesto:

—¿Sí?

—Esta tarde pasaremos por su casa para recibir el cobro del impuesto de bienestar, en caso de no hacerlo efectivo, aténgase a las consecuencias.

Y cuelgan.

Instintivamente empiezo a temblar.

«¿Qué coño es esto? ¿Qué está pasando?»

Una parte de mí se resiste dar mi brazo a torcer; esa gente no son más que unos extorsionadores. Pero otra, busca en la cartera y en los escasos ahorros que me quedan para reunir la cantidad que me piden. Tras haber abandonado mi hogar, saldado mis deudas e invertir lo poco que me quedaba en esta casa, solo consigo reunir ochenta y cinco euros. Es insuficiente a menos que encuentre un trabajo pronto.

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