SEBASTIÁN FELGUERAS
Santiago el Estero no es un lugar más en nuestra geografía. No es sólo una ciudad, una provincia, o la tierra de la chacarera. Santiago del Estero encierra en las entrañas de sus caminos, de sus montes, de su gente, una idiosincrasia mística, de leyendas, de cultura ancestral que, en tardes de siesta de verano, pueden atraparte y llevarte al centro, como si fuera una enorme telaraña, de ese lugar, real o espiritual, al que llaman Salamanca.
Había comenzado a cruzar por la ruta circundante a la laguna de Mar Chiquita, al noreste de la provincia de Córdoba, donde confluyen sus vecinas, Santa Fe por el este y Santiago del Estero por el norte. Sabía, de varios años de andar por esas tierras, de algunas historias referentes a la laguna. En otros años había sido, por la particularidad de sus aguas, con alto contenido de iodo y sal, un exclusivo centro de recreación y tratamientos para ciertas enfermedades. Pero un día en los finales del siglo XX la laguna decidió ampliar sus dominios y aquel centro, llamado Miramar, quedó prácticamente sumergido y sus habitantes migraron a la vecina Balnearia, ubicada sobre una ruta provincial que une Villa del Totoral con Brinkmann, tierras de colonos piamonteses que a fuerza de la producción lechera colonizaron y establecieron por entonces una de las mayores cuencas lecheras del país.
En sus intentos de expansión, y antes que la soja reine, la lechería había llegado de la mano de gringos, bastante acriollados, a lugares impensados como el sur y el centro de la provincia donde se escucha el lamento del Crespín, Santiago del Estero.
En una vigorosa Ford F-100, con elásticos traseros reforzados, motor Maxion Turbo, cargada con setecientos cincuenta litros de sellador de pezones, de vaca, y trescientos kilos de jabón para lavar ordeñadoras, iba el ingeniero rumbo a la Cooperativa de Tamberos de Añatuya, que reuniría por entonces a tres tambos de setenta vacas, cien a lo sumo, no más. Pero había que ver las oficinas de la Cooperativa, parecía la gobernación de la provincia, el edificio tenía más metros cubiertos que vacas lecheras en toda la provincia. Un año había tardado en lograr levantar el primer pedido de los insumos para tambos que yo vendía, y un año más tardé en cobrarles, pero esa es otra historia.
Con la primera claridad del día había salido de San Francisco rumbo al norte. En unos cien kilómetros se asentaba Estación Luxardo, con unos seis habitantes, y seguro algún problema de polleras, Freyre, la mencionada Brinkmann, Morteros, con fisionomía de ciudad, donde llega a su fin el dominio cordobés y se ingresa a Santa Fe, por pocos kilómetros, pues pasando Ceres ya comienza Santiago del Estero.
Lo cierto es que años atrás un gaucho conocedor de los boliches de campo me había indicado como tomar un desvío, antes de llegar a La Rubia, cincuenta habitantes, ninguna rubia, pero iglesia, plaza y sucursal del Banco de Santa Fe, y de ese modo me evitaba pagar el peaje sobre la ruta 34, y así, según el gaucho amigo, “le quedan esos pesitos por si le da sed, vio”
Hecho el desvío por un camino de tierra, pero mejorado por alguna motoniveladora que mes a mes pasaba, la polvareda era grande, y tal como decía aquel amigo, la sed brotaba como humedad de sótano. Pero se llegaba a Ceres sin pagar peaje, se retomaba la 34, y a los kilómetros un cartel indica que Selva, un paraje que hace honor a su nombre, es la primera localidad santiagueña. De ahí hay casi unos doscientos kilómetros a Añatuya, mi destino aquel día.
Cambié la yerba al mate en la banquina de un paraje llamado Palo Negro. Estiré las piernas, nadie transitaba la ruta. Di una vuelta a la camioneta, que había quedado encendida, y entre los pastizales observé un cartel, oxidado, pero del cual distinguía una flecha, dirección oeste, y alcanzaba a leerse Sumampa. Conocía el nombre de las
zambas y chacareras, así que miré hacia la dirección señalada, sin éxito, pues el camino no estaba. Raro me dije. Se habrá “borrado del mapa” pensé, cuando al mirar al piso veo una sombra que se proyectaba de alguien que estaba por detrás. Vaya a saber cuántas cosas pensé en ese instante, giré, pero no había nadie. Tomé aire, y subí a la camioneta para seguir viaje.
El calor sobre el asfalto generaba ese efecto que hace que la ruta por delante parezca desvanecerse. Comencé a sentir que la camioneta tiraba hacia la banquina e imaginé alguna goma pinchada. En la sombra del único árbol que distinguí unos kilómetros antes paré dispuesto a cambiarla. Con quién te vas a enojar en el medio de la nada, así que lo tomé con calma. Pero al bajar todo estaba normal, revisé la carga por si acaso alguna bolsa desacomodada generaba el efecto del desbalance, pero todo se veía normal.
Calculé que estaría a unos cien kilómetros de Añatuya y siendo media mañana difícilmente llegaría a entregar la carga. El cartel más vistoso de la Cooperativa de Tamberos de Añatuya, rezaba que el horario de atención era de 06 a 11 hs y de 17 a 22 hs. No es un mito la siesta santiagueña, es pura realidad.
Así que lo tomé con calma. En algún lugar comería algo y también me brindaría a la siesta bajo algún mistol o algarrobo. En aquellos años uno dormía a un costado de la ruta tranquilo y seguro.
Pero no todo sería como estaba planeado, tal como ocurre como cuando ocurre aquello que uno no espera que ocurra.
La camioneta continuaba con su andar extraño y no sabía por qué. Fue cuando en el medio de la nada misma distinguí una gomería. Bueno es lo que me pareció a mí.
Saqué el cambio de marcha, miré por el retrovisor, puse el giro, por costumbre no más porque no venían ni los indios, y estacioné frente a aquella gomería, hora y media antes del mediodía. Todo lo que seguiría, tal vez ocurrió, o tal vez no, solo el Supay lo sabe.
“Buenas” dije en voz alta, el lugar no invitaba a decir “y santas”. Me iba arrimando a la tapera, pero no había respuesta. El lugar tenía una abertura amplia, como una cochera donde se improvisaba aquello que el cartel anunciaba, gomería. Platos con restos de comida, vasos de metal a medio tomar, cubiertos entre tuercas y herramientas que, a saber, por su estado, habían integrado el taller de campaña que el Ejército del Norte a su paso, tal vez había olvidado. En un costado estaba una puerta que llevaba vaya a saber a
dónde. Las moscas disfrutaban un banquete eterno y a juzgar por los huesos desparramados por el piso no sólo habitaban insectos. Volví a decir fuerte “buenas” y cobré valor para correr la madera que oficiaba de puerta. Si aquel crujido no alertó a nadie, era evidente que estaba solo. Me asomé al otro ambiente. Se veía un poco más ordenado, una tela roja filtraba la luz externa y me dejaba ver que estaba amueblado y de ninguna manera deshabitado.
-Si busca el baño está afuera eh!…
Quedé petrificado unos segundos, traté de recobrar naturalidad y me di la vuelta.
-Hola, perdón, es que pensé…no respondía nadie y por ahí…pensé…
-Tranquilo amigo, no pasa nada, le digo no más si busca el baño está afuera.
Lo miré unos segundos. Su rostro mantenía la sonrisa que me permitía ver que la dentadura no era su virtud. Por arriba un diente de la nariz a la izquierda y por debajo, del otro lado, tan solo dos, pero estratégicamente colocados a la par para calzar el palillo, que sin duda no tenía mucho trabajo por hacer.
Su barba rasurada, por así decirlo, justificaba que en su mano tuviera un metal que en algún tiempo fuera navaja. Camisa blanca que había perdido por goleada el desafío de la blancura, y unos pantalones azules atados con una piola a la doble pasada. Por calzado, una alpargata negra, si, una alpargata negra, pues la otra era blanca.
-No, no buscaba un baño, creo tengo una goma pinchada…
– ¡Ah! Que macana amigo, no puedo ayudarlo, no tengo como arreglarla.
-Pensé que era una gomería…hay un cartel unos metros más adelante.
-Y sí, es así, es gomería o acaso que ve un casino o ¡algo parecido!
-No, es que como me dice que no puede arreglarla…
-Pero igual…sigue siendo gomería.
-Ah…
-No tengo cemento para pegar el arreglo, pegamento vio, tal vez por la tarde o mañana…
-Si claro, pero debo seguir viaje, debo entregar la carga…puede entonces verle la presión, inflarla al menos y tiro hasta la próxima.
-No creo eso sea posible…
Me señala una leyenda que estaba manuscrita con pintura roja en la pared clara:
-No se inflan gomas pinchadas-
Que suerte la mía me dije, y entré a levantar temperatura, de tapa como quién dice, pues me parecía cargada.
-Mire, no es que yo vaya a querer faltar a las reglas de su negocio, pero para el caso afuera dice gomería y no está en condiciones de arreglar una goma, así que no hay cartel que valga.
– ¿De que trabaja? amigo.
-Soy ingeniero agrónomo…
Se entró a reír mientras se sentaba, elegía un vaso entre tantos, y con el meñique alguna mosca rescataba del líquido y, mirándome a los ojos, comenzó a tomar lo que fuera que el vaso guardaba.
– ¿Y de que trabaja? …cura esos cositos que por ahí andan…
No entendí. Me di media vuelta, caminé hacia la camioneta, y haciéndome visera con la mano miré si la goma aún aguantaba.
– ¡Ey! a donde va amigo, venga, venga, no se arisque si solo le preguntaba…
Refregué mi mano sobre la sudorosa cara y el diccionario de mi mente me canto “gnomos”, el tipo confundió agrónomo con gnomo.
Me volví de frente, y la mente volvió a ser mi aliada.
-Y no tendrá una cámara, aunque sea usada, son radiales, pero le ponemos una para salir del paso.
Como aparecido de la nada, un enorme camión aturdió con su bocina y el “gomero” lo saludaba, entre euforia y puteadas, respondiendo a la bestia metálica que a toda velocidad seguía su rumbo como si nada.
-Entonces ¿de que trabaja?…
-Ya le dije ¿Me escuchó? Si le ponemos una cámara…
-Podría ser ¡eh! Pero a la tarde ahora ya está cerrado. Venga vamos a comer algo. No se va a quedar ahí parado…venga…vamos…venga…
Sentados, yo espantaba moscas sin mucho éxito, mientras el personaje movía de todo un poco para preparar el “almuerzo”.
– ¿Quiere sopa fría? Con “esta calor” no querrá que la caliente amigo. Tome, pruebe no sabe lo rica que se pone con el pasar de los días.
Miré el contenido del agasajo mientras el hombre de espaldas revolvía una cacerola negra de quemada y derramaba el producto que esta le entregaba en su plato. Chiflaba. A decir verdad, pensé que sería yo el primero que lo acompañaba en una comida desde hacía bastante tiempo.
– ¿Hace mucho que vive…o trabaja…acá?
-Y…vea si bastante, bueno no tanto, algún tiempo, ni “tan mucho” ni tan poco. En realidad, yo vivía en Atamisqui, y trabajaba en Mailín.
-Mire usted, bien santiagueño…
-Si amigo, de sangre santiagueña, alma santiagueña, y corazón bien santiagueño…igual le digo, sólo me faltó haber nacido aquí para sentirme todo santiagueño…pero bueno el destino, vio.
-Ajá, igual no tiene pinta de santiagueño, pero bueno, siendo que es de sangre, alma y corazón, sería santiagueño por adopción, como se dice…
-Y si, si usted dice, será…
– ¿Y donde nació?
-En Francisco Solano, ahí cerca de la Capital…
Había que hacer un verdadero esfuerzo para creer que el hombre no se estaba riendo de mí, pero bueno, no estaba en condiciones de invertir la situación, así que mientras el mordía un pan mojado en su sabrosa sopa fría, le seguí la charla.
-Y… ¿de chico se vino de Solano?
-Si, si…treinta y pico tendría…
-Ah, de chico sí.
-Si, vio. Escuche ¿qué va a tomar?
-Nada, estoy bien así, no soy de almorzar.
-Déjese de joder hombre, almuerce, vamos éntrele a lo sopa no sabe lo rica que está…vamos, disfrute, amigo, disfrute…
Cada cucharada de sopa ingresando en su boca sonaba cual motor de lancha río arriba, seguido de la trituración del pan que permitía a los rayos de luz ingresar hasta la laringe.
– ¿Y desde que llegó a Santiago tuvo gomería?
-No, no, allá por Mailín tenía reparto de cajones…
-Ajá…
-Cajones para finados, vio. Tenía mi Rastrojero 62, viera lo lindo que estaba…y con eso me las arreglaba, cuando alguno estiraba la pata avisaban al pueblo, a lo de Don Jaime, el carpintero, y ahí no más me llamaba y cargaba la caja para el viaje final. Y salía para donde sea, sin mucho apuro si total ya estaba finado, que diferencia había…viera que lindas cajas ¡eh! Algarrobo colorado puro, minga te ibas a resucitar, de ahí una vez cerrado es como caja fuerte. Y Doña Celeste, la mujer de Don Jaime vio, no la esposa, la mujer, porque Don Jaime era viudo, nacido y criado viudo como quien dice, trenzaba el cuero y con eso le hacía unas manijas, para poder moverlo, vio, subirlo, bajarlo, y soltarlo en el último adiós.
-Mire usted, lindo laburo…y ¿qué pasó que dejó por la gomería?
-No me haga acordar… ¿quiere más sopa?…
Nunca había atinado siquiera a agarrar la cuchara, pero bueno…
-No está bien, ya estoy bien así, muy rica…
-Ahijuna vio, le dije que estaba buena la sopa… ¿seguro no quiere más?
Siguió masticando mientras engrasaba el meñique izquierdo en el orificio de su oreja para poder mantener dicha cueva abierta y, de paso, tener mejor grasitud en el dedo y ser más eficiente a la hora de “pescar” moscas de adentro del vaso.

Continuará…

Un comentario sobre “Los encantos del gomero (1)

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