XAVI ALTA

Vanesa. 7

La vuelta de las vacaciones de Navidad ofreció a Vanesa sentimientos encontrados. Por un lado, la rutina universitaria volvería a tenerla ocupada, clases, deberes, estudio, amigas, amigos. Así que se conjuró para volver a ser la chica de siempre, festiva, divertida, con aquella mentalidad que la acercaba tanto a Yoli. ¡A vivir que son dos días!

Pero la realidad no suele ser tan sencilla como nos gustaría que fuera. Bastó cruzarse con el profesor Ayala por el pasillo de la planta baja para que un torbellino de sensaciones aflorara, naciendo en lo más profundo de su interior y recorriendo todo su ser hasta que notó como se le anegaban los ojos. Se refugió en el baño donde su sistema nervioso soltó todas las lágrimas que había evitado derramar durante los escasos ocho días que llevábamos de año.

No fue capaz de asistir a la clase del jueves, no creía poder soportarlo, así que tuvo que inventar una excusa estúpida ante sus compañeras por haber llegado tarde aquella mañana. Vero no la creyó. Pero tampoco la interrogó sobre ello.

Siguió a pies juntillas, en cambio, el consejo que le había dado su amiga cuando la consoló en Navidades. Pasar página y buscar otro hombre al que amar. Un hombre que la valorara como es debido y que correspondiera a sus sentimientos.

No esperó a la noche del viernes. Aquel jueves salió sola y se enrolló con el primer tío que le entró en un pub irlandés en el que nunca había estado antes, buscando desconectar de un mundo demasiado conocido. El tío era galés, estaba de paso en la ciudad acomodado en el piso de un amigo de su hermana que vivía en Barcelona, pero no podían ir allí, pues él tenía novia en Cardiff y el amigo podía no ser tan discreto como desearía. Tampoco tenía coche. Así que el lavabo del local fue testigo de un polvo rápido, él sentado en la taza, ella a horcajadas encima de él, que ni mejoró el ánimo de la chica, ni ayudó a ahuyentar ningún fantasma, y mucho menos calmó sus necesidades sexuales.

Este fue el primero de una retahíla de polvos sin ton ni son. Rápidos, la mayoría, poco placenteros, muchos más, que lograron el efecto contrario buscado por Vanesa. Al acabar cada encuentro se sentía más sola aún que al final del encuentro anterior. Pero no por ello modificó su actitud. Siguió marcando muescas en su revólver, de distinta intensidad, desigual profundidad y amargo sabor.

Baños de distintos diseños y colores vieron sus intimidades. Asientos de coche, delanteros y traseros, cómodos e incómodos, la sintieron moverse. Camas dobles e individuales, de pisos de estudiantes o de hogares supuestamente felices, chirriaron bajo su cuerpo. Hombres jóvenes y maduros, guapos y feos, limpios y sucios, activos y pasivos, aprovecharon su cuerpo para su goce egoísta.

Vanesa simplemente se dejaba hacer. Hasta que apareció Damián.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s