XAVI ALTA

Paula 7

Durante las semanas siguientes, Paula vivió en una nube. Con algún nubarrón, todo hay que decirlo, pero de muy poca importancia, pues compartir un minuto con Martín equivalía a visitar el Edén.

De los últimos diez días de las vacaciones de Navidad, únicamente pasaron separados dos, Año Nuevo y Reyes, pues ambos tenían compromisos familiares. Los otros ocho días se vieron unas horas. Y todos fueron idénticos. Ella tenía voluntad de ayudarle en el estudio, preparaba apuntes, esquemas, resúmenes. Pero él sólo tenía ojos para ella. En cuanto empezaba a hablar, a explicarle cualquier punto del temario, Martín se lanzaba a sus labios, a su cuello, a sus manos. Era irresistible. Ninguna mujer del mundo podía evitar sus avances. Paula, además, no quería. Nunca había deseado tanto a alguien, nunca había besado tanto a nadie, nunca había flotado tanto con nadie.

Los besos siempre daban paso a las caricias. Éstas, al amor. En mayúsculas, Amor. Paula comprendió la dimensión completa del término, su significado, y se dio cuenta que era la primera vez que hacía el amor con un hombre. No se sintió culpable por ello. Ni por José, al que quería, sí, pero de otra manera. Apreciaba o estimaba serían verbos más adecuados, ya que al lado de Martín comprendió que no sentía amor por él.

Martín disfrutaba desnudándola. Se tomaba su tiempo, si estaban en su casa, primero la blusa, luego el pantalón, jugaba con ella mientras la dejaba en ropa interior, seguía por el sostén y acababa con el tanga. Entonces la penetraba. Él marcaba el ritmo, el cómo, el dónde, el cuándo.

Fue al tercer día, la tarde de fin de Año, que Martín le pidió, en un simple gesto, acercándole el pene a la cara, algo que ella nunca había hecho. Lo besó, tímidamente, pero no se atrevió a ir más allá. Se sintió estúpida, tuvo miedo que pensara que era una mojigata, una cría inexperta, así que la siguió besando, también lateralmente, armándose de valor para metérsela en la boca. Pero cuando ya estaba decidida, Martín cambió de posición. Le dio la vuelta y la penetró desde detrás.

Era el mejor amante del mundo, el más considerado, pensó en casa, mientras descansaba en la cama poco antes de celebrar el cambio de año en familia. Ella no había podido complacerle y él no se lo había tenido en cuenta. Pero del próximo encuentro no pasaría. Si sus amigas lo hacían ella también lo haría. Pero la sorpresa, en el encuentro siguiente, se la llevó ella.

A pesar de sus temores, Martín no estaba enfadado. Le gustaba como era ella y volvió con sus juegos casi infantiles hasta que logró desnudarla. Paula decidió tomar la iniciativa y demostrarle que era una mujer completa, también por lo que a habilidades sexuales se refería, pero su amante se le adelantó. Le abrió las piernas tanto como permitieron sus ingles y acercó sus labios a su sexo. El cuerpo de la chica se convulsionó en un estremecimiento que partiendo del bajo vientre llegó a lo más profundo de su cerebro. Cuando fue la lengua del joven la que contactó con sus labios vaginales, primero, y con su clítoris después, la descarga eléctrica que la sacudió fue tal que no pudo evitar emitir un sonido gutural, animal, mientras perdía el control de su pelvis que se movía en intensos espasmos. Por primera vez en su vida, Paula Rozas conoció el significado de la palabra orgasmo. También conoció el Nirvana, pues quedó desmadejada en el sofá verde esmeralda de la salita, cerrando las piernas pudorosamente, mientras una nebulosa la inducía a una especie de sueño de felicidad. Martín separó sus piernas y le hizo el amor. Otra vez, Amor en mayúsculas.

Pero no podía quedar así. Paula conocía perfectamente el significado de la palabra responsabilidad, también el de gratitud. Esperó a que Martín volviera de la cocina, donde había ido a buscar una cerveza, y cuando se tumbó a su lado, abrazándola, ella le correspondió. Primero lo llenó de besos, boca, barbilla, cuello, pecho, abdomen, pelvis, hasta que llegó al pene. Un primer beso, a modo de presentación, para abrir la boca a continuación rodeando el glande con sus labios. Al principio se sintió patosa, pero Martín la fue guiando, “más despacio, más suave, ahora un poco más rápido, eso es, muy bien”, hasta que los movimientos pélvicos de él aumentaron. De pronto, una sacudida más fuerte que las anteriores y el primer bautismo de semen impactó en el paladar de Paula. Instintivamente se apartó, sin soltar el tronco del falo, intentando que la descarga cayera en el abdomen de Martín.

A partir de aquel día se sintió completa, como amante y como mujer. Pero le quedaba aún mucho que aprender. La siguiente lección fue la más placentera. La perfección de la unión entre un hombre y una mujer, aquella en la que ambos llegarán al orgasmo, como un solo cuerpo, como un solo ser.

La habían puesto en práctica una de aquellas tarde, ya no recordaba cuál. Fue Martín el inductor que tumbado a su lado en la cama de su habitación, giró su cuerpo de pies a cabeza mientras la iba besando bajando desde el cuello al torso y de allí a las piernas. Pero se detuvo en su pelvis, donde se entretuvo llevando a Paula en volandas hacia el orgasmo. Su pene quedó a escasos centímetros de la cara de la chica que no se lo pensó dos veces. La besó, siempre un primer beso de cortesía, la lamió y se la metió en la boca. Ella llegó antes al orgasmo. ¡Con qué facilidad llegaba con el sexo oral! Por ello, porque estaba al final de los estertores del clímax, no tuvo tiempo de reaccionar cuando Martín llegó al suyo, le llenó la boca de su semilla y tuvo que tragárselo para no ahogarse. Pero no se lo tuvo en cuenta, él se lo merecía todo.

La vuelta a la universidad supuso la primera decepción para Paula. Martín quería que “lo nuestro” no fuera público. Un secreto de amantes medievales, lo llamó. Y así fue, compartían estudios como habían hecho durante dos años y medio, se saludaban al cruzarse, pero nada más. De tarde en tarde quedaban para estudiar y continuaban su historia de amor.

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