TANATOS12

Capítulo 19

Leí aquella frase tres veces. Las tres igual de nervioso y sorprendido. Sorprendido por el descaro del chico, ¿sin ningún beso le hacia esa proposición? Me daba la sensación de que me faltaba información, pero no quería atosigar a María. Tenía mil preguntas que rebotaban en mi mente, y, la más importante, era la de hasta donde pensaba llegar mi novia con él.

Me asomé a nuestra ventana, y confirmé que desde allí no podría ver los coches que estaban en el aparcamiento de la entrada. Recordé un todo terreno grande que había visto fuera, de familia pudiente, si ese era el plan del chico desde luego allí iban a tener espacio… ¿Pero qué estaba diciendo? ¿De verdad iba a pasar eso? No pude más, y en un arrebato le escribí:

—¿Vas a follar con ese crío?

Miré la pantalla. Y lo borré. Ni quería influir en ella ni quería ser injusto. Tras borrar, escribí:

—Bueno… llega hasta donde creas o quieras llegar.

Escuchaba trastear en la habitación de al lado. Cajones, grifos… No me extrañaría nada que al lado se pusieran a follar en cualquier momento, mientras María se iba con el crío a aquel coche. Y yo en el medio celoso, envidioso… desgraciado… pero dichoso a la vez.

Miraba la pantalla de mi móvil permanentemente. Ella lo había leído, pero no respondía. Agudizaba mi oído por si escuchaba la puerta de la casa abrirse o cerrarse. Pero solo escuchaba los tacones de la vecina y las puertas de su armario.

Seguía leyendo mi frase, y ella no respondía. Me di cuenta de que estaba a merced de María. Las ideas eran mías. Las propuestas eran mías. ¿La fantasía era mía? ¿El juego era mío? Eso ya parecía claro que no, pero allí, como en la boda, se llegaría hasta donde ella quisiera. En el fondo, a la hora de la verdad, ella lo manejaba todo.

No pude más y abrí la puerta de la habitación con cuidado. Solo quería ver si estaban en el salón o si ya se habían ido al coche. Si se fueran al coche no podría ir tras ellos. Sería demasiado. No me imaginaba en pijama intentando espiarles a través de las ventanillas… O podría vestirme para eso… No sabía, me parecía todo una locura.

De nuevo caminé sigiloso por el pasillo. Más nervioso que nunca porque ahora sí era probable que pasara algo, no como la primera vez que había espiado, y con más riesgo de ser descubierto, pues la pareja vecina podría bajar al salón a cualquier cosa. Pero la suerte estaba echada. Me dispuse a asomarme. Tragué saliva. Moví la cabeza. Por un lado deseaba verlos, pero por otro no. Si estuvieran ya en el coche me moriría, de celos, de envidia… y de morbo. ¿Y tan fácil? ¿Todo tan fácil para aquel crío? No entendía como podía sentir envidia de alguien a quién yo mismo le estaba regalando el objeto de la envidia, que no era otra cosa que disfrutar del cuerpo de mi novia. Y los vi. Allí estaban, sentados de nuevo prácticamente en los mismos sitios. María contra una esquina del sofá, con una pierna encogida y la otra con la planta del pie sobre el suelo, el chico sentado a su lado, girado hacia ella. Muy cerca. María tenía una de sus manos en el pecho de él. Mano que fue de nuevo a su pelo, como acariciándole, como antes. Parecía consolarle con una media sonrisa encantadora y una mueca que parecía querer contagiar tranquilidad.

Yo no veía las llaves del coche por ningún lado. Sobre la mesa estaban los móviles de ambos. Quizás María se había negado o quizás el padre del chico había boicoteado la operación, seguro sin saber qué tramaba su hijo y el cielo que se le había abierto.

Mi novia le acariciaba el pelo y la mano del chico fue a las mejillas de ella. Me quedé estupefacto. ¿De verdad iban a retomar aquello por donde estaban antes de ser interrumpidos? No podía ni respirar cuando María apartó esa mano de su mejilla de forma disimulada y sosegada, sin dejar de mirarle. Entonces, ella le susurró algo y yo maldije no poder escucharles ni ver su expresión. El chico llevó entonces esa mano apartada a la cintura de ella. Podía ver aquella mano temblar desde la distancia. Esa mano, de ser experta se posaría con decisión y buscaría zonas más prohibidas, pero no era el caso. Me eché hacia atrás.

No podía con aquella tensión. “María… haz lo que quieras, pero no me hagas esto, no me… no nos tengas así”, pensaba para mis adentros. Pero también parecía cierto que ella también estaba sobrepasada. Que sus mejillas coloradas no eran solo por calor y excitación, si no que ella tenía que ser una manojo de nervios también, incitando a un crío de no más de veinte años, a escasos metros de la habitación de sus padres…

Me asomé de nuevo. La mano del chico había subido, cerca del pecho de María que parecía más recostada y el crío más volcado sobre ella. Y ella me miró. Me clavó sus ojos entrecerrados y mientras me miraba fue atacada. El chico se inclinó más y sus mejillas fueron atacadas por unos labios que se posaron sobre su piel llegando a emitir un sonido que rebotó en la inmensidad del salón antes de acabar atravesándome a mi. María no dejaba de mirarme mientras el chico se iba dejando caer lentamente sobre ella, besándole las mejillas… y ella me miraba y no se inmutaba, acogía aquel niño, permitiéndole que se pegara a su cuerpo, casi pecho contra pecho, cuando ella giró un poco la cara, para evitar aquellos besos y para mirarme a mí. Ella, con la cara ladeada apoyada contra el brazo del sofá, recibía aquellos besos que fueron de su mejilla a su cuello, de su cuello a su mejilla y, cuando los dos, cuando María y yo estábamos listos, cuando estuvimos sentenciados… aquel crío llevó sus labios a los de ella.. y la besó dulcemente, y ella recibió aquel beso, sobria, sin dejar de mirarme. A mí se me erizaba toda la piel y de golpe un frío tremendo me envolvió. De nuevo aquella sensación tan ansiada como indescriptible. Ella se besaba con él, con los ojos abiertos, hasta que de mutuo acuerdo decidieron abrir sus bocas y ella, sin dejar de mirarme, dejó que una lengua la invadiera, y sus lenguas jugaron juntas en alguna parte intermedia entre sus bocas… y se dejó hundir más en el sofá… Verla besándose, ver como cerraba los ojos y sus lenguas se fundían… era una punzada en el corazón… pero yo sentía una gratitud infinita, porque seguramente lo hacía por ella, porque se estaba enganchando a aquello, y para sentir otro cuerpo, otro tacto, otra lengua, unos nervios que conmigo no sentiría ya jamás, pero sabía que lo hacía también por mi.

Las manos del chico estaban a la vista. Demasiado a la vista. Disfrutaba de la boca de María, la invadía con su lengua, pero con una mano se apoyaba en el sofá y con la otra la sujetaba por el cuello y la cara, haciendo que el beso fuera más íntimo, como si pensara que tenía que mimarla para acabar de convencerla para llegar a actos más explícitos. María llevó sus manos al culo de él. Cada mano a una nalga. Él sobre ella… Cuanto más se besaban más se acomodaban y más coincidían pelvis con pelvis. Estaban a la altura perfecta para que, sin ropa por medio, pudiera penetrarla. Penetrarla… Era demasiado… Yo creía que me moría… porque era todo tan nítido, tan claro. Al contrario que con Edu, aquella vez que había sido más onírico… Ahora todo era más lúcido, menos ansiado, menos buscado, más casual.

María ya cerraba los ojos. Me abandonaba. Se abandonaba. Y yo buscaba un movimiento de cadera del chico, o de ella, que invitara a pensar que se frotaban, que la polla del chico y el coño de María se restregaban, presentándose el uno al otro, pero no parecía que hubiera oscilación allí abajo. Tampoco las manos del chico buscaban zonas prohibidas y yo me vi pidiendo más y más.

Me retiré otra vez. Para coger aire. Estaba empalmadísimo. A pesar de los nervios mayúsculos que sentía el resto de mi cuerpo, mi miembro parecía ir por libre e impregnaba con líquido preseminal una amplia zona de mi pijama… Colé mi mano bajo el pantalón, allí, contra la pared, sin que nadie pudiera verme… y disfruté de una pequeña paja… de pocos segundos… con los ojos cerrados… y en mi mente solo estaba María, dejándose besar por aquel niño… disfrutando de aquella lengua joven y nerviosa, disfrutando de aquel cuerpo tierno y exaltado.

No pude aguantar mucho tiempo antes de sacar mi mano de allí y volver a asomarme, y lo que vi me mató. Me cruzó un rayo de arriba abajo al ver… al ver que había sido María la que había decidido que una de sus manos no se moviera ya en ambientes inocentes. Lo que vi fue el codo de ella moverse a una altura inequívoca. No podía ver más que su codo moviéndose lentamente, pero era indudable que ese codo, ese brazo moviéndose así, significaba una paja, una paja tremenda a aquel chico que solo usaba sus manos para acariciar la cara de María y apoyarse en el sofá.

No podía ver el miembro del chico, y sí la parte superior de su culo, pues su pantalón de pijama había sido mínimamente bajado para que ella pudiera masturbarle. Yo busqué a María con la mirada, pero ella cerraba los ojos mientras le pajeaba y recibía besos en el cuello de aquel chico que parecía iba a desplomarse sobre ella ante cada sacudida. El brazo de María comenzó a coger un ritmo imponente y el crío no era capaz más que de enterrar su cara en el humedecido cuello de ella… Lo estaba destrozando… lo estaba matando a él… y me estaba matando a mí… y yo quería que el chico se aventurase a hacer algo más y así poder descubrir hasta donde podría llegar ella, hasta donde se podría dejar hacer….

Llegó a mirarme con los ojos entrecerrados y me pareció que al clavarme la mirada la paja se aceleraba aun más. En aquella mirada había implícito un “mírame”, “mira lo que le hago a este crío” que a mi me excitaba a la vez que me llenaba de orgullo. La miraba. Me miraba. Le sacudía la polla de manera brutal y el chico solo posaba su cara al lado de la cara de María… Su brazo se movía frenéticamente, bloqueando al chico, impidiéndole que ninguna parte más de su cuerpo respondiera… El chico intentaba mantenerse en silencio como podía y… algo pasó… algo pasó y lo vi en la cara de María, un gesto de sorpresa, una mirada decepcionada, y su brazo aminoró la velocidad. El chico no decía nada. Yo no entendía nada, pero el brazo de María estuvo unos segundos moviéndose en una cadencia más lenta… hasta que se paró. Se paró y su brazo se apartó de allí, dejándose caer ese brazo a un lado del sofá.

Se quedaron completamente quietos. María cerró los ojos y el chico no desenterraba su cara ni movía su cuerpo. Cuando de repente la mano de mi novia fue sacudida, como cuando sacudes un termómetro para bajar el mercurio. Agudicé mi vista… me fijé bien… María tenía la mano impregnada del semen de aquel chico.

Tras el clímax llegó la vergüenza. La vergüenza de los dos, pero la de María iba por dentro. El chico se reincorporó y parecía disculparse, mientras ella le escuchaba y parecía comprobar sus daños, sobre todo en el pantalón del pijama, aunque también en la parte baja de la chaqueta. Estiró un poco su pantalón en la zona de la entrepierna, dejándome ver que la corrida del chico había caído, sobre todo, a esa altura del cuerpo de María. El crío se disculpaba mientras ella recogía semen de la zona del pantalón de su pijama que estaba a la altura de su coño… y yo creía morirme del morbo. Ella intentaba que aquello no manchase el sofá y llegó a ponerse de pie de manera incómoda. Toda la zona de su entrepierna era una mancha húmeda con salpicaduras aleatorias a su alrededor. Mientras, su mano manchada seguía impregnada y caía muerta, sin saber a qué limpiarse.

Finalmente un “No pasa nada” salió limpio y nítido de la boca de María.

El chico se giró. Casi me ve. Y me tuve que ocultar otra vez tras la pared.

Aquello era tremendo. Indescriptible.

Desde mi posición escuchaba la voz de María de nuevo tranquilizando al chico “Está bien, no pasa nada”, y yo no sabía si asomarme o volver a la habitación.

—No pasa nada. Ya está. Venga, ya—La escuché decir. Y él dijo algo, pero no lo entendí.

—Que ya está… —volví a escucharla en un susurro. ¿Consolándole? ¿Despidiéndole? Tras unos segundos de silencio me atreví de nuevo a asomarme, con cuidado porque no sabía en qué posición podría estar ahora él, y vi que ella ya se encaminaba hacia las escaleras y él hacia el pasillo de la planta baja. Caminé entonces, tembloroso, hacia el dormitorio. Tenía frío a pesar de estar sudando. Me quité el pijama y, desnudo y totalmente empalmado, solo tuve que esperar unos segundos a que ella llegara.

Entró y cerró la puerta tras de sí. Estábamos en la casi absoluta penumbra, pero su pijama blanco de seda parecía iluminar un poco la habitación. Me acerqué a ella que lanzó su móvil a la cama. Su pelo alborotado, su pijama calado:

—Estamos locos… Pablo… —susurró.

—¿Y qué?

—Esto es demasiado… —suspiró, con su espalda contra la pared, mientras yo besé sus labios y comencé a bajar… besando su cuello, su escote… sus pechos sobre el pijama, su vientre…

—¿Qué haces… ? —dijo en voz baja cuando vio que yo me encontraba de rodillas ante ella y comenzaba a besar sus muslos… y su entrepierna… sobre el pijama… y me dispuse a besar a través de la fina tela, sobre su coño… allí donde el chico más abundantemente se había corrido…

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