ANNABEL VÁZQUEZ

 

Hacer el equipaje para emprender rumbo hacia lo desconocido, siempre es emocionante. Y más teniendo en cuenta que no quiero conservar nada que me recuerde los malos momentos que me ha tocado vivir. Así que en primer lugar cojo el ordenador, luego selecciono escrupulosamente la ropa que decido que forme parte de este cambio… hay poco donde elegir, la verdad. Frunzo el ceño nada más abrir el armario.

Visto de forma informal casi siempre. Vaqueros, camisas, sudaderas anchas para ocultar las imperfecciones de mi cuerpo… Lo cojo todo sin pensar y lo pongo en la maleta.

Apilo mis enseres de higiene y cuidado personal en una bolsa, haciéndoles sitio en la maleta.

Recuero que tengo una plancha y un secador. También los incluyo por si acaso.

Una cosa que no puede faltar es el casco de moto que me compré cuando cumplí los dieciséis años. Mi primer sueldo lo invertí en una pequeña scooter de segunda mano y me compré un casco para poder conducirla por la ciudad. No sé por qué siempre le he tenido un especial cariño a ese objeto en particular.

Bueno…, sí sé por qué. Ese casco significa mucho para mí; siempre he tenido el anhelo de sentirme protegida. Tras una infancia traumática y una adolescencia caótica sin la ayuda, protección y cuidados de una familia, me he sentido, en ocasiones, vulnerable. Cuando me hice con la moto y me coloqué el casco por primera vez, recuerdo que me sentí más fuerte. Cogí confianza para enfrentarme al mundo, salir con mi scooter y filtrarme entre los coches con naturalidad sin que hubiera nada que me acobardara.

«Solo es un recuerdo pero no lo puedo dejar aquí. Es el único que quiero mantener en mi nueva vida».

Miro atentamente a mi viejo apartamento alquilado, echando un último vistazo a los objetos que aún quedan por ahí y decido dejarlos, pues pase lo que pase en Italia, no pienso volver.

Antes de salir observo con atención una pequeña fotografía de Lucas pegada con cinta adhesiva en la pared. Aparece con los brazos cruzados sobre el pecho y exhibiendo una gran sonrisa, detrás, la imponente catedral de Barcelona aún en obras.

«Voy a llevármela. Al fin y al cabo aquí hay dos cosas que sí quiero que perduren en mi memoria. Una es la ciudad donde nací. La otra es Lucas; no olvidar el daño que me ha hecho y que me sirva de advertencia para no volver a confiar en nadie nunca más; me reitero, odio a los hombres y todo lo que tiene que ver con ellos.»

 

Aterrizo en Italia a eso de las nueve y media de la mañana. Cojo diversos transportes públicos y privados hasta llegar, por fin, a la residencia que acabo de heredar.

Para más inri hace un día horrible. Llueve a cantaros y por si eso no fuera poco, la casa está muy retirada de lo que parece ser el centro de la ciudad.

Pago al taxista y me apeo del coche de inmediato. Mis pies se ensucian de barro mientras me acerco tímidamente a la verja de barrotes enroscados y oxidados que delimitan mi nuevo hogar. Exhalo un suspiro enorme mientras me aferro a ellos, apretándolos con fuerza y sintiendo como una alegría indescriptible y desconocida para mí, me reanima el alma.

Las gotas de lluvia resbalan por mi rostro y caen al suelo, fundiéndose con las demás. Estoy empapada y tengo frío, pero no me importa. Contemplo desde la entrada cada árbol, cada mala hierba, cada objeto abandonado en su interior. Me parece un lugar fantasmagórico y aterrador pero sigo contenta; es mío. Solo mío.

«Por fin tienes algo tuyo. Algo que nadie te podrá arrebatar».

Intento levantar la cabeza para ver por encima de la verja algo que pueda resultarme vagamente familiar, pero nada. No conozco este lugar, de hecho ignoraba la existencia de esa tía abuela de mi madre. Por lo visto, hasta los servicios sociales la ignoraban o tal vez la descartaron por no estar en condiciones físicas o mentales de hacerse cargo de una niña de seis años.

Sea como fuere, siento como si al fin hubiera obtenido mi recompensa a años de calvario e inconmensurable dolor. Y esta recompensa llega en su mejor momento.

Empujo la verja que chirria de forma estridente y entro. Las malas hierbas se han adueñado del lugar invadiéndolo todo. Parece que la casa lleva años cerrada, olvidada, y la naturaleza se ha abierto camino reclamando cada espacio sin piedad.

Suspiro un par de veces y saco la llave de latón del bolsillo. Días antes de venir las había recibido por una empresa de mensajería, tras aceptar la herencia y efectuar todos los pagos reclamados hasta la fecha.

La casa parece una antigua masía descuidada.  Las paredes son de piedra gris y hay un impresionante porche rodeado por arcos de piedra blanca, ahora invadidos por la hiedra que asciende salvajemente por la pared.

En la fachada principal hay diversas puertas de madera dobles y ventanas pequeñas, cubiertas por marquesinas de madera de color verde, descascarillado.

Voy directa a la puerta principal, la que está en medio y es más grande que las otras.

Lo primero que percibo al entrar en el que será mi nuevo hogar, es un fuerte olor a humedad. A añejo. El techo tiene algunas goteras, por lo que en el suelo se está empezando a formar un charco.

Las ventanas las han sellado con cartones que impiden entrar la luz. Las cortinas blancas están desgastadas y sucias. Me pregunto si alguna vez han sido lavadas o sobre ellas se imprime la carga de años pasados.

Camino poco a poco palpando las paredes de papel hinchado y choco con un sofá tipo años cuarenta. Tapizado de cuero verde desgastado, con altos brazos y el respaldo perfilado por madera de nogal apolillado. Decido descubrir una de las ventanas para que la luz haga su cálida aparición en la estancia.

La habitación es bastante grande, al menos comparada con mi piso. Los muebles y detalles pertenecientes a otra época. Para mi sorpresa hay una mesa ovalada de nogal y unas sillas recias a su alrededor.

Las lámparas de araña están tapiadas bajo una densa capa de polvo, el papel de las paredes desgarrado y amarilleado por el transcurso de los años y las escasas estanterías… aún sostienen fotografías antiguas en blanco y negro.

Me estremezco. Todo lo que hay aquí me recuerda al escenario típico de una película de terror. Todo es tan…tenebroso.

Me armo de valor y paso una mano trémula por la superficie de la cómoda y arrastro un suave manto gris de polvo.

«Me parece que voy a tener mucho trabajo aquí…»

La cocina no es mucho mejor: grande, espaciosa y con una enorme mesa de roble rectangular en el centro.

Como era de esperar no hay electrodomésticos que funcionen, tan solo una vieja nevera de doble puerta da una diminuta nota de modernidad. El horno es de gas así como los quemadores repletos de grasa y bichos muertos.

Me cubro la boca con la mano de puro asco al comprobar que inquilinos indeseables han dejado durante años, sus cadáveres amontonados en la encimera, el suelo e incluso dentro de los armarios de la cocina.

Decido no seguir investigando en la planta baja; ya he tenido bastante por el momento. Asciendo por las escaleras de madera, haciendo crujir algunos peldaños y empiezo a abrir las habitaciones. Una a una.

Hay cuatro habitaciones enormes. Por suerte están prácticamente vacías. Una de ellas es un baño. Dispone de todo lo necesario: pica, retrete y una espectacular bañera de porcelana antigua situada bajo una ventana.

Intuyo cuál es la habitación de mi tía, la que está situada en la fachada principal y dispone de una cama de matrimonio en el centro, además de un gran armario. Otra particularidad son los retratos de vírgenes, crucifijos y rosarios que cuelgan por todas las paredes. El olor también es peculiar… Abro la marquesina de la ventana y dejo pasar el aire fresco para ventilar la habitación.

En el último piso está la buhardilla. Repleta de trastos viejos y sábanas tapando muebles antiguos. Todos inservibles, pues las termitas los han desintegrado por algunas zonas.

 

Bajo rápidamente y vuelvo al comedor, que parece algo más acogedor que el resto de la casa.

«No sé si algún día conseguiré sentirme realmente a gusto aquí, pero pase lo que pase, voy a intentarlo.»

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