XAVI ALTA

Verónica 7

Desde pequeña, Verónica había sido consciente de la atracción que despertaba a su alrededor, sobre todo entre el público adulto. Siendo bien niña ya solía salirse con la suya. En clase, gracias a su aplomo e inteligencia. Entre el profesorado, mostrando siempre su mejor cara, la niña buena, agradable y cumplidora que siempre colaboraba en el aula. En familia o con los amigos, tampoco tenía rival. Las demás madres envidiaban a la suya por haber parido y criado aquella criatura maravillosa.

La adolescencia la dotó de nuevas armas. Pronto aprendió que, con éstas, no sólo podía ampliar su radio de acción, si no que multiplicaban por mucho su efectividad. Sobretodo, entre los hombres, independientemente de su edad o condición. Ahora eran los padres los que envidiaban a sus hijos.

Los estudios habían sido una de sus mayores preocupaciones durante su adolescencia y ahora que quedaba solamente un año y medio para licenciarse no iba a bajar el ritmo. Nunca había tenido demasiados problemas para pasar de curso con buenas notas, pero desde tercero de secundaria alguna vez había tenido que hacer uso de sus artes ocultas.

Debía contar quince años cuando se insinuó a un profesor por primera vez. Estudiaba Historia Contemporánea y no le gustaba nada. No le gustaba la materia ni el profesor, un fósil de la vieja escuela que, para regocijo de sus alumnos, estaba convencido de estar declamando poesía patriótica en vez de narrar los últimos tres siglos de la civilización. Pero la venganza de éste, consciente que su estilo docente no era apreciado por aquella jauría de semi-analfabetos ni compartido por los demás profesores, solía consistir en no dejar títere con cabeza en las evaluaciones trimestrales. Verónica lo tuvo muy claro. Aquel amargado necesitaba una alegría. Y fue mucho más fácil de lo previsto. Una sonrisa por aquí, unos morritos por allá, un botón de la blusa desabrochado de más, un descuido con la falda al sentarse, y aquel desgraciado babeaba. La chica tuvo claro en todo momento hasta donde iba a llegar. Y no se equivocó. Bastó con desabrocharse dos botones de la blusa para mostrar un sostén negro completamente transparente. Los sudores del profesor-emperador y una mueca enajenada confirmaron que había llegado. Sí, había manchado el pantalón. ¡Patético! Pero Verónica contó con la mejor nota de la clase, un notable. Más que suficiente a tenor del esfuerzo realizado.

Tres profesores más vieron pasar a Verónica por su despacho con oscuras intenciones. El de ciencias de cuarto de secundaria tuvo el privilegio de sobarla a conciencia. Durante diez minutos. Otro notable. El de filosofía de primero de bachillerato no se conformó con tan poco. No sólo la sobó, le exigió desnudarse de cintura para arriba, y no se dio por satisfecho hasta que Verónica le hizo una paja. Quería más, claro, pero a un hombre hay que darle exactamente lo que se merece, ni más ni menos.

No fue hasta el año siguiente, en segundo curso de bachillerato, que tuvo que emplearse más a fondo. Otra vez la maldita filosofía. Un profesor distinto, pues el anterior había sido cambiado de destino, pero durante todo el curso estuvo convencida que ambos docentes habían hablado de ella, sobre todo a tenor de cómo la miraba. Era más joven que el anterior, incluso más guapo, pero mucho más sucio. El día antes del examen final la recibió en su despacho, pues Vero le había pedido consultarle alguna duda, pero éste no se anduvo con chiquitas. Cinco minutos después estaba arrodillada en el suelo del despacho, detrás del escritorio, ensalivando el miembro de aquel cerdo. Al menos agradeció que la avisara antes de correrse, pues quiso hacerlo sobre “ese perfecto par de tetas que te gastas”, y que le pusiera el primer y único excelente de su vida en filosofía, sin duda el más meritorio, pues no respondió a ninguna pregunta del examen.

La experiencia de Vanesa con el profesor Ayala sirvió para que Verónica afinara el tiro. Era un hombre distinto, al menos eso quería creer él de sí mismo, así que no utilizaría la estrategia acostumbrada.

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