XAVI ALTA

Yolanda 7

Today’s our Future sonaba potente con la guitarra distorsionada. Tres acordes, solamente tres, marcaban el ritmo de la canción. July había hecho varias pruebas con la guitarra Fender Jaguar en color madera de su padre, pero no lo había logrado. Había sido Yoli, la guitarrista rítmica del grupo que había cambiado de instrumento para tocar el bajo, la que había dado con las notas adecuadas.

Había llegado a casa de July a media tarde. Acabadas las clases del primer día de enero, martes después de Reyes, había salido escopeteada de la universidad hacia el piso dúplex que su amigo compartía con su padre. Era hijo único y su madre hacía ya once años que había fallecido. Había sido su padre el que se había movido siempre en ambientes bohemios, había tenido su propio grupo, luego había intentado ser productor, manager, compositor, o cualquier cosa que lo mantuviera en ese ambiente. Ambiente viciado, excesivo y a menudo, muy peligroso.

Curiosamente conoció a Marisa en el hospital al que fue a parar después de dislocarse un hombro y fracturarse el codo en una caída estúpida saltando desde el escenario, borracho como una cuba. El concierto era de Siniestro Total. Nombre profético del final de su currículum musical.

Al principio tuvo varias trifulcas con aquella enfermera de ojos claros y carácter fuerte que besaba como los ángeles. Pero ya lo dice el refrán, tiran más dos tetas que dos carretas, y las de Marisa, sin ser excepcionales, estaban muy bien puestas.

Lo sarcástico del caso es que la que pocos años después contrajo Lupus Sistémico fue la que tenía conocimientos de enfermería y algunos de medicina, la que había cuidado su alimentación y había hecho deporte semanalmente, la que merecía vivir hasta las 120 primaveras. Fueron dos años durísimos para todos. Marisa se apagaba, mientras Manuel maldecía a todos los dioses del universo. Estuvo a su lado hasta el último momento y le prometió que no se hundiría, que tiraría para adelante pues “Julio te necesitará tanto como yo te he necesitado estos meses”.

Claro que tiró, no le quedaba otra. Un chaval a punto de cumplir 10 años agarraba con fuerza su mano derecha mientras un montón de familiares, amigos y conocidos le daban el pésame y le decían lo injusta que podía llegar a ser la vida. Fue un entierro bonito, tierno incluso, en el que no se permitió ninguna lágrima, ni mostró ningún signo de debilidad. Por Julio.

De noche, en cambio, al sentir todo el peso de la soledad en la gran cama que felizmente habían compartido, se hundía y lloraba como un maldito crío.

July derramó cubos y cubos de lágrimas al volver a casa, justo acabar el entierro. Pero nunca más lo hizo. Incorporó el recuerdo de su madre como uno más, el más importante, de los ángeles que poblaban su inmenso mundo interior. Y allí la retuvo.

“Ahora faltará que Sergio haga los arreglos solistas y encajemos la voz de Adán para que esté lista”, sentenció July, pero no las tenía todas consigo, pues para ello había que reunir el grupo de nuevo y la última discusión había sido demasiado grave, se habían dicho demasiadas barbaridades. Pero Yoli tomó la iniciativa de nuevo. Ella los reuniría. Ella los haría entrar en razón.

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