ANNABEL VÁZQUEZ

Barcelona. A 1014.28 kilómetros de distancia de Nápoles.

Entro en casa, son las once de la noche.  Dejo la bolsa y la carpeta sobre la mesa del comedor y me siento en una silla con la mirada fija en el suelo.

«¿Qué, Ingrid? Volvemos a estar solas», —masculla la voz de mi conciencia.

Cierro los ojos con fuerza intentando desterrar la última imagen de Lucas de mi mente. Pero la casa está llena de recuerdos, todavía vivos, palpables… incluso su olor… aprieto los labios formando una fina línea y me dirijo hacia el baño.

«Sí, ahí estas. El cabello largo y ondulado extremadamente revuelto, esos ojos negros cansados, hinchados y profundamente heridos, labios secos y algo despellejados por el descuido, y ese cuerpo…»

                Exhalo un suspiro frustrante y decido lavarme la cara enjabonando fuerte, deseando poder borrarla.

«Eres fea. No, ¿cómo dijo él? ¡Ah sí! “simple” soy una mujer simple. Carente de alegría, de emoción… soy así: simple».

                Vuelvo al comedor con el corazón encogido. Observo la habitación y siento que si no puedo conseguir desaparecer, esfumarme o desvanecerme como una cortina de humo, jamás podré recuperarme.

“No eres tú. Tú eres una chica normal, simple y con demasiados traumas que te impiden vivir plenamente, me he dado cuenta de que yo necesito más. Contigo tengo la sensación de que me falta algo”.

                Esas palabras resuenan en mi mente una y otra vez. Pero mi memoria sigue empeñada en torturarme y me recuerda otras frases hirientes salidas de sus labios.

“Has sido una mujer de tránsito. Ha estado relativamente bien mientras duró, pero ahora he encontrado por fin a la persona que me completa”.

                Naturalmente mi subconsciente se encarga de bloquear aquellas falsas palabras de consuelo tipo: “todavía tienes que conocer al hombre que es para ti, que te comprenda y sepa ayudarte.” “No eres tú. El problema es solo mío, así que no te mortifiques.” “Seguro que te irá mejor sin mí.” “Tú mereces más de lo que yo puedo ofrecerte, alguien que te lleve y haga que te sueltes…

Palaras absurdas. ¡A la mierda él! ¡A la mierda todos los hombres! Solo tengo ganas de gritarlo a los cuatro vientos: ¡Los odio a todos!

Toco la cicatriz que atraviesa mi cuello en forma de media luna, desde el final del lóbulo de la oreja derecha hasta el principio de la clavícula, y emito un jadeo desconsolado. Tengo la sensación de que voy a echarme a llorar. Otra vez. ¿Es que todavía me quedan más lágrimas?

Lo curioso de todo este asunto es que no echo de menos a ese estúpido, es la impotencia mezclada con la soledad y ese continuo rechazo hacia mí misma lo que realmente me roba el sueño por las noches.

 

No sé bien la hora que es cuando despierto.

Me pongo en pie y camino torpemente por la habitación a oscuras hasta llegar a la cocina. Mi estómago ruge. Tengo hambre, pero recuerdo que hace varios días que no he ido a comprar. No obstante, me dirijo a la nevera, la abro de par en par y veo un trozo de queso manchego envuelto en papel de aluminio. Lo desplego y sobre él hay pequeñas perlas enmohecidas de color verde que permanecen incrustadas en uno de los laterales. Me encojo de hombros. Saco un cuchillo del cajón y raspo la parte indeseable con cuidado. Luego corto el queso en tacos y sin pesar demasiado el tiempo que lleva ignorado en el cajón de la nevera, me lo como.

Encima de la mesa de la cocina hay varias cartas sin abrir. Las he ido acumulando sin prestarles demasiada atención, como siempre. Pero hoy pienso hacer un esfuerzo y mirar una a una para despejarme un poco.

Factura del gas, factura de la luz, factura del agua, factura del alquiler, una, dos y tres multas de tráfico por exceso de velocidad… sonrío pensando que serán las últimas. Me he deshecho del coche porque ya no podía pagarlo y además, me han despedido; ir al trabajo a contrarreloj se ha terminado.

Vuelvo a amontonar las cartas sin mucho interés y advierto una que ha pasado inadvertida. Es un sobre marrón con remitente de Italia.

«¿Italia?»

La examino con mucha atención:

Remitente: gestoría Vista Allegra.

Giro el sobre para ver si verdaderamente va dirigido a mí o es un error.

Sta. Ingrid Montero Villa.

C/ Joan Miró 37. 4º 1ª, 08001 Barcelona.

 

«No hay lugar a dudas, es para mí».

 

 

La abro rápidamente y dentro veo dos hojas: una en español y otra en italiano.

Aunque el italiano no es un idioma desconocido para mí, decido leer primero la que está escrita en español.

 

A la atención de la Sta. Montero villa;

Nos complace comunicarle que según el artículo 658 y las últimas voluntades de la señora Anna Villa Doro a continuación expuestas, usted pasa a ser única heredera y propietaria legal de la finca Villa Doro, situada en la calle Rigoretto nº 27 Sant Agnello, Nápoles.

                Durante los próximos tres meses, deberá reclamar su herencia así como hacerse cargo de todos los pagos pospuestos de la finca desdel fallecimiento de la propietaria y los referentes a la reclamación de la herencia, tal y como se recoge en el artículo 659.

                En caso de que usted decida no hacer frente a tales gastos, la propiedad pasará a formar parte del estado así como el contenido de la misma.

               

                Atentamente: Mariano Victorio Donattelli.

 

Luego hay un documento adjunto. Tardo unos segundos en darme cuenta de que es la copia firmada del testamento. En ella no hay ninguna duda, soy la única heredera de una finca de 1.750 metros cuadrados en la mismísima Italia.

No puedo ocultar mi cara de sorpresa. Estoy literalmente congelada.

En cuanto me acuerdo de volver a respirar leo la copia en italiano que es una traducción más detallada de la primera carta.

Siento como si mi boca tuviera dentro una palanca que le impide cerrarse. Me levanto, deambulo por la habitación y me pregunto seriamente si puede ser posible que después de todo este calvario haya algo de luz, si Dios realmente existe y ha decidido concederme un deseo: el de desaparecer.

Cojo mi ordenador, introduzco la contraseña y accedo a mi cuenta bancaria. No me queda mucho dinero, pero con lo que me han finiquitado y algo que tenía ahorrado por ahí podré hacer frente a los pagos después de todo.

Posiblemente me quede a cero. Pero ésta es una oportunidad única: la de poder cambiar de vida; no pienso desaprovecharla.

 

«Al final va a ser verdad eso de: “cuando se cierra una puerta se abre una ventana”»

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s