TANATOS12

Capítulo 18

En la penumbra de aquella habitación María y yo planeábamos entre susurros una estrategia creíble. Mi novia alternaba unos “estamos locos” con unos “¿pero cómo le voy a decir eso?” de manera bastante nerviosa e inquieta. Finalmente, lo más decente que pudimos urdir, fue que bajara con su móvil fingiendo no tener buena cobertura arriba, lo cual era cierto.

Me puse tremendamente tenso y no menos tensa estaba ella, la cual accedía a mi petición, cosa que meses atrás no hubiera sucedido, y yo me preguntaba qué estaba pasando. Estaba claro que el culmen de mi fantasía era verla teniendo sexo con otro hombre y aquella cima la habíamos coronado en la boda. Una cima que yo quería alcanzar más veces. Pero esto era diferente, era más suave, una especie de ramificación de la fantasía primaria que a veces cogía especial fuerza. Y yo me preguntaba si esa ramificación no estaba también atacando a María. Una chica que nunca había disfrutado de sentirse deseada, ni siquiera le había dado nunca ninguna importancia, pero yo empezaba a ver algo allí, en ella. La noche que había conocido a Álvaro, la manera de dejarse mirar, de dejarse querer… Y… también la noche anterior, en el bar… delante de aquellos hombres ¿de verdad ella no había disfrutado? ¿De verdad era todo rubor? ¿No habría mitad rubor mitad un agradable sentimiento de… de sentirse poderosa? ¿Y en la cena con el chico que ahora estaba abajo? ¿Se había sentido solo incómoda o algo le palpitaba en su interior por sentirse codiciada?

María me besó, con su móvil en la mano, y yo recibí el beso y la abracé. Mi novia, achispada, algo borracha, tenía una sonrisa intranquila que me contagiaba y me encandilaba. Mis manos fueron a sus pechos, suavemente, y noté los pezones duros a través de la tela. Sus pezones se le marcaban de forma brutal, pero no le dije nada. Bajé una de mis manos a su entrepierna mientras su lengua jugaba con la mía y sentí su coño húmedo, hinchado y blando… solo tapado por el fino pijama.

—¿Estás seguro…? —susurró en mi oído y supe que me estaba cargando con la responsabilidad a mí, pero era obvio que si ella bajaba era porque algo en su interior deseaba hacerlo.

—Sí…

—¿Y si… le caliento de más… e… intenta besarme?

—Ya sabes lo que quiero… —susurré besando su mejilla y disfrutando de su coño que notaba tierno y suave a pesar de estar tapado.

María salió de la habitación despeinada, acalorada, cachonda, descalza, sin ropa interior y marcando pezones. Yo no sabía quién de los dos estaba más nervioso. Y aquel chico no se podía ni imaginar la suerte que estaba a punto de tener.

La escuchaba descender por la ruidosa escalera mientras me tomaba un tiempo antes de hacer mi primera exploración. Volví a pensar en esa ramificación exhibicionista y pensé en si ambas fantasías podrían confluir. Si de ese exhibicionismo se podría llegar a un acto sexual pleno y que yo pudiera verlo. No parecía en absoluto que fuera a pasar nada con aquel crío pero el ¿y sí…? estaba ahí. Aunque solo fuera un beso, verla besándose… me mataba del morbo. Me temblaban las piernas, solo, en la soledad y oscuridad de aquella sofocante habitación, imaginándolo.

Yo no tenía ni idea de lo que podría pasar, pero sí sabía lo que quería. Y pensaba que María no sabía qué podría pasar, ni sabía lo que quería.

Dejé pasar dos, tres, cuatro minutos, hasta que cogí mi móvil. María me había escrito en aquel momento:

—Está muy nervioso, esto es una locura.

Me sorprendió que María le hubiera puesto nervioso tan rápido, pero quizás solo con verla ya se había acobardado. Tan nervioso o más que aquel chico le respondí:

—¿Sí? ¿Y cómo lo ves? ¿Te gusta?

Vi que mi móvil ponía “escribiendo” y yo miraba al techo y resoplaba en silencio. La espera era un suplicio.

—Es guapito… pero… es de locos… no creo ni que tenga 20 años, Pablo.

No quería escribirle más, para que no se desviara de su objetivo, pero ella escribió:

—Álvaro no para de escribirme.

—No lo leas sin mí, por favor…

—No, no estoy leyendo, pero me verá en línea.

De nuevo no respondí, intentando que ella usara las armas que pudiera con el chico, sin perder un valioso tiempo conmigo.

Dejé pasar tres o cuatro minutos más hasta que resoplé y me dispuse a salir de la habitación. Tenía el cuerpo ardiendo y las manos congeladas, como siempre que estoy nervioso. Me puse el pijama tiritando de los nervios, arrimé la puerta y caminé sigiloso hacia las escaleras, preparado para asomarme. Si alguien de las habitaciones vecinas saliera en ese momento me vería de pleno, así que decidí que si escuchaba ruido bajaría, como si me hubieran visto a punto de bajar.

Asomé la cabeza, infartado. Mi corazón no entendía de una lógica que indicaba claramente que no vería nada especial. Los vi. En un sofá de dos plazas, cada uno con su móvil, pero hablando entre ellos. Algo pegados, pero no mucho. Si María levantara la cabeza me vería, para que me viera él tendría además que girar el cuello. El lenguaje corporal del chico denotaba incomodidad, la belleza que miraba con lascivia horas antes la tenía ahora al alcance de la mano… Siempre es más fácil imaginar que sentir. Siempre es más fácil domar tu utopía que afrontar una realidad. Y esa realidad tenía las mejillas sonrojadas, se le notaba de forma tremenda la silueta de sus generosas tetas bajo el pijama y le miraba sabiéndose poderosa, pero a la vez con un gesto coqueto, casi tímido, haciéndole balbucear.

Hablaban en tono bajo y ella estaba algo girada hacia él. Les escuchaba algo sobre alguna foto, y ella se acercó más para mirar el móvil del chico. A los pocos segundos pude deducir, más o menos, que María le aconsejaba qué foto era mejor de varias que tenía él en su teléfono, quizás para subir a alguna red social o para enviarle a alguien.

Me retiré un poco. Como un soldado en su trinchera. Dudé en seguir mirando o no. Lo cierto era que era muy difícil que pasase nada… Era más un deseo que una posibilidad real. Quizás con otra persona, con un hombre, no con un niño…

Decidí volver a la habitación y esperar un poco antes de volver a espiar. Una vez allí sentí unos nervios y una inquietud insoportables, pero maravillosos. Me tumbé boca arriba sobre la cama y disfruté de aquella soledad y oscuridad, y de aquel desasosiego que me hacía temblar involuntariamente.

Imaginé que María se hartaba y se acercaba más al chico y comencé a sentir una pequeña erección. Imaginé que se subía encima de él y me bajé un poco el pantalón del pijama. Allí, tumbado, me topé sin querer con las bragas blancas de María… y me las llevé a la cara mientras me imaginaba que aquel chico por fin se atrevía a hacer algo y llevaba sus manos al culo de ella, haciendo que María se sentase completamente sobre su entrepierna.

Busqué la parte más húmeda de las bragas de María, bragas que había aplastado contra su coño minutos antes… y olí aquel perfume que era sexo puro embriagándome todo el cuerpo. Aquel aroma a hembra excitada entró por mi nariz y me invadió de tal manera que mi polla palpitó impresionada.

Comenzaba una paja lenta cuando mi móvil se iluminó. Ella me había escrito:

—Está muy muy nervioso… pero hace sus preguntas.

Me incorporé inmediatamente para responderle:

—¿Qué preguntas?

—Me ha preguntado por ti.

—¿Ah sí? ¿Y qué le has dicho?

—Le he dicho que somos amigos.

—¿Por qué lo ha preguntado?

—Para tantearme, supongo.

—Casi le doblas la edad.

—Bueno, es lo que querías ¿no?

Me sorprendían gratamente esos avances en apenas diez minutos. Me preguntaba qué estaría haciendo María para conseguir ese progreso.

—¿Le estás calentando?

—Solo me falta morderme el labio al mirarle.

—Joder… —dije soltando el móvil.

Me senté sobre la cama. Resoplé. Y esperé. Miré el reloj. Me tumbé, boca arriba. De nuevo sus bragas en mis manos. De nuevo aquella seda blanca mi cara. Cerré los ojos. Me impregné de aquella fragancia e imaginé. Imaginé y dejé que mi polla lagrimease sola, sin tocarme. Cinco… diez minutos… Sus bragas en mi cara, mi móvil en mi mano. No se iluminaba…

Temblé. No pude más. Aparté sus bragas de mi cara. Me subí el pantalón del pijama y me encaminé hacia el pasillo. De nuevo aquellos nervios, aquellos espasmos, aquellos temblores.

Otra vez tras la trinchera, saqué mínimamente mi cabeza para verles:

Lo que vi fue más de lo que pude haber imaginado.

Los dos en la misma parte del sofá se miraban fijamente. Encarados. Él se había acercado a ella. Una pierna de María sobre las suyas… ¿Un botón de María desabrochado? No podía estar seguro. Ella colorada. A él no podía verle la cara. Podía vislumbrar el pecho de María respirar, sus tetas hincadas. Sus pezones tiesos… Podrían besarse… en cualquier momento.

No podía ni moverme. Pensaba que podría vomitar de los nervios. Si un huésped apareciese no tendría la capacidad de reaccionar. María llevó una de sus manos al pelo del chico… y después a su cara, en un gesto extraño, algo forzado, y él no se movió. ¿Qué le habría dicho María para provocar ese acercamiento? ¿O es que quizás aquel crío no era tan inofensivo?

El silencio era asfixiante. La mano de María seguía en el pelo de él, pero él no hacía nada con las suyas salvo sostener su móvil. Y sus ojos… ¿a donde irían? ¿A la cara de María? ¿A su escote? ¿A sus tetas? ¿A sus pezones? Algo debió de decir él pues ella sonrió. ¿Halagada? La pierna de María, sobre él, era insolente y forzada. Una de las manos del chico por fin cogió vida y fue al encuentro de esa pierna… La cara del chico se inclinó hacia adelante. María, encajonada, no parecía verlo venir. Cuando un estruendo enorme nos mató a los tres.

La puerta de entrada de la casa se abrió. El chico se echó hacia atrás y la pierna de María salió súbitamente de aquel territorio conquistado. Yo, bloqueado, vi como entraba una pareja en la casa, de unos cuarenta y pico años, mientras el chico se retiraba aun más y mi novia se recomponía, colorada y errática, aunque en absoluto la pareja les había visto.

Me aparté, suponiendo, sin equivocarme, que subirían al piso de arriba… Me fui en retirada hacia nuestra habitación y cerré la puerta con cuidado, con tiempo de sobra para no ser visto. Escuché sus pasos por la escalera. Me imaginé a María ruborizada y maldije la intromisión y maldije no poder verles disimulando, pudorosos. Escuché sus pasos tras mi puerta, entrando en su habitación, y caí en que aquella mujer rubia, algo corpulenta, de labios rojos, pelo teñido y semblante serio, era la propietaria de los gemidos de la noche anterior. Su pareja, mediocre e insípida, parecía que se reservaba la sustancia para la intimidad.

Me dejé caer sobre la cama y pensé que aquello seguramente les devolvería a la realidad. Si yo barajaba la posibilidad de que pudieran ser interrumpidos, no por unos desconocidos, si no por la hermana… o los padres del chico… ellos también lo estarían pensando…

Roté sobre la cama. Mareado de tantos sentimientos. Cuando mi móvil se iluminó de nuevo. Era María. Mis manos me temblaban… Tenía un presentimiento de que algo aun podría pasar. Quizás solo fuera que realmente lo deseaba, deseaba que aquello no acabase así. Hasta me costó desbloquear el móvil por mis dedos convulsos… Acabé por leer en mi pantalla:

—Se acaba de ir a la habitación de sus padres a pedirles las llaves del coche.

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