ANNABEL VÁZQUEZ

La habitación es grande

Demasiado grande— Piensa Marcello mientras da vueltas al anillo de oro blanco e incrustación de rubíes que rodea su dedo corazón.

No le hacían falta tantos lujos, de hecho estaba convencido de que todo aquello no acababa de proporcionarle la felicidad. Siempre había algo que se interponía, le oprimía el pecho y le sacudían fragmentos nostálgicos de una vida anterior, cuando aún era un niño, ajeno a todos los compromisos, responsabilidades y deberes que conlleva su condición.

Hasta ahora jamás se ha planteado abiertamente lo que eso significa.

«¿Puedo vivir en un sitio más pequeño? ¿Puedo prescindir de internet, chofer y organizadas fiestas hasta altas horas de la madrugada?»

Marcello podía desear ser otra persona, de hecho, lo deseaba cada vez con más frecuencia, por desgracia, no estaba en su mano poder elegir.

—¿Rosas o lavanda? –Una vocecilla irritante le asalta por su izquierda— ¿Quieres prestarme algo de atención, por favor?

—¿Qué? Perdona… ¿qué decías?

—Estoy hablando de los centros de mesa. ¿De qué color los pongo: rosas o color lavanda?

—Paola… ¡qué más da! ¡Eso no son más que chorradas!

—¡Dijiste que me ayudarías! Y te recuerdo que estamos a día siete y no me has hecho ni caso. Llevo una semana detrás de ti, no me parece justo. ¡No te implicas!

—¡Sí que me implico! –Discrepa con fingido dolor en la mirada— es solo que no creo relevante el color de los centros de mesa en este momento…

—Está bien. –Acepta Paola, herida— Ahora no es relevante el color de los centros de mesa. Más tarde no lo será que tu padre haga de aquí a tres meses sesenta años, ni que tu familia cuente contigo para organizar algo tan insignificante como una fiesta de cumpleaños a la que estará invitada muchísima gente importante, ni será relevante que…

—Shhhhhh ¡cállate! –Le corta en vistas que su argumento se prolonga más tiempo del necesario— Está bien, perdona… no quería decir eso… rosas.

—¿Cómo?

—El color de los centros de mesa… los rosas son bonitos.

—¿Tú crees? –Pregunta dudosa alzando una ceja— está bien. Los rosas me gustan. ¿Pero no crees que quizá son demasiado femeninos? En realidad no tiene por qué, el rosa es un color como otro cualquiera, pero por alguna razón, tendemos a asociarlo con el color de la mujer y…

—Ponlos color lavanda entonces…

—Lavanda…. –Paola se acaricia suavemente el mentón a modo de reflexión— sí, era lo que yo pensaba. Creo que los de color lavanda son más acertados para la ocasión… iré a encargarlos ahora mismo.

—No sé para qué me montas una escenita si de todas formas acabas eligiéndolo siempre todo tú… —musita por lo bajo.

—¿Has dicho algo? –Paola se gira para mirar a su hermano.

—Solo decía que encargaras uno o dos de más… por si sucede algún percance.

—¡Cierto! No lo había considerado.

Paola se desvanece con la misma rapidez de un pestañeo. Marcello mira a su alrededor y sonríe para sí. Sigue siendo un cero a la izquierda y tiene la sensación que su opinión no cuenta para nada, pero hasta ahora no le había importado. Tenía todo cuanto quería y era, en cierto modo, afortunado.

No hay hombre, mujer o niño en toda Nápoles que no le tenga respeto y admiración. Aunque para su familia no sea más que “el niño mimado”.

Marcello no es un chico muy alto. Su altura oscila entre 1,72 y 1,75.

Tampoco destaca por ser extremadamente fuerte, su constitución es más bien delgada, a diferencia de sus hermanos, aun así su musculatura está bien marcada por las horas diarias que dedica al ejercicio físico.

Pero él tiene una particularidad que le hace único. Sin duda, sus ojos claros son su carta de presentación; la heterocromía es una anomalía genética poco común, sin más consecuencias para la vida diaria que la de ofrecer un aspecto intimidante, tal vez algo oscuro o siniestro.

En el caso de Marcello, nadie se atreve a mencionar nada al respecto, los desconocidos evitan mirarle directamente a los ojos por temor a causarle incomodidad. Por lo que respecta a él, tiene tan asumida su diferencia que hasta le gusta el hecho de destacar en ese aspecto.

Su nariz es delgada y sus labios rectos, no excesivamente gruesos.

Teniendo en cuenta sus facciones finas, suaves y la ausencia casi total de vello, su rostro refleja un aire aniñado, aunque masculino.

Su cabello castaño claro es lacio y lo lleva algo más largo de lo habitual, lo suficiente como para poder peinárselo con los dedos y retirárselo del rostro cada vez que se le mete en los ojos. Como no es amante de la laca o la gomina, suele molestarle con frecuencia, por lo que continuamente se lo retira hacia atrás o hacia un lado despeinándoselo. Tocarse el cabello se había convertido en un mal hábito, una pequeña manía de la que no podía deshacerse. Según su padre, ese gesto denotaba inseguridad y por lo tanto le hacía débil ante los demás, algo que no podía permitirse si pensaba seguir los pasos de su familia.

Pero como de costumbre, Marcello hace oídos sordos a los consejos de sus allegados. Llevar el pelo revuelto y salirse siempre con la suya no son más que simples actos de rebeldía que le hacen sentir importante, distinto. Siendo el varón pequeño, ésta es su única arma para destacar.

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