XAVI ALTA

Paula. 6

Todos los seres humanos, hombres y mujeres, viejos o jóvenes, tenemos grabados en la memoria episodios concretos de nuestra vida. Algunos son brevísimos. Como un flash-back cinematográfico que somos capaces de ubicar perfectamente en el tiempo y el espacio y que suele remitirnos a un recuerdo más amplio. Otros, siguiendo con el símil cinematográfico, son escenas completas que suelen durar unos minutos o incluso más tiempo y que somos capaces de reproducir, instante a instante, diálogo a diálogo.

Las vacaciones de Navidad del vigésimo año de vida de Paula Rozas quedarían grabadas en su memoria para siempre. No solamente como un pequeño flash-back, ni tampoco como una escena aislada. Sino como una película en versión original merecedora de todos los premios de las Academias del Cine de ambos lados del Atlántico, sobre todo en lo referente a Mejor Guión Original, Mejor Banda Sonora, Mejores Efectos Escénicos, que no Especiales, y sobre todo, Mejor Actor. El premio a Mejor Película de la Historia lo daba por descontado.

Durante los siguientes meses Paula sería capaz de recordar escena por escena, palabra por palabra, olor por olor, sensación por sensación, cada segundo compartido con Martín en su casa durante aquellas vacaciones.

El jueves a última hora de la mañana la llamó para verse y estudiar. “Lo de ayer me supo a poco”, le dijo. Y ella salió disparada hacia la dirección que él le dio. Una calle cuyo nombre nunca había oído en un barrio residencial de clase alta en el que nunca había estado. Tardó casi cuarenta minutos en llegar en transporte público, después de tener que realizar dos transbordos.

Llamó al vídeo portero, peinándose con las manos nerviosamente. “Buenos días Sonrisa, entra”. El sonido inequívoco del mecanismo automático de la puerta la puso en marcha, cruzó un jardín más ancho que su calle y se dirigió a una puerta noble, en madera maciza, que se abrió en el mismo instante en que dirigía su dedo índice al timbre. Una mujer asiática de piel oscura, filipina seguramente, la invitaba a entrar y le decía que el señorito la esperaba en la primera planta.

Si esta primera escena de la película le pareció irreal, más increíble le pareció lo poco que pudo ver de la casa mientras cruzaba un distribuidor circular presidido por una escalera cuya barandilla de madera hacía juego con la puerta exterior de la casa. La criada, término políticamente incorrecto pero ella no conocía otra palabra para referirse a la mujer, le indicó que subiera las escaleras y entrara en la primera habitación a la izquierda.

Allí estaba Martín, sentado sobre sus piernas cruzadas en un amplio sofá verde esmeralda, jugando con los mandos de una videoconsola a matar soldados que morían explosivamente en una pantalla plana, más exageradamente grande todavía. Paula no lo sabía en ese momento, pero él estaba jugando a Call of Duty 4 en un PlayStation 3.

Martín la saludó con un leve guiño de ojo mientras seguía despedazando muñecos en aquella millonada de píxeles. Paula fue avanzando hasta colocarse a su altura, pero no se atrevió a sentarse ni a decir nada hasta que la pantalla se llenó de sangre, versión película de serie Z, y Martín le anunciaba que me han liquidado.

Estudiaron poco. Mejor dicho, nada, antes de comer. Martín le enseñó la casa. O al menos su habitación, la planta de arriba y la buhardilla, convertida en una excelsa biblioteca que ya querría para sí el Centro Municipal de Lectura de su barrio. Aquella casa era lo más parecido al Paraíso.

“Voy a decirle a Wendy que nos prepare la comida”, le anunció cuando volvieron a la sala inicial, que él había bautizado como la salita de juegos. Diez minutos después comían juntos en una de las dos mesas de la cocina, charlando como dos íntimos amigos y compartiendo una botella de vino blanco.

Martín la descolocaba. Cada vez que Paula intentaba dirigir la conversación a los estudios, único tema en el que se sentía segura, éste le sonreía, le hacía alguna broma, le soltaba cualquier comentario estúpido o la tocaba. El mínimo roce la derretía. ¡Es tan guapo! Y con la camisa blanca a medio abrochar, los tejanos gastados, descalzo, y aquellos ojos verdes tan intensos ¡estaba tan bueno!

Volvieron a la salita de juegos, salita más grande que el piso de sus padres, y allí ocurrió. Primero la llamó Sonrisa, desde que entrara en la casa aún no lo había hecho, a continuación, acercó su cara a la de ella sujetando muy suavemente su mentón, y la besó. Ella, sentada recta, educadamente, en el lado derecho del sofá. Él, sentado sobre sus propias piernas ocupando el centro. Fue un beso casto, a cámara lenta. Le supo a Amor. Pero llegó el segundo, y el tercero, cada uno más intenso que el anterior. Bocas abiertas, lenguas entrelazadas, explorando cada rincón del alma del otro. Pronto cayó su blusa, sintió caricias en sus pequeños pechos, dentro del sujetador, hasta que éste también cedió. Seguían lengua con lengua, labios con labios.

Cuando Martín se quitó la camisa, supo que no había marcha atrás. Iba a suceder, lo iba a hacer, aquello que tanto anhelaba. Estaba a punto de convertirse en la mujer más feliz sobre la faz de la Tierra. Por más que lo deseaba, no se atrevió a acariciar su pecho. Simplemente dejó que la moviera a su antojo, que la acomodara, le quitara las botas, tirara de sus pantalones suavemente y volviera a besarla llamándola guapa, preciosa. Sonrisa.

Martín se irguió para quitarse el pantalón, también la ropa interior, pero Paula no quiso verlo. En sus sueños, escrutaba cada centímetro de su piel, no quería perderse ningún detalle. Pero ahora, cuando éstos se cumplían, la avergonzaba mirar. Cerrar los ojos, además, le permitía intensificar los otros sentidos. Cuando las manos de Martín tiraron de los laterales del tanga para quitárselo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Notó como se acomodaba entre sus piernas, se las separaba suavemente, y entraba. ¡Dios, gracias por este momento!

Paula no llegó al orgasmo, tampoco era una amante efusiva, nunca lo había sido con José y ahora tampoco le salía. Simplemente se sentía feliz.

La tarde del 28 de diciembre de 2013 quedaría grabada para siempre en los anales de la historia. Universal y del cine.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s