TANATOS12

Capítulo 17

Rodeado por sus brazos quise detener el tiempo en aquel preciso momento. De esas pocas veces que sabes que eres feliz y quieres saborearlo. Su cara cándida e inocente, pero morbosa, sus mejillas coloradas por el alcohol y por el calentón. Su doble travesura de calentar a Álvaro y aquel escote improcedente, triple travesura si sumaba su propuesta de usar lo que había comprado. Era un felicidad disfrutable, que se podía hasta coger con la mano, que se podía hasta oler. Pero fue un clímax que bajó un poco cuando, de nuevo, empecé a preguntarme si toda aquella excitación suya podría existir sin el juego, pues aquel juego había empezado como un “plus”, pero tenía trazas de convertirse en una necesidad.

Una de sus manos me abandonó para cerrarse un botón y mirarme. Nos quedaba aproximadamente media copa por beber y hasta que la acabamos apenas nos dijimos nada. Sobraban las palabras y eran casi todo miradas. Mi imaginación volaba de vez en cuando a la imagen de yo, con aquello puesto, penetrándola… sintiéndome poderoso. Haciéndola disfrutar a ella. Disfrutando yo. Allí de pie, bebiendo de mi ginebra, mirándola, oliéndola… visionaba que, una vez en nuestra habitación, ella me llamaba por otro nombre… Al hacerlo, mi miembro palpitaba, harto de aquel local.

María se puso el jersey, salimos de allí y sus tacones comenzaron a resonar por aquellas calles estrechas y semi vacías. Agarrada a mi cintura, no sé en qué pensaba ella, pero yo le daba vueltas a como saldría aquello, aunque estaba relativamente tranquilo. Después de aquellas semanas de presión, con aquello podría ser Álvaro y después volver a ser yo, quizás con una María ya satisfecha. Y podría volver a ser él y yo otra vez. Y aquello me daba confianza. Como si fuera un comodín o un as en la manga del que poder echar mano para salvar mi inseguridad.

Llegamos a la casa y fuimos atacados por una bocanada de calor espeso. Los sofás, la chimenea, todo iluminado por una luz tenue, ambiente creado por el señor de la casa, que daba un aura de picadero que rozaba lo improcedente. Pasamos junto a los sofás para subir por la escalera de caracol cuando reparé en que no estábamos solos, y es que, el niño mirón de la cena estaba allí, recostado, tecleando en su móvil, seguramente buscando conversaciones diferentes a las que le darían sus padres y su hermana. El chico, en pijama, como si fuera su casa, no parecía tener la intención de apartar la vista de su pantalla, hasta que de reojo vio que la dueña de aquellos tacones era María y no desvió su mirada impúdica hasta que desaparecimos por el piso de arriba.

Mi novia abría la puerta de nuestro dormitorio y mis manos fueron a su culo, sobre sus vaqueros… Aquella luz, aquel silencio expectante que solo tienen los pasillos de hotel… la mirada libidinosa de aquel crío… nuestro plan para aquella noche… todos aquellos agentes creaban una atmósfera tremendamente sexual.

Entramos y su bolso cayó y su jersey voló, y al tercer beso desesperado ella susurró un “tranquilo…” que me obligó a reprimirme.

El siguiente beso fue más manso… pero increíblemente más morboso. Con su lengua en el aire llegó a lamer mis labios lentamente antes de invadirme. Una vez llenó mi boca, me abandonó para susurrarme:

—¿En serio vamos a usarlo…?

—Claro… —respondí sin dudar.

—Estamos locos… —gimoteaba en mi oído, achispada por el alcohol y seguramente también por su imaginación.

No quise retrasarlo mucho más, así que acabé por pedirle un poco de intimidad para ponerme aquello. Me fui al baño no sin antes decirle que no me mirase nada más volver. Me espantaba la idea de ella en la cama, esperándome, y yo apareciendo con aquello puesto.

Me desnudé en el cuarto de baño mientras escuchaba a María haciendo lo propio. No sabía muy bien cómo ponérmelo, no sabía si debía estar erecto o no. Estuve intentando ajustar la cinta en mi cintura, pero no era capaz de hacerme a aquello. Opté por meter mi miembro dentro sin ajustar nada a la cadera y la sensación fue más agradable de la esperada, pues el material era relativamente mullido, su forma repuntaba un poco hacia arriba.

A pesar de que la imagen en el espejo no fue ni la mitad de chocante que cabría esperar, decidí salir de allí sin aquello puesto. Pensé en ir junto a María con eso en la mano y ponérmelo después en la cama, estando los dos excitados.

María había atendido a mi petición y no me miró cuando salí. El dormitorio estaba iluminado por una luz regulable, muy tenue, y ella llevaba puesto la chaqueta de su pijama de seda blanco, como de chico, pero sus piernas sí estaban desnudas y lucían tremendamente apetecibles.

Flanqueé la cama para colocarme a su lado y le susurré:

—No me lo he puesto.

—¿Y eso?

—No sé… lo ponemos ahora. —dije en su oído, dejando caer aquel aparato color carne, atado a su cinta negra, a nuestro lado.

—Me ha vuelto a escribir —dijo María mientras alargaba su mano para coger el móvil de la mesilla. No entendía muy bien por qué, pero hablábamos en un tono bajísimo, en susurros casi inaudibles.

—No sé por qué no me extraña —le respondí e intentaba hacer memoria de donde había quedado aquella conversación con él.

Miré la pantalla que ponía: “Si no me mandas foto me da igual, yo te imagino”. Hacía más de media hora que lo había escrito, pero estaba en línea.

—Vaya, vaya… —le dije mientras hacía por colocarme tras ella. Me recosté contra el cabecero de la cama y abrí las piernas para que ella se recostase sobre mí, con su espalda en mi pecho.

—Qué pesadito… ¿no? —decía María, pero no posaba otra vez el teléfono sobre la mesilla.

—Es normal… María… debe de estar acabando su especie de botellón en su casa… cree que va a verte…

—¿Entonces?

—Pues yo le respondería…

—Qué… —preguntó María.

—Dile que… pues lo que te está pidiendo a gritos. Pregúntale que cómo te imagina. Te ha escrito lo que te ha escrito justo para que le contestes eso.

—¿Ah sí…? Estás muy puesto tú en esto…

—Hombre… es obvio… —dije en su oído mientras ella le escribía, sorprendiéndome su predisposición pues ni tuve que persuadirla.

Tras hacerlo reptó un poco hacia arriba para que su cabeza cayera sobre mi hombro y nuestras bocas pudieran encontrarse. Era tremendamente morboso esperar la respuesta de aquel chico mientras la lengua de María se encontraba con la mía. Mi corazón latía con fuerza mientras mis manos desabrochaban un botón de su pijama y esperaba con ansia que aquella pantalla se iluminase.

Mi novia quiso que ambos pudiéramos leer a la vez la respuesta:

“Te imagino mirándome con deseo esta noche”.

Desde luego su respuesta había sido bastante decepcionante, y un “psss” salió de la boca de María confirmándome que el mini chasco era compartido.

María estaba dubitativa. En un principio no le quería escribir más. Y esta vez sí tuve que convencerla para darle otra oportunidad.

“¿Y si te miro con deseo qué harías? “ le escribimos y susurré en su oído:

—Madre mía… se va a morir.

—Somos malos… —ronroneó María, posando el móvil en la cama y llevando su mano a mi cuello y mi pelo para acariciarme.

De nuevo aquella incertidumbre de ver la pantalla apagada… y mis manos yendo otra vez a desabrochar otro botón que casi liberaba completamente las tetas desnudas de María. Mi mirada se colaba ya por su pecho admirando sus tetas semi tapadas, que descansaban aun tranquilas sobre su torso. La pantalla se iluminó y leímos a la vez, como antes. Y la decepción fue similar. Un párrafo de unas ocho líneas que hablaba de estar a solas… acariciarse… disfrutar el uno del otro… y demás propuestas pueriles que a nosotros se nos hacían tremendamente insuficientes.

—Bueno… ya… —dijo María queriendo zanjar aquello para centrarse solo en nosotros dos.

Mis manos desabrocharon completamente su chaqueta del pijama y fueron a contener sus pechos… Los acariciaba con dulzura… buscando que sus pezones se erizasen. Sus bragas blancas eran el punto de mayor iluminación en aquel dormitorio hasta que su móvil de nuevo se iluminó. El chico escribía otra vez y leímos sin mucha esperanza:

“¿Quieres que sea más claro?”

La respuesta de María no pudo ser más concisa y veloz:

“Sí.”

El teléfono de nuevo sin luz. Una de mis manos a su pecho y la otra acariciando la seda blanca de sus bragas. María se entregaba a unas caricias tranquilas, que necesitaban un impulso, y no teníamos muchas esperanzas en que ese impulso viniera de Álvaro y su palabrería naïf.

Casi descartando la ayuda de aquel chico comencé a sobar con más fuerza sobre la entre pierna de María. Tiraba de sus bragas hacia arriba para que estas marcasen su coño, para que sus labios hicieran acto de presencia… cuando la pantalla se iluminó. Leímos:

“Desde que te vi el otro día me muero de ganas meterte un polvazo increíble. Cuando llegué a mi casa el otro día te imaginaba en mi cama subida encima de mi saltando sobre mi polla. Quiero follarte fuerte y creo que tú también lo quieres. Follarte duro.”

María esbozó un “caray…” que sonó como suspiro de excitación. La sorpresa había sido importante y mi miembro ya palpitaba aplastado bajo el cuerpo de ella.

Lo volvimos a leer mientras con mis dos manos tiraba de sus bragas hacia arriba, haciendo que sus dos labios se marcasen hinchados y humedecidos a través de la seda blanca. Me daba la impresión de que su coño quería escapar de sus bragas cuando le susurré:

—Follarte… duro…

—Ya…

—¿Qué te parece…?

—Mmm…. pues… —murmuró mientras su pantalla se encendía. Cogió el móvil y leímos:

“¿Te gusta más así?”

María respondió inmediatamente:

“Así. O más”

Tras escribir eso dejó de nuevo el móvil sobre la cama y yo le pedí que bajara sus manos, para tocar aquello que yo llevaba un rato maltratando. Las manos de María fueron a su entrepierna y las mías quedaron libres para acariciar su pecho y coger su móvil. Rebusqué en la conversación mientras él escribía, hasta que conseguí llegar a la foto de su polla. Ambos mirábamos la foto aquella mientras ella se daba placer bajo sus bragas y yo descubría que sus pezones estaban ya enormes…

—¿Qué te parece…? —le susurré mostrándole la foto de la polla del chico.

—Mmm… bien… —casi gemía María, con sus ojos entrecerrados, mirando aquella polla en primer plano, sin dejar de frotarse con tremendo erotismo…

—¿Sólo bien…? Yo creo que te parece una muy buena polla…

—Sí…

—¿Sí?

—Sí… tiene… tiene muy buena polla…

—Se la… chuparías… ¿A que sí…? —le susurré, esperando aun la respuesta del chico, mientras alargaba mi mano para coger la polla de plástico que yacía a nuestro lado.

—Mmm… no sé…

—¿No? Yo creo que sí… —soplé en su oído mientras ponía aquella polla al alcance de su boca.

—¿Por qué no se la chupas un poco…? —insistí posando la punta en sus labios. —Mírala… mira que pollón… — le susurraba, mientras ella, entrando en mi juego sin más miramientos, abría la boca y envolvía con su lengua aquel trozo enorme que emulaba el miembro de aquel chico… María chupaba aquella polla mientras mantenía la mirada en la pantalla, donde estaba la polla real, y le temblaban las piernas como consecuencia del castigo que sus manos ejercían bajo sus bragas.

Mi polla seguro goteaba ya sobre la parte baja de la chaqueta del pijama de María, mientras le pedía que siguiera chupando, y ambos esperábamos su respuesta, que se hacía esperar.

—Te dice que te quiere follar fuerte, María… ¿Crees que te follaría fuerte con esa polla? —le seguía susurrando, sujetando aquel plástico envuelto por aquella boca que empapaba toda la punta de saliva, llegando a hacer ruido por la cantidad de líquido.

En la parte superior de la pantalla apareció que el chico había escrito. Aparté aquel miembro simulado de María y ella se deshizo de sus bragas, como si ambos quisiéramos tomar aire antes de leer.

Se recolocó sobre mi torso otra vez. Se echó el pelo hacia un lado. Llevó sus manos de nuevo entre sus piernas y ambos leímos:

“Te quiero follar de una forma tan salvaje que vas a querer que te folle hasta que amanezca y me vas a pedir que te la meta más profundo cada vez. Creo que quieres un macho que te folle con fuerza. ¿A qué sí? Cuando nos veamos esta noche nos vamos a los aseos y ahí te enseño mi polla y vas a querer follar ya allí, ¿Quieres que te folle allí? ¿¿quieres que te folle fuerte ya en el pub??”

María no dijo nada, pero inmediatamente la noté afectada. Excitada. Cachonda. Cerró los ojos y se entregó a su coño. Sus dedos comenzaron a moverse frenéticamente mientras mi polla lagrimeaba más y más sobre su espalda

—Te quiere follar en los baños… María, como a una guarra… —le susurraba en el oído mientras contemplaba alucinado como aquello la había encendido. De nuevo llevé aquella polla de plástico a su boca, que no dudó en acoger, y, chupando de aquello y deshaciéndose allí abajo parecía que podría encontrar el orgasmo en cualquier momento. Yo la calentaba, la incitaba, preguntándole:

—¿Te dejarías follar allí, como una guarra… por ese crío…? —y ella llegaba hasta a gemir mientras chupaba, con los ojos cerrados, mientras seguramente se imaginaba siendo penetrada allí o imaginaba que se la chupaba…

Saqué aquello de su boca con cuidado y me moví un poco, para liberar mi miembro que necesitaba libertad inmediatamente… María detuvo su paja, sin su orgasmo, diciendo rápidamente:

—Ponte eso si quieres.

—¿Sí? Oye… Esto es increíble…

—Ya…

—No, pero… no sé… es increíble pero… no es real.

—¿Cómo que no es real? —preguntó.

—Que… —yo le había cortado el orgasmo a María y sabía que le iba a proponer una locura— que… estamos excitándonos por lo que te dice un chico a no sé cuantos kilómetros… y que tenemos a otro chico aquí abajo.

—¿Qué dices? No te entiendo…

—Pues te hablo de… aprovechar que el chico de la cena está ahí abajo…

—Pero… ¿En serio? —susurraba sorprendida, aunque serena, en voz bajísima— Además no creo que siga ahí.

—Bueno, ¿Y si sigue ahí…? ¿Te imaginas tontear con él… calentarle? —yo sabía que aquello sonaba casi ridículo, con María al borde del orgasmo, con Álvaro escribiéndole… con la polla de plástico pendiente de usar… que eran muchas cosas…

—Pero es que bajo y qué, es que…

—Sabes a lo que me refiero —insistí.

—¿Pero no llega con esto?

—Esto es fantasear, si bajaras sería real.

—¿Y qué le digo? Seguro que ya no está. —María estaba reacia pero no completamente a la defensiva.

—Solo siéntate en el mismo sofá que él… ponlo nervioso… tontea…

—Pero si me ha visto contigo —dijo mientras la pantalla de su móvil se iluminaba.

—Pues sé descarada.

—Estamos locos… Pablo… es un crío… igual no tiene ni veinte años, y si intenta besarme qué.

—Ya sabes que por mí no hay problema…

—Ya, ¿y por mí?

La miré, como dejándole ver que la decisión era suya. Ella sabía que yo una vez le proponía algo así no quería poner ningún limite, es más, que cuanto más lejos llegara para mí seria mejor.

—Vamos… —susurré, insistiéndole.

Se hizo un silencio eterno. Como de medio minuto, tras el cual, mientras se incorporaba un poco, dijo:

—Lo queremos todo y nos va a explotar…

Se hizo otro silencio mientras María parecía buscar unas bragas que no encontraba. Lo que sí encontró fue el pantalón de su pijama, que se puso.

—¿En serio vamos a hacer esto? —preguntó.

Salí de la cama y abrí sigilosamente la puerta. Caminé los escasos tres metros que nos separaban de la escalera de caracol y me asomé. Hice fuerza con mi mente para tener un poco de suerte. Y la encontré. El chico, a pesar de haber pasado una media hora, seguía allí, con su pantalón de pijama rojo a cuadros y su camiseta negra. Volví al dormitorio mientras María se abotonaba la chaqueta del pijama. Me miró y supo por mi cara que el chico seguía allí.

—Estamos fatal, Pablo, de verdad… —susurró.

—Tómatelo como una venganza, por mirón.

—Ya… venganza… eso sería si… eso, pero tú no solo quieres que lo caliente… —dijo poniéndose de pie. Estaba imponente con el pelo alborotado. Sus pezones aun seguían duros y marcaban la seda blanca del pijama.

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