MARCELA VARGAS

 

En mi barrio, cada anochecer se observa un grupo de cuerpos celestes que deja maravillados a muchos. Desde allí, a diario, salen a exhibirse desdeñosos y finos seres de luz a los que nadie puede alcanzar. Muchas personas, desde la Tierra, desean un sitio en esas alturas, pero muy pocas lo logran. Sin embargo, al admirar a esa clase de seres, se esfuerzan por mantener tal orden de cosas; aunque también sufren por estar “aquí, abajo”. Como verán, la solución a esta problemática es simple: hay que ignorar a esos entes, pero la gente no la vislumbra con tanta iluminación.

Pues bien, durante una jornada, yo caminaba por la vereda y me encontré con un grupo de pequeños niños que se habían acostado sobre un espacio verde para contemplar a sus anchas los mencionados astros. (Hay que entender que los infantes tienen la capacidad de asombro a flor de piel, así que imagínense lo anonadados que se hallaban). Continué la marcha y me topé con una joven vecina que no se veía nada bien. Ella miraba hacia arriba y, en vez de alegrarse por semejante espectáculo del mismo modo que los chiquilines, se deprimía. Así que me acerqué y le pregunté qué le pasaba. Me respondió que quería convertirse en uno de esos seres luminiscentes, pero que nunca alcanzaría su nivel. Que no era más que una fracasada.

Entonces, irritada, le dije que yo jamás aspiraría a eso. Ellos te miran desde arriba, muy felices, y disfrutan. ¿Qué disfrutan? No verte específicamente, sino el hecho de que pueden mirar desde su posición. Que pueden estar allí. Que están allí.

¡Míralos! ¡Están felices, los desgraciados! Te observan, pero no porque les importas. ¡Ellos ni siquiera te registran! A ellos solo les interesa creer que “son mejores que tú”, puesto que tú representas a muchos.

Yo los comparo con los chismosos del barrio, que se regodean hablando de los vecinos como si hubiera necesidad de hacerlo o de lo contrario quedarían fuera del círculo exclusivo de gente exquisita y se convertirían en objeto de habladurías. Esos seres también me recuerdan a quienes han sido pobres y una vez que se han graduado y conseguido un buen empleo, dejan de hablarte, te critican, se creen más allá de todo. De igual modo, me retrotraen a aquellos que han ganado premios y eso se les ha subido a la cabeza.

¿Qué hacer? ¡Grítales que hay gente mejor en la Tierra! Que se necesita tomar contacto con el suelo para dejar huellas. ¿Qué huellas dejas en la Tierra si solo sabes volar?

De tan arriba que están esos seres, algún día, todos se van a cansar de verlos. Nadie los va a ayudar a bajar. Todo va a volver a empezar, porque desde allá arriba se sentirán olvidados, desprotegidos, marginados. Aspirarán siempre a descender. Cuando lo hagan (si es que lo consiguen), no los aceptarán, pues ya no querrán todo de arriba. Ya no dependerán de alguien esplendente, pues todos podemos brillar con luz propia.

 

De esta forma hablé a mi joven vecina para que deje de sentirse mal consigo misma, para que no sea como los demás, que lo único que hacen es avalar tamaña diferencia entre seres de luz y terrenos. Pero mis palabras fueron en vano, porque sus ojos llorosos estaban embelesados por el cielo.

¡La gente es desagradecida! ¿Quién nos da más: esos orgullosos seres de luz o la dadivosa Tierra?

www.relafabula.wordpress.com

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