SEBASTIÁN FELGUERAS

III. 3:33
El monte guarda aquello que nadie conoce, pues, quién lo conoció mediante sus propios ojos, a nadie se lo pudo contar. En el monte viven aquellos que se comunican en sueños con aquellos que afuera del monte están. Un sombra envuelve el lecho de quién descansa, siempre a la misma hora, y le pide que lo rescate de su eterno letargo. A cambio, el ser terrenal, podrá hacer uso de algún atributo esotérico propio de las ánimas habitantes del monte. Ese pacto ocurre siempre a la misma hora, en noches en que la luna se puede ver. Siempre a la misma hora, siempre a las tres y treinte y tres.
El Negro Watkins tenía una relación con el monte, con sus habitantes. Él los traía a la vida material mediante el recuerdo, hablándoles en la soledad de su rancho, preparando comida y poniendo platos y cubiertos para que se “sienten” junto a él. Luego se iba a su catre y, misteriosamente, al despuntar el nuevo día, el rancho aparecía ordenado, con los utensilios, usados en la cena, guardados en su lugar, limpios y secos. También el fuego, donde se acomodaba la pava para la mateada del amanecer, ya estaba ardiendo y con braza. El Negro Watkins sabía que aquello no era magia, ni una falsa percepción luego de una borrachera. Sabía que los habitantes del monte ordenaban y preparaban el fuego y, más allá que jamás había visto a nadie, había escuchado sus voces en sueños, sus cantos provenientes de las entrañas del enigmático sacha.
Descendiente de antiguos esclavos afroamericanos, su fenotipo salía de lo común para el general de la gente que lo rodeaba. El Negro, era negro, bien negro. Piel curtida por la vida misma y dicen, aquellos que lo conocen desde siempre, que su pelo rizo nunca fue abundante y siempre fue color ceniza; será por eso que se dejaba bigote y barba que
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nunca pasaban de incipiente por más tiempo que transcurriera, aunque a decir verdad la particularidad del bello facial oscuro sobre oscura tez tampoco se luce demasiado.
Entre su solitaria vida en el rancho alejado del caserío de la zona, su particular imagen foránea, y sus prejuicios heredados de sus ancestros, no se le conocía mujer al Negro Watkins. Aunque tampoco la edad, ni cuando había llegado al pago. Ni a donde iba aquellas semanas que se perdía y nadie sabía de él. Pero siempre volvía.
Había sido una de esas noches, hacía tiempo ya, aunque nadie podría precisar cuánto tiempo atrás. Una de esas noches donde el instinto natural demanda una piel para acariciar, para embarcar en sudorosos placeres, y si resta fuego y la pava se mantiene caliente, poder amanecer abrazados y sentir, todo el tiempo que se pueda, que la vida es ese instante, y nada más. Fue esa noche, una de tantas, que el Negro Watkins, en sueños, pidió a los del monte una mujer. Y aprovechando que soñando todo es más barato, que lo inalcanzable se hace alcanzable, deseó, pidió, rogó por una mujer blanca, voluptuosa, romántica y ardiente, buena en los quehaceres, como en el lecho amoroso.
No hay quién pueda contar como y cuando fue, pero el deseo se cumplió. El Negro conoció a mujer blanca, tal vez se enamoraron, tal vez no, pero no faltaba la pasión que revitalizó la vida de ambos, a pesar de que él tenía veinticinco inviernos más en el lomo que los vividos por ella.
Y más allá del éxtasis carnal que los envolvía cada noche, su momento de unión sentimental coincidía cada día en un ritual, el mate. Cada despertar los encontraba mateando, sin cambiar palabras, solo miradas, caricias, roce de manos, empezando un nuevo día, simplemente, sintiéndose. Y sea que la yerba decía basta, o el agua se enfriaba, algo no cambiaba nunca, el último mate era cebado por ella, que tomaba la mitad y luego se lo ofrecía a él, que tomaba el resto. Un beso con ojos cerrados, y las cuatro manos entrelazadas alrededor del mate, daban por terminada la ceremonia que inauguraba el nuevo día. Así cada mañana, desde aquel entonces, cuando las almas del monte le consiguieron mujer al Negro Watkins.
Cuatro vacas, una vaquillona, tres terneras y un ternero, cuatro caballos, un chancho y un perro, era todo el capital de la estancia donde el Negro hacía de encargado. La vaca Pampa era madre de Pampa Chica y de Pampita, que había parido a Mancha, una overa colorada. Mala Pata, la vaca manca, había aportado desde su vientre a Carucha. Y La Vasca, había tenido por descendencia a Rosita del Monte y a El Vasco, el único macho
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del rodeo. El progenitor había sido el toro que un policía de la zona, de apellido Díaz, había prestado para dar servicio. Bravío animal, portador de un nombre acorde, Monarca. Falta Envido, Chiche y Poroto era el nombre de los caballos, sumado a un petizo que ni nombre tenía. De pelaje rojizo, lo había dejado de prestado un tal Alonso por falta de lugar para criarlo, así que para no complicarla se lo llamaba El Petizo de Alonso. Pancho se llamaba el chancho, y todo era supervisado por el ejemplar canino, un Dóberman con las orejas mal operadas y de nombre Capitán.
Y así fue como aquello que aún no ha sido controlado por el ser humano, el tiempo, siguió su derrotero y los días transcurrían en la habitual monotonía campera.
Dicho está que el tiempo no para, y en consecuencia llegó esa mañana, cuando la compañera del Negro Watkins tuvo, según le dijo ella, la necesidad de regresar un tiempo junto a su madre enferma. Él la abrazó sin decir palabra alguna y colgó de su cuello, mediante un tiento delicadamente trenzado por sus propias manos, un dije de Guarda Pampa, que en su anverso tenía grabado aquello que representaba la unión de cada mañana, el mate.
El monte, y sus habitantes, volvieron a ser los compañeros del Negro, y quienes lo acompañaron cada día y cada noche desde aquella partida; y en el ritual de compartir el último mate de la mañana. Mitad él, mitad quedaba cebado, esperando.
Con ellos también se llegaba hasta el boliche de vez en cuando, a lo de Carlitos y sus romerías, esas que nacían sin otra razón que la de aliviar penas y despertar alegrías, las que cada hombre lleva tan adentro que ni el más conocedor puede vislumbrar. Como nadie sabe del corazón dolido, mirando al horizonte, aguardando el regreso del ser añorado, amado.
Faltaban seis minutos para que hubieran transcurrido tres minutos de las tres y media de la madrugada. Colman perplejo ante el magnetismo que ejercía esa escena a pocos metros del patio fiestero.
Pedrito Gazman confiaba en llegar a los brazos de la artista, y para colmarse de valor fue por un vaso de esa botella especial que Carlitos le reservaba en un lugar privilegiado de uno de los estantes detrás del mostrador. Su contenido era el brebaje que hacía sentir a Gazman que no había barrera entre sus pretensiones y la realidad.
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-Otro Carlitos, echale hasta bien arriba. Mirá que linda que es. Mirá esos pechos, son majestuosos. Que impresionante. Dale Carlitos, echale más hermano ¡Así no va la canción!
Carlitos no llegaba a tapar la botella, ante la premura con que su cliente hacía “fondo blanco”, aunque su gesto no se inmutaba y llenó consecutivamente el vaso que la garganta de Gazman reclamaba.
– ¡Pero verás que esta vez sí irá la canción!
Fue lo último que Carlitos escuchó antes que el bebedor arrancara al centro del patio, vaso en una mano, pegada a su cintura la otra. Tapó la botella y volvió a colocarla en su reservado lugar.
La noche era estrellada, aún la luna acompañaba el patio, pero imprevistamente un ráfaga de viento levantó manteles y tiró de la mesa algún que otro vaso abandonado. El ukelele seguía poniendo ritmo a la bella dama que bailaba de brazo en brazo, pero manteniendo las debidas formas.
La ráfaga impactó de lleno en la cara desencajada de Colman, un haz de luz cegó su atónita mirada y, tal como si recibiera una trompada en la mandíbula, su cabeza giró y direccionó la mirada hacia el patio, en el preciso instante que sus oídos recibían un sonido indescriptible que desgarraba su interior.
Vio levantar la acerada mano derecha de Pedro Gazman abalanzándose sobre la desprevenida artista que giraba sobre sí, al son de la rueda milonguera que el ukelele de su compañero marcaba. El rabillo del ojo de Colman enfoca el opuesto del patio de donde el Negro Watkins, cual toro embravecido, inicia su carrera para enfrentar al matador.
El aterrador soplido del monte impacta en el cabello de la bailarina de ocasión, dejando a la vista su cuello, de donde cuelga, fino tiento trenzado mediante, un dije de Guarda Pampa, cuyo reflejo da de lleno en los ojos del guerrero afroamericano que corría a detener el implacable destino de la muerte. La Guarda Pampa se transforma en marca de fuego y provoca, en su alma, el chillido del hierro caliente al tocar el cuero. Ella en danza, él al rescate. Las miradas se cruzan, la de ella sorprendida, la de él mucho más. El tiempo parece detenerse. Pero el tiempo jamás se detiene. El acero de la muerte atraviesa la piel, dibujando la línea que visualiza la simétrica forma de los pechos de
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una mujer. La cercanía del corazón provoca la instantánea salida de un furioso río de sangre que tiñe la cara del asesino, mientras el cuerpo desgarrado viaja rumbo al piso y el puñal inicia su retirada. En la maniobra corta el delicado tiento trenzado liberando el dije que vuela sin destino a la periferia de la apocalíptica escena. El Negro Watkins comienza el aterrizaje de su tardío, e infortunado, salto para desviar el destino. El asesino parece ir perdiendo la vertical en incontrolado movimiento hacia su retaguardia. Una fuerza pone al límite de implosión el cuerpo de los incrédulos testigos, la misma fuerza que succiona hacia las entrañas del monte el cuerpo del asesino.
Instantes después todo es envuelto en un silencio sepulcral. La luna aún estaba visible en el cielo. Hace frío. Ningún sonido se escucha.
El reloj del salón, el de arriba de la puerta, aquel que marca desde siempre la hora que se cierra la puerta, indicaba lo sabido.
Cuentan los criollos más viejos, que aquello que al monte le pides en sueños, en noches de romería te lo suele quitar. Ocurre en noche de luna, siempre y cuando se la pueda ver.
Siempre, a las tres y treinta y tres.

Un comentario sobre “Mate y medio (3)

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