SEBASTIÁN FELGUERAS

II. La romería

Hay fiestas en el pago que ni se sabe que se festeja. Tal es así que primero se arregla el día de la juntada y luego se busca el motivo. Y esta no era la excepción. Noche cálida, de luna plena, aunque algunos habían llegado cuando el sol aún castigaba a aquella planta que ya nadie regaba, pero a fuerza de coraje y biología aún perduraba. En lo de Carlitos parecía que no faltaba nadie. Dada la buena condición climática la juntada era afuera, en el patio, cruzado por una guirnalda de bombitas que iluminaban lo justo, hasta donde se puede mostrar, lo demás quedaba a lo oscuro. Estaba Don Tejo, el uruguayo, que a viva voz contaba las virtudes de aquel alazán de tiro llamado “Bruto”, que, según contaba Tejo, hacía arte en el surco con el arado mansera. Metro y medio más allá, sentado como quién espera nada, un cristiano de piel color noche, pero de cabello nevado, de voz pausada y cansina, retrucaba diciendo “se llama Poroto el caballo, no se llama Bruto”. Tejo, ignorando lo acotado por Eduardo Watkins, el corpulento negro noche, seguía comentando las hazañas del alazán para la arada y el aporque. A un costado, apoyado contra un eucaliptus, escuchaba atento un gaucho miniatura, de sombrero corazón de potro, bombacha clara y pañuelo tirado a la espalda, a quién le decían Pedrito Gazman, de voz finita y estridente, que toda frase coronaba con un “así no va la canción”. – ¡Como va a tener dos nombres el animal, che! Es Bruto o es Poroto, pero no le podés decir uno o el otro, se desorienta el animal, se confunde la identidad, me entendés ¡Así no va la canción che! Es Bruto o es Poroto, es ella o él. – ¿Que tiene que ver si es ella o él? Es él, Bruto o Poroto, ella no es, es él. Intentaba defenderse Don Tejo ante el filosófico embate, vaso en mano, del chiquito Pedrito Gazman. – ¡No señor! ¡No señor! Usted está equivocado, en ese caso, no es ni ella ni él, son ellos, Bruto y Poroto. Meneaba la cabeza el Negro Watkins, como quién sabe de qué la discusión puede durar toda la noche y pasar a un cuarto intermedio para la próxima reunión, carente de cualquier avance o interpretación razonable.
Carlitos, el bolichero, atendía el fuego esperando braza para darle el golpe final al asado que los invitados esperaban. Alguna achura también se calentaba para ir adelantando a la paisanada, cosa que la damajuana se abrace con algo que masticar. Atrás de la barra, María José, la mujer de Carlitos, La Patrona como le dicen, prepara una que otra ensalada. Rocío, la hija, atendía las mesas, y aunque era la única rosa en el jardín de tanto tronco añejo, a ninguno se le ocurría pasarse de la raya. A lo sumo algún piropo, de buena letra, y alguna mirada, que enseguida se perdía en la nada, por respeto a la bella flor. Desmontando de un zaino oscuro, y de un malacara rubio, con un tibio “buenas” entran al patio fiestero los hermanos Gaytán, Héctor y Julio, hábiles en el manejo de hacienda, y poseedores de tropillas, de las buenas. Así fueron llegando todos. El misionero Don Carlos, y su hijo Carlitos, el Gallego Pepe, los Traverso, Ovejero, Tiscornia, los Aguilera, los Aguirre, Don Ahumada, la Vieja Vasca, Doña Blanca y Don Fernando y, casi con el asado marchando, Doña Rosenda, de pollera y perfumada. Pero nada transcurre tal como se espera en un patio de tierra regadito con buen vino. La fiesta para que sea completa hay que ponerle música, y si invita al baile mucho mejor. Si bien la viola, un legüero y algún violinisto del monte invitan a una velada campera, de vez en cuando romper el formato, como quien no quiere la cosa, también puede resultar divertido. O no. El maestro de ceremonia no era otro que Don Pedrito Gazman, quién se para al medio del patio, y dada la escasa altura, se monta a la pared del pozo de agua, y con su característica voz invita a que sea atendido. -Me escuchan ¡eh! Directamente, recién llegados y antes de ir a Buenos Aires, llegados directamente de donde vienen, y para que nosotros los podamos ver, les presento al dúo más exitoso del mundo, ellos son, aquí están “Los pezones de la Yoli”. -Hola, hola, que tal. Gracias por los aplausos. Corrijo, nuestro nombre artístico es “Las tetas del Yoni”, sin ninguna referencia, nos gustó y le pusimos así, creemos que es moderno. Somos de Londres, provincia de Catamarca. Buenas noches, que disfruten el espectáculo.
A ese punto de la presentación, cualquiera de los espectadores que observara los atributos delanteros de la compañera del artista, podía encontrar la negada referencia del nombre del dúo, incluyendo gramática y semántica, y más allá que en su presentación Pedrito Gazman había imaginado mucho más, y traspasado la tela del vestido de la artista. El silencio expectante se rompe con el ladrido de los perros que corren al cruce de los caminos donde se levanta el boliche de Carlitos. El revuelo capta la atención de los presentes, que giran la cabeza hacia la oscuridad fuera del patio. En tanto el artista preparaba su instrumento musical buscando el tono de las cuerdas, entre la oscuridad lindera se aparece Colman, el viejo Colman, con su infaltable peinado al agua, su camisa blanca, pantalón gris y alpargatas con bigote. Dedo meñique de la mano izquierda duro y firme por un hueso mal soldado tras una vieja patada de un potro mañero, con su espalda encorvada por los años, con la piel curtida por el tiempo, por el sol, por la dureza de los años. Pero el viejo Colman no llegó solo a la parada. Conducido por lonja de cuero crudo que rodeaba el cogote ancho de grasa, con una manta roja sobre el lomo, que le había costureado Doña Rosenda, y que con letras blancas presentaba al animal “Pancho, el chancho que baila”. “Que lo parió” se escuchó del fondo, y, a decir verdad, entre las tetas que traía el cantor y el chancho que baila, había fiesta asegurada. Do, Fa, Sol, La menor, entró a sonar el ukelele, al que más de uno llamó “la guitarrita”. -Bueno primero le vamos a hacer un tema propio que se llama “La descamisada”. ¡Ese era el tema que Pedrito Gazman había escuchado, de ahí la confundida presentación! “Guerrera sangre norteña, parida gaucha nación, fueron tus hijos todos, aquellos que te defendieron, a sable de guerrera tropa, hombres y mujeres, hijos de esta nación…” decía la introducción, mientras sonaba el ukelele con muy buena definición. Atentas las miradas de cada espectador, alguno que otro regaba la garganta, Carlitos cortaba un vacío, Rocío alcanzaba las ensaladas a las mesas, La Patrona estiraba el brazo dentro de la bolsa de papel madera buscando más pan, y Pancho, el chancho, se había echado entre dos mesas del rincón más alejado del asador.
El dúo artístico había llegado en la camioneta del sodero Zanetti, que se había ofrecido como una suerte de representante. Una vieja Dodge 100, con señales que se asemejaban a haber estado en combate. De caja playa atrás, para cargar los cajones con sifones, el capó atado con piola al paragolpes, y con la puerta del lado del volante ya sin cerradura, por lo cual era mantenida contra la carrocería por el brazo del ahora productor artístico, el Gordo Zanetti, que sin duda volvería a ser sodero terminada la función. El idóneo instrumentista de ukelele estaba empilchado de traje negro, con moño, y un sombrero bombín estilo Chaplin. Parado sobre un escenario improvisado con dos troncos y un tablón, se lucía con sus dotes para “la guitarrita”. Ella, la compañera, estaba enfundada en un vestido de época, estilo victoriano, color azul oscuro, con detalles blancos, que marcaba su cintura y, obviamente, las dunas que daban el nombre artístico, aunque rato antes la musa hubiera sido negada por su parte masculina. En tanto él musicalizaba con el pequeño instrumento, y recitaba arengas de campaña, ella se mantenía a un costado, con suaves movimientos y una sonrisa que parecía parte de su maquillaje. Pero no era fiesta patria para seguir con la entonada nacionalista, así que como dice el gran José “¡fiestonga de meta y ponga, mitad candombe, mitad milonga!”, se armó el entusiasmo cuando las notas de un carnavalito comenzaron a seducir a los parroquianos a pararse y entrelazarse en parejas. Si hasta el Pancho, el chancho, se vio llamado a mover el esqueleto; y así fue como se paró y comenzó, con circular movimiento, a querer agarrarse la cola. “¡Baile Pancho, baile!” lo estimulaba Pedrito Gazman haciendo palmas al ritmo de la danza porcina, aprovechando la ocasión para acercarse a la voluptuosa artista que ya comenzaba a moverse con más énfasis, mientras el calor de la noche y su inoportuno vestido promovían a que el sudor comenzara a ganar la piel, que se tornaba más brillosa y, a los ojos del gauchaje, irresistiblemente seductora. Alguno que otro se acercaba a la parrilla para que Carlitos le cortara otra tajada de vacío, alguna costilla al pan, o le pinchara alguna achura que justificara aún más volver a llenar la jarra de vino y así limpiar la grasa que se va adueñando del garguero. Otros, los que no se prenden en el bailongo, permanecen en las mesas, donde Rocío les alcanza alguna fuente con asado y ensalada, algún que otro pan y pregunta por la bebida que se quiere, y así en la próxima pasada alcanzar a la mesa.
Los hermanos Gaytán ya organizaban las parejas para el truco, juntaban dos mesas, le hacían seña al bolichero para que arrime el maso de cartas y los porotos guardados en un viejo cubilete. Cenicero de lata al medio la mesa, jarra de vino, y alguno que grita que lo esperen que baila una más y se prende. Linda estaba la fiesta en el boliche. Música, risas, baile, asado, bebidas; miradas cómplices de deseos nunca concretados, alguna que otra de desprecio por viejas cuentas nunca aclaradas, pero que no era la ocasión para cobrarlas. Era noche de alegría, de festejo, de olvidar las penas, al menos por ese momento. Pero el destino no creía lo mismo. Ya estaba entrada la madrugada. La luna se había perdido por sobre el monte. Un cuarto de hora separaba al minutero de llegar a indicar que eran las tres. Colman estaba sentado en una banqueta, ajeno al baile y toda conversación, acariciaba a Santiago, el perro de Carlitos, como quién acaricia por acariciar, cuando por el rabillo del ojo derecho ve un reflejo que venía del lado del monte, aquel que empezaba cruzando el camino, saliendo del patio del boliche. Giró la cabeza con desconfianza, vio por unos segundos la luz que iba del patio hacia lo oscuro y era devuelta por el reflejo de un metal, una suerte de hoja afilada, empuñada por quién intempestivamente se perdió monte adentro. Colman se quedó mirando, ya sin escuchar ni música ni ruido a su alrededor; su mente se internó en el monte, su alma sintió un extraño frío como quién presagia que algo malo va a suceder. Extrañamente Santiago se paró y caminó, por el borde del patio, hacia un arbusto con forma de cueva, y que separaba el boliche de las letrinas. La fiesta era ajena a la situación. El ukelele era el centro de la atención de quienes bailaban. Se habían acercado hasta el boliche algunas más de las Aguilera, acompañadas por unas cuantas amigas, incluidas las primogénitas de los Aguirre, y el patio estaba al ritmo vivo. Héctor Gaytán, en su rincón lúdico, se pone de pie y a viva voz desafía a su oponente con un “quiero falta envido, carajo”. Carlitos hablaba de jineteadas con el Gallego Pepe, mientras La Patrona enjuagaba las ensaladeras que la hija traía de las mesas. Eduardo Watkins pedía otra jarra de vino mientras, desde lejos, observaba bailar a la artista invitada a quién, al cruzarle la mirada, le mostraba su sonrisa de dientes blanco leche, tal reflejo del deseo que esa mujer le despertaba. Pedrito Gazman había descubierto esas miradas cómplices y no le gustaron nada, pues, él estaba decidido a llegar a tocar esos médanos que tanto lo deslumbraban, ocultos bajo aquel vestido azul, aunque fuera lo último que haga. Colman seguía con la mirada en el monte, ajeno al bullicio fiestero, cuando vio aquello que presagiaba. Faltaban seis minutos para que hubieran transcurrido tres minutos de las tres y media de la madrugada. Mate y medio lo llamaban, por alguna extraña razón (la que está por suceder).

Un comentario sobre “Mate y medio (2)

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