SEBASTIÁN FELGUERAS

I. A las nueve menos cuarto

ate y medio le decían por alguna extraña razón.
Ensillaba el cimarrón y lo abrazaba como quien abraza a su propia herencia de piel y sangre. Solitario, sin tiempo ni religión, esperaba la clareada, de igual modo que la puesta del sol; en silencio, imperturbable, sin poesía ni canción. En el mismo lugar de siempre, rancho adobado de tiempo, sin más ventanas que las esperanzas marchitas del corazón. Piel curtida, pelo ceniza, bigote oscuro y barba crecida.
Cumpliendo los designios de aquel gaucho “escribidor”, Mate y medio nació como nacen todos, doledor porque es el modo, y sin más acomodo que su forma de dormir.
Saliendo de un invierno crudo, que había pegado fuerte después de varios años en los que ni siquiera una helada sorprendía, un amanecer seco y amable temperatura, cambiaba el ánimo de todo paisano que salía del rancho para ver como clareaba, mate en mano y mientras la pava daba las primeras silbadas.
Dice un poema gauchesco, rezo de la interminable llanura pampeana, que “…cuentan los criollos del suelo que, en tibia noche de luna, en solitaria laguna, para la sombra su vuelo…”. Cuentan los criollos más viejos, que esa sombra para su vuelo siempre a la misma hora, a las tres y treinta y tres de la madrugada, en noche de luna, siempre y cuando se la pueda ver.
Mate y medio vivía en un rancho, de esos donde el único arquitecto ha sido el tiempo; unos metros apartado de la orillas de un camino, a dos leguas del pueblo más cercano. A un lado un potrero con caballos que no le pertenecían, al otro lado una vieja casona abandonada que supo ser de algún pueblerino que escapando del ruido supo venirse al silencio, pero el silencio se lo llevó para el cielo. Del cruce del camino con el sendero que llevaba al rancho, solo había media cuadra al boliche de campo vecino. Hasta ahí nada fuera de lo común. Cada tanto algún paisano que al trote pasaba y alzando el rebenque dejaba un saludo, de respeto, de memoria, por aquello que se contaba. También pasaba alguna “chata” levantando polvo en esas tardes donde el sol se siente brasa, que mientras se va apagando para darle lugar a la noche, trae singulares sonidos, que algunos llaman cantos, mientras toman a cuenta en el boliche de la esquina; casona vieja estacionada en ochava de dos caminos que forman cruz.
Pero la cosa estaba detrás del rancho de Mate y medio, aquel monte. Cerrado como alma de desgraciado, silencioso hasta en días de viento, con tan solo pararse en su orilla, y mirar para adentro, estremecía las entrañas.
No se sabía de nadie que hubiera entrado, y salido. Entrar lo habían hecho varios, pero jamás nadie había regresado.
Alguno había contado, vinito morado de por medio que, más al norte, los misterios del monte eran propios de La Salamanca, y de las almas que con ella viven, que se reúnen en aquelarre en noche de luna plena, y que pactan con los demonios beneficios en este mundo.
Eran las nueve menos cuarto, cuando Carlitos, el bolichero de la esquina, miró el reloj, y ni cuenta se dio que estaba detenido. Carlitos era el primogénito de Don Carlos, y como se acostumbra, al hijo con igual nombre se lo llama por el diminutivo, y este llega a los ochenta años pero para el pago será siempre Carlitos, o Enriquito, o Julito. La cosa gramatical semántica se complica cuando ya le ponen igual nombre al tercero de la
generación, “el Carlitos chico, el hijo de Carlitos, el del boliche, hijo de Don Carlos, del que enviudó la Ofelia…”.
Carlitos el bolichero, hijo de Don Carlos y de Doña Ofelia, era buen jinete, domador en tiempos anteriores, llevaba marcas de algún tajo cicatrizado de alguna pelea fiera con esos pingos que no aflojan ni aunque la espuela saque sangre. De bombacha bataraza, camisa celeste, alpargatas blancas, pañuelo negro al cuello y boina del mismo color, de esas bien anchas que hasta tienen balcón. Carlitos siempre vestía igual, sea bautismo o entierro, o un día común, como este de la cuestión.
Acomodaba las botellas de la noche anterior, descartando las vacías, juntando las que aún tenían que ofrecer al gauchaje que a eso de las once, once y cuarto, empezarían a llegar a calmar la sed, a contar de los trabajos con la hacienda, de cómo viene la siembra y, por qué no, con algún cuento de peleas, en la jineteada del sábado, por alguna pollera que había sido levantada por la mano equivocada.
Entre tanto trapo sobre la madera del mostrador, una botella de ginebra rueda para aterrizar en el piso y al que Carlitos le recuerda, con adjetivo improperio, la mala fama de su madre. Entre cajones y porquerías de todo tipo va juntando los vidrios de lo que botella fuera. Mueve un cajón que tenía tres sifones, una botella de Casa de Troya de litro y medio, y unas cuantas telarañas, y ve ahí tirado, dormido por el tiempo algo que lo deja perplejo. Siente el sudor frío que recorre su cara y que el pañuelo al cuello, herencia de su finado padre, absorbe con paciencia gota a gota. Como sin quererlo vuelve la vista al reloj que cuelga por arriba de la puerta de entrada al boliche. Las nueve menos cuarto. En el preciso momento que cae en la cuenta que hay alguien sentado en primera mesa. Se inclina, levanta aquello que el cajón había encubierto por años, lo guarda en el bolsillo y vuelve a mirar el reloj, y con voz cortante lanza un “buenas” al que estaba en aquella mesa, la primera luego de atravesar la puerta.
El visitante, forastero, mete su mano entre sus prendas, saca un cigarro y lo enciende, levanta la mano como saludando mientras dice “lo de siempre, un vino no más”.
Botella y vaso en la mesa, ninguno de los dos se cruza la mirada, pero en la muñeca del recién llegado sobresale un reloj pulsera. Caja de marfil, borde enchapado en oro, al igual que las agujas, cuero negro lo sujeta, pero no es ello lo que atiende el bolichero, sino lo que las agujas marcan, las nueve menos cuarto. Levanta la vista al reloj del
salón, el de arriba de la puerta, aquel que marca desde siempre la hora que se cierra la puerta, e indicaba lo sabido, nueve menos cuarto.
Confundido, Carlitos iba de regreso detrás del mostrador cuando aquella voz, casi en tono de susurro, lo devolvería al momento que jamás hubiera querido volver…”así no va la canción…Carlitos”.
Sin darse vuelta, levantó la mirada hacia la última botella del último estante que estaba en la pared del fondo, tras el mostrador. Estaba ahí desde aquella noche. El polvo del tiempo tapaba las marcas de aquel momento. Nunca se había animado a deshacerse de ella, ni mucho menos de volver a tocarla. Imprevistamente todo el tiempo regresó a ese minuto que había cambiado la historia. Esa voz. El reloj que no avanzaba. La botella. Aquello que, al correr el cajón con los sifones y el litro y medio sin terminar, había aparecido inesperadamente, cual aparecen aquellas sombras venidas desde el monte en noches de luna. Ese monte, a metros de aquella mesa que, a sus espaldas, ocupaba el inesperado visitante.
La luz de media mañana pareció desaparecer de su entorno. Quieto, su mente se trasladó a aquel instante del que había intentado escapar por años, y sintió que giraba sobre su propio eje, y su realidad se desmaterializaba, y el giro interminable cobraba más y más velocidad. Oía esa voz, veía un rostro, el grito lo aturdía, sentía latir su propio corazón. Una voz, un rostro, el monte, la luna, el reloj, las nueve menos cuarto, las tres y treinta y tres.
Logró controlar su propio interior. Metió la mano derecha en el bolsillo del mismo lado de su bataraza gastada, apretó lo que había encontrado al correr aquel cajón, lo apretó fuerte entre sus dedos, aún dentro del bolsillo, con lento movimiento lo fue ubicando al centro de la palma de la mano. Despacio saco la mano del bolsillo y la abrió y, sin querer hacerlo, sus ojos se posaron para ver aquello que no quería ver. Se dio media vuelta, para quedar de frente a la mesa. Estaba vacía. Miró el reloj, marcaba las nueve menos cuarto, pasadas.
Caminó, pasó la puerta, miró hacia el monte, apretó la mano resguardando el contenido, llevó la mirada hacia aquel rancho…
Mate y medio le decían por alguna (por esa) extraña razón.

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Un comentario sobre “Mate y medio (1)

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