FRANCISCO J. MARTÍN
Después de muchos años he vuelto a la casa de los abuelos, una casa donde siguen decorando las paredes algunos cuadros viejos y rellenan las estancias muebles de otra época. Hay todo tipo de enseres y vestimentas, y en general, un sinfín de cosas que evocan otros tiempos.
Dando una vuelta y mirando por encima me encontré con una caja de cartón ¿quién no ha encontrado alguna vez una caja de zapatos, sin zapatos? Así era, estaba llena de postales, sobres, cartas y otros papeles.
Encontré un sobre que parecía contener algo, sin nombre y cerrado. Me atreví a abrirlo y sólo encontré una fotografía antigua, en blanco y negro, la giré para ver qué decía, pero estaba en blanco.
“¡Qué extraño! Un sobre sin nombre y una foto sin nada”, —pensé.
Se veía una pareja que estaba de frente, mirando a cámara, y tras ellos una casa pintada de blanco junto a un campo de labranza que parecía la misma casa en la que ahora me hallaba. Sin duda eran ellos. Él era un hombre de estatura mediana, corpulento, de cara ancha y algo seria, que vestía pantalón recio y chaqueta de pana, junto con un sombrero de ala ancha. Ella, era algo más baja, con cara delgada y tranquila, y llevaba un vestido oscuro con amplias faldas que cubría con una toquilla sobre los hombros.
Aunque su expresión decía mucho más que sus ropas.
La mirada del abuelo era dura y triste a la vez, tenía un fondo de fuerza y supervivencia, quizás de haber visto la muerte muy cerca. Posiblemente, por la época en que debía estar hecha la foto, quizás o había tenido que vivir escondido y fuera de su hogar durante un tiempo, o había sufrido persecución, quien sabe. Ella trasladaba un mensaje distinto, tenía un punto de luz y dulzura en su mirada que transmitían paz y esperanza, aunque las arrugas de su cara y manos dejaban intuir un duro trabajo en el campo, seguramente para sacar adelante a la familia en los tiempos tan difíciles que les tocó vivir.
No debió ser fácil la vida en aquel pueblo ni en tantos otros, eran los años del estraperlo, del señor y el campesino, del trabajo en el campo de sol a sol, donde la guerra había marcado para siempre muchas conciencias de los que sobrevivieron, de cualquier bando, y había dejado un reguero de muerte.
Sin duda, la vida que llevaron antes de conocerlos había sido muy diferente. Yo me encontré con una pareja llena de cariño y simpatía. El abuelo, siempre algo serio, no dejaba pasar la oportunidad de mostrarme algún lugar especial para él, o incluso de intentar enseñarme algún juego. Por su parte la abuela era una persona tierna y se mostraba más cercana a mis sentimientos y muy pendiente de que mi estancia con ellos fuese estupenda.
A la vista de esa foto no pude más que preguntarme cómo habría sido realmente su vida. No se hablaba demasiado de esa época, yo sólo los veía una vez al año y naturalmente todo era alegría y cariño, así que nunca había sido consciente de cómo habrían transcurrido para ellos aquellos años de exigencias y penurias, y tampoco hasta qué punto habían marcado su carácter y su vida posterior.
Él era un hombre humilde, introvertido, y bastante idealista, aunque no se prodigara en explicaciones, y tenía su círculo habitual centrado en su familia y algún buen amigo de toda la vida, mientras que ella era una mujer muy religiosa que parecía encontrar su paz interior más allá, cerca del cielo, y que en la Tierra tenía el deber de sufrir y padecer con sosiego todo aquello que le ocurriera, era su destino.
Muchas veces me preguntaba cuánto de ese carácter y forma de ser que yo conocí venían determinados por los duros momentos que habían vivido.
En los días de vacaciones que pasaba en el pueblo estaba más tiempo fuera que dentro de la casa, era algo muy agradable y divertido no parar de jugar con mis primos y sus amigos, que también acabaron siéndolo míos, no parar de descubrir sitios nuevos, juegos nuevos, y también algún nuevo amor de adolescentes. No olvidaré las largas excursiones en bici que hacíamos un grupo de amigos entre los campos de maíz y tabaco, con grandes plantas que pasaban de los dos metros. Nos producía una sensación de atracción, de euforia, de congoja y desorientación, a veces incluso de cierto miedo, aunque todo se volvía satisfacción y alegría cuando por fin dábamos con un camino conocido.
Eran momentos en los que muchas cosas me impactaban y quedaban grabadas en mi mente, a veces de forma inconsciente, y que pasados los años veo que han dejado más huella de la que yo creía cuando recuerdo momentos vividos.
Y al igual que hacía con respecto a ellos, también muchas veces me he preguntado cuánto de mi carácter y forma de ser han venido determinados por mis vivencias en la casa de los abuelos en esos veranos de vacaciones.
Se me ocurrió escribir en el dorso de la fotografía: “Gracias por tantos días de felicidad”, pero no lo hice, preferí dejarlo en blanco para no influir en los sentimientos de quien la encontrara de nuevo.

https://lomejorestaalcaer.wordpress.com/

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