MOISÉS ESTÉVEZ

La noche era oscura y silenciosa, como las intenciones de un
depredador que acecha a su presa.
Las estrellas invadían un azul negruzco de un cielo que se derramaba
sobre la ciudad, una ciudad que nunca duerme, pero que esa noche se había
tomado un prolijo receso.
Descanso merecido después de días con sonidos infernales y
estridentes.
La metrópolis había decidido ofrecer apenas algunos susurros,
agradables y sugerentes, susurros que ya no podría percibir aquel individuo, un
individuo que yacía postrado en el flanco de un callejón próximo al barrio de las
flores.
Cadáver ya, plantado cual árbol de hoja caduca al que se le han podrido
sus raíces por falta de vida, una vida arrancada de manera súbita y violenta…

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